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Cuentos para llevar
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Aquí encontrarás del capítulo 11 al capítulo 15 del cuento de espantapájaros que estamos leyendo
La continuación del cuento de los espantapájaros que andan a media noche ha llegado! Capítulo 6 al 10 aquí vamos!
A Jodie le encanta visitar la granja de sus abuelos. No es el lugar más excitante del mundo, pero el abuelo Kurt relata estupendas historias de terror. Y las tortitas con perlitas de chocolate de la abuelita son las mejores del mundo! Aunque este verano, la granja no parece la misma...
todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio mazziniFerraz. tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta...
Sabes porqué los flamencos tienen las patas rojas y a veces las doblan durante mucho tiempo? Aquí está la razón
Todas las tardes, al volver del colegio, los niños tenían la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un amplio y hermoso jardín, con un suave y verde césped. Brillaban aquí y allí bellas flores entre la hierba, como estrellas...
Eleanor Vance tenía treinta y dos años cuando llegó a Hill House. La única persona en el mundo a la que realmente odiaba, ahora que su madre había muerto, era a su hermana. Su cuñado y su sobrina de cinco años le disgustaban y no tenía amigos...
Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta; incluso las alondras y las chicharras, suponen algunos, sueñan...
Todos los sábados, al final de Crouch End, se ponía un mercado de pulgas donde la gente vendía directamente de la cajuela de su coche. Allí había un lote baldío que no era estacionamiento ni tampoco un terreno en construcción, sino simplemente una superficie cuadrada de tierra y escombro que, al parecer, nadie sabía qué hacer con él...
Chilindrina era una perrita poblana, gordita, muy lavada muy blanca. Con su listón azul al cuello...
Gladiador iba y venía de la pared a las trancas y de las trancas a la pared...
Víctimas de su desconocimiento y de las fantasías —gracias a la cuales le habían supuesto un origen herético a aquella mortandad—, los sobrevivientes de la alguna vez floreciente ciudad de Larat recogieron sus prendas de más valor, licores y víveres, el dinero acumulado con tanto sacrificio y cuanto fuera de estricta primera necesidad, abandonaron sus casas y le prendieron fuego a aquel lugar en el que habían transcurrido sus vidas...
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Está tan oscuro que durante un rato, no sé cuánto, tengo la sensación de que sigo inconsciente. Por fin se me ocurre que las personas inconscientes no experimentan la sensación de que se mueven por la oscuridad acompañadas de un leve sonido rítmico que solo puede ser el chirrido de una rueda...
No espero ni pido que alguien crea en el extraño relato que me dispongo a escribir...
Como si se dirigiera a la tribuna del Parlamento para hacer uso de la palabra, el doctor y senador Erasmo Vidal y Rojas se encaminó hacia la silla confesionaria que él mismo había ideado, sólo que ahora no se trataba de elogiar y aprobar una nueva ley envia-da por el Ejecutivo creando un nuevo impuesto, sino de exponer con sinceridad el error más grave en el ejercicio de su carrera médica...
Con movimientos en su andar que revelaban un carácter de soberbia y vanidad, el doctor Manuel Cazzas llegó hasta la silla de las confesiones y se acomodó, no sin antes saludar atentamente al senador. Acto seguido extrajo un cigarrillo de su pitillera de oro, lo encendió, soltó una bocanada de humo, la siguió con su mirada y principió su relato:
—Mi vida profesional, estimados Apóstoles, siempre se ha regido por la disciplina, acuciosidad y estudio para con mis pacientes. Después de haberme graduado en nuestra querida Alma Mater, fui a perfeccionarme a Estados Unidos, permaneciendo ahí cerca de un lustro; posteriormente volví, reincorporándome a la vida médica capitalina, no sin haber pasado miles de peripecias que para relatarlas sería cuestión de otra cena...
—Sé que mi relato les va a parecer increíble y en cierto modo falto de lógica; sin embargo, podría jurar aquí, con la mano puesta sobre la Biblia, que tal como se lo narraré, así pasó.
—Mi nombre es Víctor Aguar Huri, especialista en psiquiatría.
Fui discípulo del doctor Dionisio Goprez, uno de los hombres más extraordinarios que he conocido. He venido a platicarles, siguiendo la tónica de esta exclusiva jornada, previa autorización de mi conciencia, uno de sus errores que más le conmovieron...




