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Author: P. Ricardo Sada F.

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Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc
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La meditación de la Pasión de Cristo trae incontables beneficios a nuestra alma. La clave del amor es sentir lo que otro siente. Las enseñanzas de los santos sobre la Pasión de Cristo nos iluminan. Cristo tiene en la Cruz los brazos abiertos para acogernos a todos.
En la Misa de hoy nos pondremos de rodillas al confesar, en el Credo, nuestra fe en la Encarnación del Verbo.  Acontecimiento que pasó in oculto, conocido tan solo por María santísima y que tuvo las mayores repercusiones en la historia. Una de ellas, que el Verbo vive con nosotros, aunque no lo veamos físicamente. Riesgo del deísmo, del Dios lejano.
Cada ángel es persona y cada ángel agota en sí la especie. En san Gabriel encontramos al mensajero de Dios. Nosotros podemos hacer también traer el mensaje divino fundamental: que el Verbo se ha hecho hombre, trayéndonos la salvación. Gabriel está delante de Dios y por eso es capaz de hablar de lo que Dios desea. Nosotros, como él, estamos invitados a permanecer delante de Dios para traer a los hombres los mensajes divinos.
Jesús tiene prisa para anunciar el grandioso milagro que tendrá verificativo el Jueves Santo: la institución del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre en la sinagoga de Cafarnaúm. Creer en la Eucaristía es un termómetro de nuestra santidad, porque nos permitirá ser coherentes: viviremos pendientes del Sagrario.
¿Hemos hecho la prueba? Ante alguna situación dolorosa o de fatiga o de humillaciones, ¿meditamos la Pasión de Cristo asociándonos a ella? De hacerlo, comprobaremos cuánto nos conforta. Redimensiona nuestras penas y descubrimos más fácilmente el amor en el dolor. Contemplar el Via Crucis los viernes.
¿Por qué, si santa Teresita nunca salió de su convento, fue nombrada Patrona de las Misiones? Porque la Iglesia tiene clara conciencia de formar un Cuerpo. Nadie actúa solo, y todos nos apoyamos para la consolidación de ese Cuerpo. Verdad tonificante: me apropio de los méritos acumulados a lo largo de los siglos. La Comunión de los Santos es el fundamento de la doctrina sobre las indulgencias.
Es Jesús quien nos ha dado a conocer al Padre. Desde esa revelación, sabemos cómo es el Padre y cómo debemos comportarnos con Él. ¿Aprovechamos esta revelación para nuestra vida espiritual? ¿Hacemos oración filial, oración de confianza de un niño a su padre que lo ama muchísimo? O, por el contrario, ¿se nos olvida que somos hijos del Padre y caemos en temores y desenfoques?
Estas crisis mundiales son crisis de santos. Busquemos en san José un modelo de santidad: es llamado “justo” en el Evangelio y tuvo una vida de gran intimidad y confianza con Jesús y con María, como debe ser la nuestra. Aprendamos de él detalles de finura espiritual, comenzando por “poner atención” en las cosas de Dios.
Un hijo de Dios actúa como su Padre. ¿Y cómo actúa Dios? Amando, amando siempre, pues esa es su esencia. No comprendemos el alcance de la afirmación “Dios es amor”, pero hemos de convencernos de que todo lo que existe es una manifestación de su amor, y estamos invitados a obrar siempre movidos por el amor.
Los amigos del paralítico vencen todos los obstáculos porque lo único que anhelan es “llevarlo ante Jesús”. Lo anterior es importante, por ejemplo, dar doctrina (los amigos del paralítico lo habrán convencido de Jesús). Pero al final hay que llegar a poner a los demás frente a Él, y eso se logra solo porque lo hemos encontrado antes. El apostolado es comunicar una experiencia.
El relato más maravilloso es el que tiene por protagonista no a un mero hombre, sino al Dios-hombre. Intentemos leer los relatos de su vida interiorizando en su corazón. En el pasaje del centurión advertimos la alegría que le da encontrar a un hombre de fe. Encendamos nuestra fe porque en ella tenemos la sustancia de lo que esperamos.
San José nos da lecciones. Hoy podemos aprender su silencio para aceptar los proyectos de Dios sin rechistar. Es el santo abandono, al cual se llega luego de muchos ejercicios de negación de la propia voluntad. Gracia que podemos secundar nosotros aceptando en alegre silencio cuanto Dios disponga en nuestra vida.
Los judíos que llevan a la mujer adúltera ante Jesús le tienden una trampa. ¿Rechazaría la ley de Moisés, o aceptaría la lapidación de la pecadora? Jesús nos revela el rostro del Padre, y ese Dios es Misericordia, aunque el cúmulo de pecados sea inmenso. Y, al mismo tiempo, la respuesta de Jesús (“el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”) nos invita a ser misericordiosos con los demás.
La conciencia de nuestra filiación divina se ejercita a través del don de piedad, que consiste en un trato profundo y personal con Dios. De ahí que nos conviene examinarnos cómo va nuestra piedad. No para cumplir ejercicio de piedad sino para confesar que somos sinceramente piadosos. Los ejercicios de piedad constituyen una nueva naturaleza.
Nuestra radical carencia nos hace imprescindible el reconocimiento de un Dios que es dádiva. Y los motivos de nuestro agradecimiento no tienen límite: podemos hacer todo un despliegue de motivos, desde la magnificencia de Dios hasta el instante en que nos mantiene en el ser.
Queremos, pero no sabemos cómo aumentar nuestro amor a María. ¡Rezando bien el Rosario! Recibiremos la gracia propia de cada misterio si lo contemplamos desde el corazón de María e iremos aumentando nuestra identidad de mundos. Esta oración es arma poderosa para ganar la batalla de la santidad.
En la primera lectura de la Misa de hoy, el profeta Daniel recoge la oración de Azarías, uno de los jóvenes a las órdenes de Nabucodonosor. Azarías suplica misericordia a Dios, ante el peligro de perder la vida: “Acepta nuestro corazón adolorido y nuestro espíritu humillado”, reza. En Cuaresma ofrezcamos un corazón deseoso de conversión, de sucesivas conversiones, sin permitir que el tiempo pase sin más.
La liturgia de la palabra presenta, en las últimas semanas de Cuaresma, los ataques de los escribas y fariseos para hacer caer a Jesús en alguna trampa. Uno de ellos, el de la mujer sorprendida en adulterio. Ahí admiramos no solo cómo se libró Jesús de una paradoja al parecer sin solución, sino sobre todo la misericordia de Dios. Propaguemos esa misericordia a través del apostolado de la confesión.
La maravilla de la oración se revela junto al pozo, porque ahí Jesús nos pide de beber. Quizá deberíamos hacer una reprogramación de nuestra forma de entender a Dios. Vamos a Él buscando recibir, cuando lo que realmente ansía es que le demos. Su sed procede de las profundidades de Dios, porque Él, es su esencia, es amor. Busquemos actuar siempre según su beneplácito.
Más allá de que sea un atributo de Dios, el amor es su esencia. Él busca modos y modos de manifestarnos su amor, desde una florecita hasta la Eucaristía. Uno de los más maravillosos modos es habernos dado a Santa María, en la que se manifiesta el amor de ternura, de consuelo, el amor femenino. Agradezcamos de corazón esta muestra del amor de Dios por nosotros.
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