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Author: P. Ricardo Sada F.
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Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc
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Alimentar bien nuestra vida interior supone cuidar la lectura espiritual. En primer lugar, la lectura meditada, oracional, del Nuevo Testamento. Si logramos formar “el depósito de gasolina” con palabras de Jesús en nuestra mente, acudirán a nosotros sus enseñanzas cuando las necesitemos. Los libros de lectura espiritual han de ser adecuados a nuestra situación interior presente.
La invitación a ser sus amigos procede de Jesús, no de nosotros. Y Él, siendo como es Dios, se adapta perfectamente a nuestro modo. A veces encontramos en la vida alguien con el que hacemos química inmediatamente: cuánto más podrá Jesús ser nuestra alma gemela sin nos animamos a entablar con Él un trato de confiada familiaridad.
El escriba a quien Jesús narra la parábola del buen samaritano dice que de los tres que pasaron junto al herido el prójimo fue quien tuvo misericordia de él. Busquemos ejercitarnos en ella porque las miserias nos la reclaman. Cada persona lleva consigo su dolor y su misterio, y la dureza de juicio no apunta a la verdad. Lo que dice Juan de Pedro dice más de Juan que de Pedro.
Jesús llama “insensato” al rico codicioso, que luego de una gran cosecha solo piensa en ampliar sus graneros para darse a la buena vida, nos recuerda la falacia de atar nuestro corazón a lo caduco. No buscamos el desprendimiento del faquir, sino la plenitud de amor en el corazón que nos hará capaces de vivir desprendidos de lo terreno.
Las cosas que se repiten diariamente tienden a decaer. Intentemos que eso no suceda con nuestra Misa cotidiana. Vayámonos al Calvario, desligándonos de los lazos caducos de espacio y de tiempo, con una participación activa en el Sacrificio redentor. No tenemos otra mediación que la fe: es el sacramento de nuestra fe. El peligro es no trascender, rebajar el misterio a nuestro tamaño.
Creo en mi interior, confieso en lo exterior: es la actitud que he de buscar ante la Eucaristía. La fe con la que creo ha de llevarme a la confesión con mi vida: el tiempo que le dedico, el cariño que le manifiesto, mi apostolado eucarístico. Ante la locura de amor del Sacramento he de responder con mis locuras de amor.
En la parábola del trigo y la cizaña advertimos que está previsto en el plan de Dios que la cizaña permanezca hasta el final. ¿Qué sentido tiene esta disposición divina? Ayudarnos a ser humildes. La presencia del mal que advertimos en nuestro interior es un continuo recordatorio de nuestra miseria, ayudándonos a ser humildes.
En la fiesta del Bautismo del Señor revaloremos nuestro bautismo. Quizá ignoramos la fecha en que lo recibimos o, si la sabemos, es una fecha que habrá pasado sin pena ni gloria. Sin embargo, esa fecha es más importante que la de nuestro nacimiento, porque es el nacimiento a la vida eterna. No olvidemos el grandioso proyecto del Padre para con nosotros: hacernos partícipes de la divinidad, en la conformación con Jesucristo.
Acostúmbrate a poner tu pobre corazón en el dulce e inmaculado corazón de María. Grignon de Monfort recomienda hacer ejercicios de coincidencia con ese corazón en tres pasos: renunciar al propio espíritu, poner el de María y perseverar en él. Notaremos la diferencia, pues nuestro corazón no es bueno.
San Josemaría nos ha ayudado a salir del mundo gris en el que hubiéramos vivido. Ha venido para sacudirnos, invitándonos a vivir un mundo nuevo. Demos gracias a Dios porque nos ha ayudado a que nuestra fe crezca. Esa fe, al final, nos permitirá vivir en continua oración. Las contrariedades ofrecen una oportunidad de oro para crecer en la fe.
En la liturgia de la palabra de la Solemnidad de Epifanía aparece de continuo la actitud de los Magos: adorar. Adoran al Niño porque es Dios. La principal de las herejías de la antigüedad, el arrianismo, le negaba la consustancialidad con el Padre. Tal herejía no acabó con la condena de Nicea, sino que todos, de alguna manera, tenemos un pequeño arriano al acecho, por ejemplo, cuando se nos pierde la centralidad de Jesucristo y lo relegamos a un plano secundario.
Jesús es luz, y con su luz llamó a los Magos a través de la estrella. El libro del Apocalipsis llama a Jesús “lucero de la mañana”: sigamos esa señalización única, intentando que nuestra vida se colme con su Presencia. El camino es largo y azaroso, pero confiemos: si alguna vez perdemos el rumbo, Él se conmoverá con nuestro deseo y volverá a manifestársenos muy pronto.
Como los Magos, abramos nuestro corazón a la luz, abramos nuestro corazón a la fe. Porque creer –credere, en latín- es cor-dare, dar el corazón, dar el Sí incondicional a Dios en un pagaré que no se hará efectivo sino en la eternidad. Cuidar la fe, virtud oculta, humilde, pero de la que depende todo.
En Caná, María interviene sin que se lo soliciten. María es, sí, mediadora, pero no pasiva. Su mediación tiene carácter de intercesión, es decir, Ella pide por nosotros a Dios lo que quizá nosotros no advertimos que necesitamos. Y como es un alma totalmente rendida a Dios por el amor, Él no niega nada de lo que su Madre le pide.
El Evangelio de la Solemnidad de hoy presenta a los Magos preguntando: “¿Dónde está el nacido rey de los judíos, pues hemos visto su estrella?” ¿Qué significa su estrella? ¿Cuál es la estrella infalible que nos señala dónde encontrar a Jesús? Sin duda que la Cruz. Ella nos señala sin confusión el camino seguro. Recordémosla frecuentemente pues solemos relegarla con frecuencia.
La celebración litúrgica de hoy es una sencilla memoria libre. Pero, considerándolo despacio, la devoción al Santísimo Nombre de Jesús nos trae infinidad de bienes: hace a Dios tan cercano que podemos tratarlo con su nombre propio. Además, produce lo que significa: Yahvé salva. Hagamos la prueba: repitamos muchas veces Jesús, Jesús, Jesús… y se alejarán los demonios, y Jesús estará presente para salvarnos de todo peligro.
Estas crisis mundiales son crisis de santos. Busquemos en san José un modelo de santidad: es llamado “justo” en el Evangelio y tuvo una vida de gran intimidad y confianza con Jesús y con María, como debe ser la nuestra. Aprendamos de él detalles de finura espiritual, comenzando por “poner atención” en las cosas de Dios.
La casa fundada sobre roca resiste porque está cimentada en la roca, que es el amor de Jesús. La fidelidad tiene tres aspectos: el primero, que es una respuesta (estamos llamados a ser fieles porque Dios nos es absolutamente fiel); segunda, que es una gracia que hemos de pedir, especialmente la gracia de la perseverancia final y, tercero, que la fidelidad ha de sernos gozosa, no onerosa (“no me queda más remedio que seguir aquí), porque la razón de nuestra fidelidad es el amor.
La Oración sobre las Ofrendas de la Solemnidad habla de gozarnos, con María, no solo de las primicias de su gracia, sino también de su plenitud. Las primicias, la Inmaculada; la plenitud, su maternidad. Con ella, nuestra Señora es elevada hasta los linderos de la Unión Hipostática. Alabemos a Dios por haber querido que una de nuestra misma estirpe tuviera tal dignidad. Nos ubica en lo que somos: seres llamados a la divinización.
Hoy termina un año. Que el Espíritu Santo armonice en nuestro interior la gracia propia de este día. Balance, cerrar cuentas. Acudimos a la misericordia de Dios para desagraviar, y le reconocemos sus incontables beneficios. También el día de hoy nos recuerda que todo termina. ¿Todo? No: terminus vitae sed non amoris. El amor es eterno, no porque exista la eternidad, sino que existe una Persona eterna. Unidos por el amor a esa Persona, seremos eternos.






