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Author: P. Ricardo Sada F.

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Pláticas de contenido espiritual, también llamadas “meditaciones”. Pueden ser una ayuda para tu trato con Dios. Estas meditaciones han sido predicadas por el Pbro. Ricardo Sada Fernández y han sido tomadas de la página http://medita.cc
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¿Dónde tuvo el pueblo elegido los más profundos encuentros con Dios? En el desierto. ¿Y dónde busca Jesús la intensidad de comunicación con su Padre? En el desierto. Busquemos también nosotros encuentros en nuestro corazón, tomándonos en serio la enseñanza de Jesús que dice que Él y su Padre habitarán en nosotros. Tarea ardua, pues estamos acostumbrados a vivir desparramados. “Forzarnos a estar con Él”, decía Teresa.
A los efesios invita san Pablo a fortalecer sus corazones para que Cristo habite en ellos por la fe. Entonces puede lograrse la meta: hacerse con el amor de Cristo que supera toda ciencia, para ser llenados de la plenitud de Dios. En eso se resume nuestra vida, en perseguir el amor de Cristo. Para eso, resulta preciso estar arraigado en la fe.
Los misterios de luz del Santo Rosario nos iluminan. El cuarto, la Transfiguración, es el “icono de la contemplación cristiana”, en frase de san Juan Pablo II. Subir a un monte alto, ascender sobre la horizontalidad de la materia, dejar abajo lo terreno y fijar los ojos en el Rostro de Cristo, para descubrir su misterio. Ese acto de fe nos conduce al amor del Señor, única razón de nuestra vida.
Las indicaciones litúrgicas invitan los viernes a celebrar la Misa votiva de la Preciosísima Sangre de Cristo. Resaltemos el hecho de que, al recibir la Comunión, estamos recibiendo la Sangre del Señor. No se trata de una metáfora, sino de una realidad. Esa Sangre tiene, como primer efecto, nuestra purificación; luego, comunicarnos el fuego del Amor, hasta embriagarnos con la felicidad de la unión.
Es herencia espiritual de san Josemaría la devoción a la Pasión del Señor. Enormes son los beneficios que trae a nuestra alma incursionar en esos momentos centrales de nuestra salvación. Será una manifestación de amor el compartir con Jesús sus sufrimientos, y nos servirá de revulsivo para salir del nicho de confort.
Deseo de san Josemaría: que el sagrario sea Betania. En primer lugar, para Jesús, porque ahí se sabe querido, atendido. Pero también para nosotros, porque es donde mejor estamos. No escatimemos el tiempo para acompañarlo y gozar de su presencia.
¿Característica de Jesús Buen Pastor? Que da su vida por las almas. ¡Cuánto valdrá cada alma, cuánto importa su felicidad terrena y eterna! Revitalicemos la conciencia de ser también nosotros buenos pastores, dispuestos a cualquier entrega cuando nos dedicamos al apostolado.
Estamos invitados a acompañar a Jesús en el desierto. El desierto, lugar teológico, lugar de encuentro con Dios. Silencio, soledad, sin apoyos, sin agua, sin alimento. No queda nada sino Dios. Y Él se revela en la pureza de espíritu: Jesús nos invita de manera especial los 40 días de Cuaresma para acompañarlo.
En Cristo hay innumerables tesoros, de manera que nunca agotaremos las vetas de su amor. Nuestra vida interior corre el riesgo de la horizontalidad, sin pasar a un estrato superior. Puede servirnos la imagen del castillo interior de santa Teresa, que compara la situación del alma con moradas que se aproximan al centro, donde se realiza la unión. Un momento clave es el tránsito de las terceras moradas a las cuartas, en las que se entra en la mística.
La alegría de la contemplación del Señor no llega sino después de la cruz. Es requisito para que el Espíritu Santo pueda darnos sus dones. “No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo para purificarte, y siente con Él… el peso de la cruz” (S. Josemaría). Únete: la llavecita de la cruz me abre los tesoros de la gracia.
Dios hizo cosas grandes en María porque vio su humildad. Tendremos también nosotros su beneplácito si encuentra humildad, la profunda convicción de nuestra nada y su todo. Las mil cabezas de la soberbia pueden aparecer en el espíritu de contradicción, en el protagonismo, en caer en el influjo de una sociedad competitiva, en el referirnos al yo en las conversaciones, en el rechazo a la obediencia, etc.
Moisés y Elías hablan con Jesús, en la cumbre del Tabor, de su próxima Pasión en Jerusalén. El Tabor y el Calvario no son independientes, ni entonces ni ahora. El que huye o rechaza la cruz, decía el santo Cura de Ars, no es cristiano. Hemos de buscar, sin embargo, no la cruz por la cruz, sino la cruz donde el Crucificado manifiesta máximamente su amor.
Podemos rezar el Padrenuestro con los cristianos no católicos, porque todo cristiano es discípulo de Aquel que enseñó esta plegaria. Jesús nos enseñó cómo hemos de orar, revelándonos el gran portento de la misericordia divina: que somos hijos de Dios y que hemos de dirigirnos a Él como un hijo habla con su padre.
In nómine Dómini comenzamos la Cuaresma, ilusionados ante la posibilidad de una nueva conversión. ¿De qué? Cada uno sabrá, pero seguramente todos debemos convertirnos a un amor mayor. Busquemos irnos con Jesús al desierto para acompañarlo, para consolarlo. Que cada detalle de nuestros vencimientos nos aumente el amor.
Ocho veces recoge san Lucas en el capítulo 11 los ayes de Jesús: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas…”. Ellos eran hombres religiosos, incluso piadosos, pero habían perdido el sentido profundo de la adoración y el amor a Dios actuando por exhibicionismo y lucimiento personal. Tendremos rectitud de intención haciéndolo todo por amor.
De la vida de san Ignacio de Loyola aprendemos a prepararnos concienzudamente para la Misa. De la vida de san Juan de Ávila, la relevancia que da el santo a una sola Misa. De san Alfonso María de Ligorio, la importancia del recogimiento luego de comulgar, pues tenemos los labios teñidos con la Sangre de Cristo. Del Cura de Ars, la seguridad de estar en el Paraíso durante la celebración.
En el pasado, habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas; últimamente nos ha hablado a través de Jesucristo (Hebreos 1, 1). Los hebreos conversos tenían la tentación de volver al Templo y a las prácticas judías, y a lo largo de esta carta el autor les suplica que mantengan los ojos en Jesús. Aunque nosotros no tengamos esa tentación, si corremos el riesgo de volver nuestra mirada a algo que no sea Jesús.
San Pablo agradece a Dios por la gracia que nos concede. En los encabezados de sus cartas, no olvida manifestar su gratitud. Las fechas que recuerdan acontecimientos importantes nos invitan a hacer lo mismo. Hoy, 14 de febrero, recordamos las misericordias de Dios para el comienzo de la labor de la Obra con mujeres y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. No dudemos que Dios espera nuestro agradecimiento.
Tenemos a la vista el miércoles de Ceniza y, por tanto, el inicio de este tiempo de gracia. “Conviértanse y crean en el Evangelio”, dice el rito de la imposición de Ceniza. Es el tiempo oportuno: convertirnos a Dios de todo corazón. Conviértete en oración, ayuno y limosna. Dios cuenta con dar al mundo mucha gracia; animémonos a colaborar.
El centurión romano que pide la curación de su siervo es un ejemplo de hombre de fe. Examinémonos si la nuestra lo abarca todo, desde lo minúsculo hasta los grandes acontecimientos mundiales. Porque ha de actualizarse a riesgo de que solo nos movamos por razones terrenas.
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