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La Traviata
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La Traviata

Author: Margarita Lorenzo de Reizabal

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Radio Popular - Herri Irratia te lleva a casa el apasionante mundo de la ópera, la zarzuela, el teatro musical y mucho más, en La traviata con Margarita Lorenzo de Reizabal.


Los martes por la tarde (nuestra maestra) Margarita Lorenzo de Reizabal te conducirá de la mano por los vericuetos de los escenarios líricos para descubrir los secretos de las óperas y zarzuelas, los mejores libretos, las arias más espectaculares y todo lo que debes saber sobre los personajes, las mejores voces del pasado y actuales, los coros de ópera y los compositores.


Si te gusta la lírica, La traviata es tu programa de cabecera. Si crees que la ópera no va contigo, descubre la magia del teatro musical con La traviata y contágiate de la pasión por la lírica.


Los martes a las 17:00 tienes una cita con el mundo de la ópera y la zarzuela en Radio Popular - Herri Irratia con Margarita Lorenzo de Reizabal en La traviata. ¡Pasión por la lírica!

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Franz Lehár nació el 30 de abril de 1870 en la ciudad de Komárom, entonces parte del Imperio austrohúngaro y hoy dividida entre Hungría y Eslovaquia. Su padre, también llamado Franz Lehár, era director de banda militar en el ejército imperial, y esa circunstancia marcaría profundamente el destino musical del hijo. El mundo sonoro que rodeó su infancia no fue el de los teatros de ópera ni el de los salones aristocráticos, sino el de las bandas militares que recorrían las ciudades del imperio tocando marchas, valses y arreglos de música popular. Aquella mezcla de disciplina militar y vitalidad popular proporcionó al joven Lehár un contacto directo con una tradición musical muy viva en la Europa central de finales del siglo XIX, donde las fronteras entre música culta y música popular eran mucho más permeables que hoy. El Imperio austrohúngaro era en aquel momento una compleja estructura política y cultural en la que convivían múltiples pueblos, lenguas y tradiciones. Húngaros, austríacos, checos, eslovacos, croatas o italianos compartían un mismo marco político bajo la dinastía de los Habsburgo. En ese mosaico cultural, la música desempeñaba un papel fundamental como espacio de identidad común. Los valses vieneses de Johann Strauss, las danzas húngaras, las polcas bohemias o las marchas militares circulaban constantemente por teatros, cafés y jardines públicos. Lehár crecería, por tanto, en una atmósfera musical extraordinariamente rica, en la que los estilos nacionales se mezclaban con naturalidad. Su formación académica fue seria y rigurosa. A los once años ingresó en el Conservatorio de Praga, uno de los centros musicales más prestigiosos de Europa central. Allí estudió violín y composición, recibiendo una sólida educación en el repertorio clásico germánico. En el conservatorio entró en contacto con la gran tradición sinfónica centroeuropea, desde Beethoven hasta Brahms, y aprendió las técnicas de orquestación que más tarde aplicaría con gran refinamiento en sus partituras teatrales. Aunque en principio parecía destinado a una carrera como violinista, pronto se inclinó hacia la composición. Al terminar sus estudios comenzó, como su padre, una carrera como director de bandas militares. Durante años dirigió formaciones en diversas ciudades del imperio, entre ellas Trieste, Budapest y Viena. Esta etapa, a menudo considerada secundaria, fue en realidad decisiva para su desarrollo como compositor. Dirigir bandas exigía escribir constantemente arreglos, marchas y piezas de carácter popular, lo que obligaba a dominar la claridad melódica, la eficacia rítmica y la brillantez instrumental. Lehár aprendió a escribir música que comunicara de forma inmediata con el público, una habilidad que más tarde sería fundamental en el teatro musical. A finales del siglo XIX Viena seguía siendo uno de los grandes centros musicales de Europa. Sin embargo, el panorama teatral había cambiado mucho respecto a la época dorada de Johann Strauss. La llamada opereta vienesa, que había alcanzado su apogeo en las décadas de 1860 y 1870, parecía haber entrado en un cierto agotamiento. Las obras de Strauss o de Offenbach habían establecido un modelo basado en el ingenio satírico, el ritmo de danza y el espíritu festivo, pero hacia el cambio de siglo ese modelo comenzaba a parecer repetitivo. El público buscaba nuevas emociones, y el teatro musical debía adaptarse a una sensibilidad distinta. Fue en ese contexto cuando Lehár decidió orientarse hacia la escena. Sus primeros intentos operísticos no tuvieron demasiado éxito, pero pronto comprendió que su verdadero terreno estaba en la opereta, un género que permitía combinar la elegancia musical con la ligereza dramática. Sus primeras operetas comenzaron a representarse en Viena a comienzos del siglo XX, y poco a poco su nombre empezó a circular en el mundo teatral. Lo que distingue a Lehár dentro de la historia de la opereta es su capacidad para transformar el género. Mientras que la opereta clásica de Offenbach o Strauss se basaba sobre todo en la sátira y el humor, Lehár introdujo una dimensión sentimental mucho más marcada. Sus obras conservan el brillo de la danza y el ingenio teatral, pero incorporan también una vena lírica cercana a la ópera. Las melodías se vuelven más amplias, más cantables, y los personajes adquieren una profundidad emocional que antes no era habitual en la opereta. Esta transformación responde en parte a un cambio general en el gusto del público europeo. A comienzos del siglo XX la cultura urbana experimentaba una cierta nostalgia por el romanticismo. El mundo elegante de los salones y de los bailes seguía fascinando, pero ya estaba teñido de una melancolía que reflejaba las tensiones de la época. Lehár supo captar perfectamente esa sensibilidad. Sus operetas presentan un universo refinado, lleno de uniformes, embajadas y aristócratas, pero siempre atravesado por una emoción sentimental que conecta con el público de forma inmediata. Desde el punto de vista musical, su estilo se caracteriza por una extraordinaria fluidez melódica. Lehár poseía un instinto casi infalible para crear melodías memorables, capaces de instalarse en la memoria del oyente desde la primera audición. A diferencia de muchos compositores de opereta anteriores, cuidó además con especial atención la orquestación. Sus partituras muestran una riqueza instrumental que las acerca a la tradición sinfónica centroeuropea. Los valses, elemento esencial del género, adquieren en sus manos una elegancia y una amplitud casi sinfónicas. Otro rasgo fundamental de su estilo es la integración de influencias culturales diversas. Procedente de una región fronteriza del imperio y formado en un ambiente multicultural, Lehár incorporó a su música elementos húngaros, eslavos y vieneses. En sus partituras aparecen con frecuencia ritmos y giros melódicos asociados a la música centroeuropea, lo que confiere a sus obras un color particular y reconocible. Todo ese proceso culminaría en 1905 con el estreno de la obra que cambiaría la historia de la opereta: La viuda alegre. Cuando Lehár recibió el libreto, basado en una comedia francesa de Henri Meilhac, nadie podía prever que aquella obra se convertiría en uno de los mayores éxitos del teatro musical europeo. La trama gira en torno a la rica viuda Hanna Glawari y a los esfuerzos de la embajada de un pequeño estado balcánico por lograr que se case con un compatriota para evitar que su fortuna salga del país. Bajo esa premisa ligera se desarrolla una historia de amor llena de elegancia, humor y nostalgia. El contexto en el que nace La viuda alegre resulta especialmente significativo. El Imperio austrohúngaro vivía entonces sus últimos años de estabilidad aparente. Bajo la superficie brillante de Viena se acumulaban tensiones políticas y nacionales que acabarían estallando pocos años después con la Primera Guerra Mundial. La opereta de Lehár refleja, en cierto modo, el deseo de prolongar un mundo elegante que empezaba a percibirse como frágil. Los bailes, las embajadas, los uniformes y los valses evocan una sociedad refinada que aún se considera eterna, aunque en realidad esté a punto de desaparecer. También en el plano personal Lehár se encontraba en un momento decisivo. Tras años de trabajo relativamente discreto en el teatro musical, buscaba una obra que consolidara definitivamente su carrera. Con La viuda alegre logró algo más que eso: redefinió el género. La opereta dejó de ser simplemente una comedia ligera para convertirse en un espectáculo musical capaz de combinar humor, romanticismo y una sofisticación musical notable. El estreno tuvo lugar en el Theater an der Wien en diciembre de 1905. El éxito fue inmediato y extraordinario. En pocos años la obra se representaba en toda Europa y en América, traducida a numerosos idiomas. Sus valses y canciones se hicieron populares en cafés, salones y teatros, y el nombre de Lehár se convirtió en sinónimo de la nueva opereta vienesa. Lo que Lehár aportó a la escena lírica fue precisamente esa renovación del género. Supo conservar la tradición de la opereta clásica —su elegancia, su sentido del ritmo, su espíritu festivo— pero añadió una profundidad melódica y emocional que la acercaba a la gran tradición operística. De ese modo creó un puente entre la ligereza del teatro musical y la riqueza expresiva de la ópera. Por esa razón, La viuda alegre no es solo una opereta de éxito, sino un verdadero símbolo cultural de la Viena de comienzos del siglo XX. En sus melodías se escucha el eco de un imperio multicultural, de una sociedad fascinada por el baile y la elegancia, y también la nostalgia de un mundo que estaba a punto de desaparecer. Y en el centro de todo ello aparece la figura de Franz Lehár, un compositor formado en la tradición centroeuropea que supo transformar la opereta en un arte refinado y profundamente comunicativo, capaz de conquistar al público de todo el mundo.
Compositor: Piotr Ilich Chaikovski Libretista: Konstantin Shilovski y el propio Chaikovski Estreno: 29 de marzo de 1879 (Teatro del Conservatorio de Moscú) Idioma original: Ruso Basada en: “Eugene Onegin” de Aleksandr Pushkin Hoy vamos a situarnos en la Rusia del siglo XIX para entender mejor quién era Piotr Ilich Chaikovski y qué lugar ocupa en la historia de la ópera. Nació en 1840, en Vótkinsk, en el seno de una familia acomodada. Su padre era ingeniero de minas y su formación inicial no fue musical, sino jurídica. De hecho, trabajó como funcionario del Ministerio de Justicia antes de ingresar en el recién creado Conservatorio de San Petersburgo, donde estudió con Anton Rubinstein. Es importante recordar este dato: Chaikovski pertenece a la primera generación de compositores rusos formados académicamente en un conservatorio al estilo europeo. No fue un autodidacta ni un nacionalista radical. En aquella época convivían en Rusia dos tendencias musicales. Por un lado, el llamado “Grupo de los Cinco” —Balákirev, Cui, Músorgski, Borodín y Rimski-Kórsakov— defendía una música fuertemente nacional, inspirada en el folclore y relativamente ajena a las formas occidentales tradicionales. Chaikovski, en cambio, aunque profundamente ruso en sensibilidad, asumió con naturalidad la herencia europea, especialmente la tradición alemana y francesa. Admiraba a Mozart, conocía bien a Beethoven y estaba atento a la ópera italiana. Esa posición intermedia le generó críticas desde ambos lados: para algunos rusos era demasiado occidental; para ciertos europeos, demasiado eslavo. Su carrera fue intensa y breve. Murió en 1893, con apenas 53 años, en circunstancias todavía discutidas —oficialmente por cólera— pocos días después de estrenar su Sexta Sinfonía, la “Patética”. En poco más de veinte años dejó un catálogo amplísimo: seis sinfonías numeradas, conciertos, música de cámara, ballets como El lago de los cisnes o El cascanueces, y diez óperas. En el terreno operístico, Chaikovski no buscó el espectáculo monumental al estilo de la gran ópera francesa, ni el realismo crudo que más tarde caracterizaría al verismo italiano. Tampoco adoptó el sistema de leitmotivs continuos propio de Wagner. Su estilo operístico se caracteriza por la atención al detalle psicológico y por una escritura vocal que privilegia la expresión lírica antes que el virtuosismo brillante. Otra característica fundamental es su interés por la literatura. Varias de sus óperas están basadas en textos de autores rusos de prestigio, especialmente Pushkin. No buscaba argumentos exóticos ni espectaculares, sino historias donde pudiera explorar conflictos interiores: culpa, deseo, frustración, nostalgia. En lugar de centrarse en grandes acontecimientos históricos, prefería retratar individuos enfrentados a decisiones íntimas que cambian su destino. Además, Chaikovski poseía un talento especial para integrar elementos de la vida social rusa —danzas, escenas corales, ambientes campesinos o aristocráticos— dentro de la estructura dramática. Valses, polonesas y canciones populares aparecen con naturalidad, pero no como simple decoración, sino como parte del contexto en el que viven los personajes. En resumen, su escritura operística combina formación académica sólida, sensibilidad melódica muy desarrollada y una atención constante al mundo emocional de sus protagonistas. No es una ópera de grandes efectos externos, sino de conflictos internos expresados con claridad musical. Esa combinación explica por qué sus obras, y especialmente Eugene Onegin, siguen ocupando un lugar central en el repertorio internacional. Entramos ahora directamente en la génesis de Eugene Oneguin. La ópera fue compuesta por Piotr Ilich Chaikovski entre mayo de 1877 y enero de 1878, en un periodo especialmente turbulento de su vida. Ese mismo año contrajo matrimonio con Antonina Miliukova, una antigua alumna que le había declarado su admiración de forma insistente. El matrimonio fue un fracaso casi inmediato y desembocó en una profunda crisis emocional que obligó al compositor a abandonar Moscú y viajar al extranjero durante una temporada para recuperarse. En medio de esa situación personal tan inestable, Chaikovski encontró en la historia de Oneguin un material que conectaba directamente con su propio estado anímico: sentimientos no correspondidos, incomunicación, decisiones equivocadas y arrepentimiento. La idea de convertir la novela en verso de Aleksandr Pushkin en una ópera no partió inicialmente de él, sino de la cantante Yelizaveta Lavróvskaya, que le sugirió el tema. Chaikovski, en un primer momento, consideró que no era un argumento adecuado para la escena lírica, precisamente porque carecía de grandes episodios espectaculares. Sin embargo, esa aparente falta de acción externa terminó por convencerlo. Lo que le interesaba no era la intriga, sino el mundo interior de los personajes. El libreto fue elaborado por el propio compositor junto a Konstantín Shilovski. En lugar de construir una adaptación completa y lineal de la novela, seleccionaron escenas concretas, respetando en muchos casos los versos originales de Pushkin. De ahí que Chaikovski definiera la obra como “escenas líricas” y no como ópera en el sentido tradicional. No hay una continuidad narrativa cerrada, sino episodios que muestran momentos decisivos en la vida de los personajes. La partitura revela varias características que la distinguen dentro del repertorio operístico del siglo XIX. En primer lugar, la estructura dramática evita el esquema rígido de aria-recitado-cabaletta propio de la tradición italiana. Los números musicales surgen de manera orgánica dentro del desarrollo escénico. Existen momentos claramente delimitados —como la escena de la carta de Tatiana o el aria de Lenski antes del duelo—, pero no están concebidos como piezas de lucimiento aisladas, sino como culminaciones emocionales dentro de un flujo continuo. El estreno tuvo lugar el 29 de marzo de 1879 en Moscú, en el Teatro Maly del Conservatorio, con estudiantes del Conservatorio de Moscú dirigidos por Nikolái Rubinstein. Chaikovski prefirió este entorno más íntimo antes que un gran teatro imperial, convencido de que la frescura interpretativa era esencial para la obra. La recepción inicial fue respetuosa, aunque no entusiasta. Algunos sectores consideraron que el argumento carecía de la espectacularidad que el público esperaba de una ópera. La consolidación llegó algunos años después. En 1881 se representó en el Teatro Bolshói de Moscú y más tarde en San Petersburgo. A medida que el público fue comprendiendo que no se trataba de una ópera de efectos externos, sino de un drama íntimo, la obra ganó prestigio y terminó convirtiéndose en uno de los pilares del repertorio ruso. En el siglo XX pasó a formar parte estable de los grandes teatros internacionales. En definitiva, Eugene Oneguin nace de una crisis personal, se construye a partir de una de las obras literarias fundamentales de Rusia y se define por su enfoque psicológico y su sobriedad teatral. No busca impresionar por la acción, sino por la verdad emocional. Esa combinación explica que, más de un siglo después de su estreno, siga siendo una de las óperas más representadas del repertorio eslavo.
Si uno quiere entender El murciélago, lo primero que tiene que hacer es cerrar los ojos y viajar a la Viena del siglo XIX.Una ciudad que por fuera parece un salón de baile interminable:carruajes, cafés, teatros, uniformes, damas con abanico, caballeros con frac…y, por encima de todo, música. Porque Viena no solo era una capital política: era una capital emocional. Allí se bailaba para olvidar, se brindaba para celebrar, y se cantaba —literalmente— para sobrevivir a la vida cotidiana. Y en ese mundo aparece Johann Strauss hijo, el gran mago del vals. Strauss era un fenómeno social. No era “un compositor famoso”: era casi una celebridad moderna. La gente tarareaba sus melodías como hoy se tararean canciones pop. Y cuando estrenaba un vals nuevo, Viena entera parecía enterarse. Pero Strauss quería algo más: quería teatro, quería personajes, quería una historia donde sus melodías no fueran solo para bailar, sino para reír, enamorarse, mentir, seducir… y meter la pata. Ahí entra la opereta vienesa: una mezcla de música elegante y comedia descarada. El murciélago  es una historia que parece una tontería —una noche de fiesta, unos disfraces, un marido que se escaquea de la cárcel— pero que en realidad es una sátira finísima sobre una sociedad obsesionada con las apariencias. Porque en esta obra todo el mundo finge: el marido finge ser un marqués, la criada finge ser una actriz, el director de la prisión finge ser un noble, la esposa finge ser una extranjera exótica, y el que lo organiza todo finge que solo quiere divertirse. Strauss escribió El murciélago en plena madurez, cuando ya dominaba el arte de la melodía como nadie. Y aquí hizo algo magistral: transformó el vals en teatro. Por eso esta música tiene un brillo especial: parece que está sonriendo todo el tiempo… pero por debajo hay una inteligencia enorme y un sentido teatral perfecto. Y quizá por eso El murciélago es una de esas obras que nunca pasan de moda: porque todos, alguna vez, hemos querido ponernos una máscara para ser más libres… y hemos terminado haciendo el ridículo.
Manuel Penella Moreno nació en Valencia en 1880, en un entorno musical muy activo. Fue compositor, director de orquesta y hombre de teatro en el sentido más práctico del término: alguien que no escribía música “para el papel”, sino para funcionar en escena, con público real delante. Se formó en el ámbito del conservatorio, pero su auténtica escuela fue el teatro: la compañía, el foso, los ensayos, los cantantes, los tiempos dramáticos. Esa experiencia explica una de sus grandes virtudes: Penella tiene un instinto teatral muy directo, casi cinematográfico, y eso se nota especialmente en El gato montés. A lo largo de su carrera trabajó también como director, lo que le dio un control muy sólido de la orquesta: no escribe como un autor “de salón”, sino como alguien que sabe cómo suena una orquesta en un teatro y cómo debe acompañar la palabra cantada. En los años 10 y 20, Penella se mueve en una España donde la zarzuela vive una tensión: por un lado, el público sigue pidiendo títulos populares; por otro, algunos compositores intentan empujar hacia un teatro lírico más ambicioso. Penella pertenece claramente a este segundo grupo: le interesa el drama, la pasión y la acción. Su vida terminó en 1939, ya en un contexto histórico devastado, y su nombre quedó, durante décadas, un poco reducido a un solo título: El gato montés, que sin embargo es una obra con vida propia y con una trayectoria internacional que muy pocas zarzuelas han tenido. El gato montés se estrena en 1916, en una España donde el teatro musical es todavía el gran entretenimiento popular, pero donde la zarzuela está en un momento delicado: el público sigue llenando, sí, pero el género empieza a vivir una especie de división interna. Por un lado, están las obras más ligeras, más costumbristas, con comedia y tipos reconocibles. Por otro, una línea de autores que buscan un teatro lírico con más peso dramático, con conflictos más oscuros y con una música que no se limite a “acompañar el chiste”, sino que sostenga una historia. Penella estrena El gato montés en ese punto exacto: zarzuela, sí, pero con un espíritu que mira hacia algo más ambicioso, más cercano a la tragedia. Y aquí hay un detalle clave: El gato montés es una obra que, desde muy pronto, demuestra que puede vivir fuera del circuito típico de la zarzuela. Se interpreta en escenarios donde normalmente se hace ópera, y su fama llega incluso fuera de España. Eso no es habitual.    
Contexto de la obra El médico se estrenó en Madrid en 2018 y supuso una apuesta clara por un musical de gran formato, con música original y una narrativa continua, alejada del modelo de jukebox o del musical puramente comercial. No se trata de una adaptación ligera ni de un espectáculo construido a partir de canciones populares, sino de una obra pensada desde la dramaturgia musical, con desarrollo temático, leitmotivs y una orquesta con un papel estructural en el discurso. Autoría: música y texto La música de El médico es de Iván Macías, compositor con formación clásica, trayectoria en música sinfónica y una clara voluntad de integrar el lenguaje del musical contemporáneo con recursos de la tradición orquestal europea. El libreto y las letras son de Félix Amador, que plantea una adaptación directa, clara y funcional, evitando el exceso retórico y priorizando la comprensión del relato y la progresión dramática. Es importante subrayar que aquí música y texto avanzan juntos: no hay números “insertados”, sino escenas musicales que cumplen una función narrativa concreta. Fuente literaria El musical está basado en la novela El médico, de Noah Gordon, publicada en 1986 y convertida en un fenómeno editorial internacional. La historia sigue el recorrido vital de Rob J. Cole, desde la Inglaterra medieval hasta el mundo islámico de Persia, en su búsqueda del conocimiento médico en una época en la que la ciencia, la religión y el poder estaban estrechamente entrelazados. La adaptación teatral reduce y selecciona el material narrativo de la novela para centrarse en el viaje formativo del protagonista, más que en la mera acumulación de episodios. Ideas y valores que articula la obra Desde el punto de vista conceptual, El médico desarrolla varias ideas centrales: La búsqueda del conocimiento como motor vital El conflicto entre fe, ciencia y superstición El viaje como proceso de transformación personal La tolerancia cultural y religiosa frente al dogmatismo El aprendizaje no solo técnico, sino ético Estos temas no se presentan de forma abstracta, sino encarnados en situaciones dramáticas concretas, apoyadas por la música como elemento estructurador del relato.  
José María Usandizaga nació en San Sebastián en 1887 y murió prematuramente en 1915, con apenas 28 años. Esa cifra —tan brutal como elocuente— planea siempre sobre su figura: estamos ante uno de los grandes talentos truncados de la música española del siglo XX. Formado inicialmente en su ciudad natal, amplió estudios en la Schola Cantorum de París, un centro clave para entender su estética. Allí entró en contacto con: el rigor técnico del contrapunto, la herencia de César Franck, y un ideal de música dramática orgánica, continua, muy alejada del número cerrado convencional. A su regreso a España, Usandizaga se encuentra con un panorama lírico dominado por: la zarzuela costumbrista, el predominio del chotis, la jota o el pasacalle, y una clara división entre “teatro musical popular” y “ópera seria”. Usandizaga no se siente cómodo en esa frontera. Su ambición es otra: crear un teatro lírico español moderno, técnicamente sólido y dramáticamente intenso, sin renunciar a la lengua ni a los referentes culturales propios. Usandizaga es una figura central en la construcción de una lírica vasca moderna, aunque conviene matizar bien esto. No es un compositor “folclorista” en sentido estricto. Su aportación no consiste en encadenar melodías populares, sino en algo más profundo: integrar giros modales y rítmicos vascos dentro de un lenguaje armónico europeo, crear una atmósfera identitaria sin necesidad de citas literales, y demostrar que lo vasco podía dialogar de tú a tú con Wagner, Franck o Debussy. En La llama, esta identidad no es decorativa: se manifiesta en la sobriedad expresiva, en la contención emocional y en cierta austeridad trágica que impregna toda la obra. Gracias a Usandizaga, la música escénica vasca deja de ser una curiosidad regional y pasa a formar parte del debate estético nacional.   La llama representa, en definitiva, una de las cimas más ambiciosas del teatro lírico español del primer tercio del siglo XX. Una obra que plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿y si la zarzuela también pudo ser un camino hacia una ópera española moderna? Con Usandizaga, la respuesta estuvo muy cerca del “sí”.  
A lo largo de la historia de la ópera y la zarzuela, la mujer ha sido muchas veces el lugar donde se concentra el conflicto: el deseo, la culpa, el honor, la redención. La ópera y la zarzuela han construido, durante más de dos siglos, un vasto retrato de la mujer: amada, juzgada, sacrificada, redimida. Hoy proponemos un recorrido por ocho protagonistas que encarnan distintos arquetipos femeninos, desde el realismo social hasta la transfiguración espiritual. ocho figuras femeninas que, desde mundos muy distintos, comparten un mismo destino: amar, decidir o esperar… y pagar el precio. VIOLETTA VALÉRY de La traviata – Giuseppe Verdi MARÍA  de La tempranica – Gerónimo Giménez LUISA de  Luisa Miller – Giuseppe Verdi CASILDA de La villana – Amadeo Vives LEONOR DE GUZMÁN  de La Favorite – Gaetano Donizett JULIETA de I Capuleti e i Montecchi – Vincenzo Bellini CIO-CIO-SAN  de Madama Butterfly – Giacomo Puccini THAÍS de Thaïs – Jules Massenet
Hoy nos adentramos en el corazón de la ópera barroca italiana, tal como se vivía en el Londres del primer tercio del siglo XVIII. Es la época del dominio absoluto del aria da capo, del lucimiento vocal extremo y de una clara separación entre recitativo —donde avanza la acción— y aria —donde el tiempo parece detenerse para explorar un sentimiento. El público londinense adoraba el exotismo, las intrigas históricas y las grandes estrellas vocales, especialmente los castrati, auténticos ídolos de masas. En este contexto, Georg Friedrich Händel, compositor alemán afincado en Inglaterra, se convierte en el gran arquitecto de la ópera italiana fuera de Italia. Estrenada en 1724, Giulio Cesare in Egitto es probablemente la ópera más perfecta de Händel. Combina: Rigor dramático Riqueza psicológica de los personajes Una sucesión inagotable de arias memorables El libreto se inspira en hechos históricos: la llegada de Julio César a Egipto tras la derrota de Pompeyo y su encuentro con Cleopatra, una mujer joven, inteligente y extraordinariamente astuta. Estamos ante una ópera de pasiones humanas: ambición, seducción, venganza, dolor y amor verdadero. PERSONAJES Y VOCES Giulio Cesare – contralto o mezzosoprano (originalmente castrato): noble, reflexivo, heroico Cleopatra – soprano: seductora, inteligente, emocionalmente compleja Cornelia – contralto: dignidad, dolor y firmeza moral Sesto – mezzosoprano: juventud, evolución psicológica Tolomeo – contratenor: crueldad, cinismo, poder sin escrúpulos Händel utiliza las voces para dibujar el carácter: cuanto más virtuosa y brillante es el aria, más complejo es el personaje.  
Hoy vamos a escuchar música que no pertenece a un solo personaje, ni a una sola voz. Hoy la música se canta en plural. En la ópera, en la zarzuela y en el musical, el coro cumple una función muy especial: no solo decora la escena, sino que comenta la acción, representa a la sociedad, y muchas veces dice en voz alta lo que los protagonistas no se atreven a decir. Escuchar un coro no es solo escuchar muchas voces juntas. Es escuchar una época, una forma de pensar, una comunidad entera reflejada en música. Vamos a recorrer algunos de los coros más célebres del teatro musical, con una idea muy sencilla: entender mejor lo que escuchamos para disfrutarlo todavía más. Giuseppe Verdi entendió como pocos el poder del coro. En sus óperas, el coro no está de fondo: está en medio de la acción. Representa al pueblo, a la opinión pública, a la presión social que pesa sobre los personajes. Cuando escuchemos estos coros, fijémonos no solo en la melodía, sino en el ritmo firme, en la escritura clara, casi como si Verdi quisiera que cada palabra se entendiera sin esfuerzo. En otras óperas, el coro observa, comenta, describe la vida cotidiana. No es protagonista, pero tampoco es indiferente. Es la calle, el trabajo diario, la gente común que rodea a los héroes y heroínas de la historia. A finales del siglo XIX, la ópera quiso parecerse más a la vida real. El llamado verismo busca emociones directas, situaciones reconocibles, y una música que va directa al corazón. Aquí el coro ya no representa una idea abstracta, sino una emoción compartida: fe, dolor, esperanza. En la zarzuela, el coro es el pueblo. Son vecinos, trabajadores, jóvenes, mayores… personajes que hablan como hablaba la gente de su tiempo. Por eso estos coros nos resultan tan cercanos: porque cuentan historias pequeñas, cotidianas, pero profundamente humanas. El musical heredó mucho de la ópera y de la zarzuela, aunque a veces no lo parezca. El coro sigue cumpliendo la misma función: unir a los personajes, reforzar una idea, emocionar al público de forma directa. Aquí la música es más inmediata, pero la intención es la misma: que muchas voces digan algo importante juntas.
Hoy regresamos a nuestra zarzuela, pero no con un título excesivamente popular, sino con una obra que merece mucha más presencia en los escenarios: La tempestad, zarzuela en un acto estrenada en 1882 y firmada por uno de los compositores fundamentales de la música española del siglo XIX, Ruperto Chapí. Esta obra marca un momento decisivo en la evolución del género lírico español: nos encontramos todavía en pleno reinado del llamado “género chico”, pero la dimensión musical y dramática de La tempestad supera con creces los moldes ligeros habituales. Chapí se atreve a construir una auténtica pieza dramática, casi operística, donde la orquesta desempeña un papel narrativo de primer orden y donde el clima romántico, incluso oscuro, convive con la raíz popular que la zarzuela no puede perder. Nos situamos en la Restauración borbónica, tras el convulso Sexenio Democrático. Culturalmente existe una necesidad urgente de consolidar una identidad española moderna. En música, esa tensión se manifiesta entre dos polos: por un lado, una tradición popular profundamente arraigada; por otro, la fascinación por el drama musical europeo y la ópera italiana. La zarzuela chica, que vivía un éxito extraordinario, corría el riesgo de repetirse en fórmulas, pero también ofrecía un escenario experimental donde autores como Chapí podían introducir lenguaje sinfónico, ampliación de las funciones del coro y una orquesta más activa, más pintoresca y más descriptiva. En Europa ya han estallado Wagner y la escuela alemana; Francia vive la transición entre el gran opéra y la ópera cómica; en Italia, después del primer Verdi, la maduración del melodrama conduce a formas dramáticas más densas. Chapí, sin copiar, incorpora esa atmósfera. Aunque de un solo acto, La tempestad despliega recursos poco habituales en la zarzuela de su tiempo: Orquesta narrativa: percusión, texturas de cuerda agitadas, cromatismos que imitan el oleaje. Coralidad dramática: el coro no es espectador, es comunidad emocional. Voz solista con proyección operística: Ángela y Roberto están escritos para voces de cierta “densidad”. Ambiente simbólico: el mar como metáfora de destino, temor, fragilidad humana. La obra no depende del costumbrismo festivo; es drama romántico con tintes casi religiosos, donde la naturaleza adquiere un sentido moral. Ejes estéticos: Relación música–naturaleza: la orquesta refleja el mar, el viento, el peligro. La “tempestad” no es solo paisaje, sino símbolo de los conflictos humanos. Romanticismo dramático: ecos italianos en la escritura de las voces, tensión entre destino, superstición, amor y fatalidad. Tratamiento operístico del coro: el coro de pescadores no es adorno, es comunidad, miedo colectivo, esperanza común. Color orquestal audaz: percusión, cromatismos, cuerdas agitadas, climas contrastados. Chapí construye una zarzuela que no depende del costumbrismo festivo, sino del clima emocional: celos, temor, pasión, superstición, redención.
Alfredo Catalani nació en Lucca en 1854, la misma ciudad natal de Puccini. Su formación musical lo llevó a París y más tarde a Milán, donde desarrolló un estilo personal influido por el romanticismo centroeuropeo. Admiraba profundamente a Wagner —y se nota en su orquestación y en el uso de motivos conductores— pero nunca abandonó el lirismo italiano, ese canto amplio y melódico que tanto caracteriza a la ópera de su tiempo. Por desgracia, la tuberculosis acompañó a Catalani durante gran parte de su vida y truncó una carrera que prometía mucho. Murió joven, en 1893, apenas un año después del estreno de La Wally. Sus óperas son pocas, pero todas revelan una sensibilidad refinada y una capacidad para describir emociones a través de paisajes musicales densos y atmosféricos. La Wally se estrenó en La Scala de Milán en 1892 con libreto de Luigi Illica —el mismo que más tarde trabajaría con Puccini en La Bohème, Tosca y Madama Butterfly. Illica adaptó una novela alemana, La Vals del Buitre (Die Geier-Wally), donde la naturaleza alpina, los códigos sociales y la fuerza interior de una joven rebelde construyen un drama profundamente romántico. La ópera se mueve entre el final del romanticismo italiano y las primeras luces del verismo: mantiene la melodía tradicional, pero incorpora paisajes sonoros, descripciones instrumentales y una energía casi cinematográfica. Ya desde el Preludio —uno de los primeros momentos musicales importantes— Catalani nos sumerge en ese mundo montañoso, lleno de belleza pero también de peligro. Wally – soprano lírica-dramática. Protagonista apasionada, libre, rebelde, marcada por su vínculo con la naturaleza. Hagenbach – tenor lírico-spinto. Rival amoroso y contrapunto de Wally; impulsivo, valiente. Vincenzo Gellner – barítono. Enamorado silencioso de Wally; celoso y oscuro. Stromminger – bajo. Padre de Wally, severo, defensor de las tradiciones. Walter – soprano lírica o mezzo-ligera. Amiga de Wally; aporta frescura y contraste. Coros de cazadores y aldeanos. Catalani muere un año después del estreno: la ópera queda como su testamento artístico. Aunque rara en los teatros, es apreciada por directores y cantantes por su riqueza lírica.  El aria del primer acto ha sido grabada por Renata Tebaldi, Montserrat Caballé, Renée Fleming, Anna Netrebko… consolidándose como referencia absoluta del repertorio de sopranos. Quizá La Wally no haya encontrado su lugar estable en los teatros, pero cada vez que se interpreta deja claro que Catalani fue un compositor de sensibilidad profunda y talento extraordinario.
Hoy vamos a sumergirnos en una obra que, a pesar de su enorme calidad musical y teatral, no aparece tanto como debería en las programaciones actuales. Una joya del humor, la ironía y la crítica amable: El rey que rabió, de Ruperto Chapí, estrenada en 1891. Se trata de una zarzuela deliciosa, inteligente, llena de chispa, y que además nos permite conocer una faceta muy especial de Chapí: la del compositor cómico que sabe retratar, con mucha elegancia, las luces y sombras de la sociedad de su tiempo. Una obra que entretiene, pero que, si uno se fija, también dice muchas cosas sobre el poder, el pueblo y la distancia entre gobernantes y gobernados. Ruperto Chapí nació en Villena, en 1851, y desde muy pequeño estuvo rodeado de música. Su infancia transcurrió entre bandas de pueblo, desfiles y pequeñas orquestas, donde aprendió de oído antes incluso de poner los pies en un conservatorio. A los nueve años ya tocaba el cornetín en la banda local; a los catorce estaba componiendo pequeñas piezas; y poco después decidió dar el salto a Madrid para formarse profesionalmente. En la capital ingresó en el Conservatorio, donde tuvo como maestros a algunos de los grandes nombres del momento. Allí destacó enseguida por su energía creativa, su facilidad melódica y su instinto teatral. Más tarde obtuvo una pensión para estudiar en Roma, donde completó su formación con un ambiente musical más cosmopolita. Italia reforzó en él el gusto por la ópera, por el lirismo amplio y por la orquestación cuidadosa, elementos que luego incorporaría a su estilo zarzuelístico. Chapí fue un compositor extraordinariamente prolífico: zarzuelas, óperas, música sinfónica, obras de cámara… pero sobre todo fue una figura esencial para dignificar la profesión artística en España. En 1893 fundó, junto a otros autores, la Sociedad de Autores Españoles, germen de la actual SGAE, con el fin de proteger los derechos de los creadores. Dentro de su obra se suele hablar del “Chapí serio” —autor de partituras sinfónicas y zarzuelas grandes como Curro Vargas o La tempestad—, y del “Chapí cómico”, el que maneja con maestría el ritmo escénico, la caricatura amable y la crítica social. El rey que rabió pertenece a este segundo grupo, pero es importante subrayar que el humor de Chapí está sostenido por una música de enorme calidad, perfectamente elaborada y con una orquestación muy rica. Chapí murió joven, con apenas 53 años, en 1909, pero dejó un legado inmenso y sigue siendo una de las figuras imprescindibles del teatro lírico español. Para comprender El rey que rabió, conviene situarnos en la España de la Restauración, una época de monarquía constitucional en la que existía cierta estabilidad institucional, pero también una vida política muy controlada y a menudo desconectada de los problemas reales de la población. Ese ambiente dio pie a muchos autores a introducir críticas suaves, envueltas en humor, que el público comprendía perfectamente, aunque los censores fingieran no ver. La idea del monarca que decide disfrazarse para conocer cómo vive su pueblo no es nueva: aparece en cuentos populares, en comedias europeas del XVIII y XIX, e incluso en óperas. Es un recurso teatral muy eficaz porque permite contrastar idealismo y realidad, poder y calle, y extraer de ello lecturas sociales. Chapí compone esta zarzuela sobre libreto de Ramos Carrión y Vital Aza, dos de los mejores humoristas y libretistas del momento. El estreno tuvo lugar el 20 de abril de 1891 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, con enorme éxito. La música se alabó por su frescura y brillantez, y el libreto por su comicidad elegante y su crítica política disimulada. La obra se inscribe dentro de la tradición de la zarzuela grande, con tres actos, números musicales amplios y un reparto extenso. Sin embargo, tiene un dinamismo casi de opereta, y una teatralidad que la hace especialmente divertida. Aunque no sea de las zarzuelas más representadas hoy en día, El rey que rabió es considerada una de las mejores comedias líricas del repertorio. ¿Por qué? En primer lugar, porque combina humor y crítica social sin caer en la burla gruesa. La obra plantea, con mucha amabilidad, que los gobernantes deberían conocer mejor la realidad de su pueblo. Y lo hace a través de una historia divertida, llena de malentendidos y situaciones teatrales brillantes. En segundo lugar, porque musicalmente es un ejemplo perfecto del arte de Chapí: melodías pegadizas pero refinadas, ritmos vivos, coros espléndidos y una orquestación más rica de lo que suele encontrarse en la zarzuela cómica. Por último, porque ha influido en muchas obras posteriores del género y marca un momento de madurez en la zarzuela de finales del XIX. Es una obra que, bien producida, funciona como un reloj. Los personajes de El rey que rabió están muy bien definidos: El Rey: un joven monarca idealista, con buena intención, pero algo ingenuo. Quiere conocer cómo vive su pueblo y, en el fondo, quiere demostrar que merece el trono. Su evolución es el eje moral de la obra. Anotar que Ruperto Chapí escribió originalmente la partitura para ser interpretada por una tiple. En los 60 se hizo una grabación con voz masculina y ahí queda eso. Pero en el teatro siempre el personaje del rey era interpretado por una mujer para así llegar a los tonos originales, tal y como pasa en óperas como "Semiramis" donde el príncipe también es interpretado por una soprano. Era algo común, aunque con el tiempo se ha ido adaptando para públicos menos exigentes. La Condesa: inteligente, decidida y con un punto irónico. Es el personaje femenino más importante y actúa como contrapeso sensato del Rey. Representa la lucidez dentro de la corte. El Príncipe de la Cueva: un personaje cómico delicioso, lleno de ocurrencias, que aporta frescura al libreto. A veces parece decir verdades disfrazadas de chiste. Oficiales, cortesanos y aldeanos: forman un coro muy vivo que permite a Chapí contrastar la solemnidad de palacio con la espontaneidad del pueblo.
Hablar de Wagner es hablar de una auténtica revolución. Antes de él, la ópera era un desfile de arias, dúos y números cerrados. Placer melódico puro. Wagner llega y dice: esto puede ser algo más grande. Un drama continuo, sin interrupciones, donde la música no acompaña… sino que piensa, sugiere, recuerda, presagia. Aquí nace el famoso leitmotiv: pequeñas células musicales que representan personajes, lugares, objetos, ideas… y que se transforman igual que se transforma la historia. Esto hoy lo usa todo el mundo: desde John Williams con Star Wars hasta videojuegos. Además, Wagner impulsa la idea del arte total, donde palabra, música, escenografía y mito forman un bloque inseparable. Y, ojo, Lohengrin es especialmente interesante porque está en el centro de su evolución: conserva el romanticismo, la belleza melódica suave, incluso la magia del cuento… pero ya apunta hacia lo que vendrá después, como Tristán e Isolda o El anillo del nibelungo. CONTEXTO HISTÓRICO Y POLÍTICO Wagner compone Lohengrin entre 1845 y 1848, años de revoluciones liberales en Europa. Todo estaba agitado: monarquías tambaleándose, burguesías reclamando reformas, ideas nacionalistas germinando. Y Wagner… bueno, Wagner era un volcán político. Participó en la revolución de Dresde en 1849, y tuvo que huir con orden de arresto. Así que, cuando Lohengrin se estrenó en 1850 en Weimar, él estaba exiliado en Suiza. Quien dirigió el estreno fue nada menos que Franz Liszt, uno de los grandes impulsores de su música. Wagner escribe el libreto basándose en la leyenda medieval del Caballero del Cisne, conectada a la literatura germánica del Grial, probablemente de origen en Wolfram von Eschenbach, el mismo poeta medieval en el que se basaría después para Parsifal. Y, por debajo de la historia, hay ecos muy del siglo XIX: — la búsqueda de legitimidad política, — la figura del líder idealizado, — la tensión entre fe ciega e incertidumbre humana, — y un interés creciente por las raíces culturales “nacionales”. Es un mito medieval, sí, pero es también un espejo del mundo en crisis en el que Wagner vivía. ARGUMENTO GENERAL En Brabante, Elsa es acusada de haber matado a su hermano pequeño, el heredero legítimo. Ella lo niega y dice haber soñado con un caballero enviado por el Cielo para defenderla. Ese caballero aparece: llega en una barca tirada por un cisne blanco. Se ofrece a luchar por ella y a casarse con ella… pero hay una condición: Elsa nunca podrá preguntarle su nombre ni su origen. Ella acepta. Pero la duda, la manipulación y los celos llevan a que, en la noche de bodas, Elsa haga la pregunta prohibida. Él se revela como Lohengrin, caballero del Grial, hijo del mismísimo Parsifal. Y, al desvelarse, está obligado a marcharse. El cisne regresa… y resulta ser el hermano perdido de Elsa, víctima de un hechizo. La historia acaba en un aura entre mística y trágica. CLAVES DE INTERPRETACIÓN y SIGNIFICADOS Más allá del argumento, Lohengrin toca temas muy profundos: — La fe versus la duda: Elsa no necesita saber… necesita creer; y sin confianza no hay milagro posible. — El héroe idealizado: Lohengrin es perfecto, pero precisamente por eso es incompatible con el mundo real. — La tensión entre lo sagrado y lo humano: el Grial es pureza absoluta; la política de Brabante es barro, intriga y poder. — El mito nacional: Wagner no lo pensó con los usos posteriores, pero sí buscaba una identidad cultural alemana basada en los mitos medievales. — Y algo muy actual: la necesidad de transparencia en un líder. Elsa quiere saber quién es, de dónde viene. Hoy lo llamaríamos “rendición de cuentas”. En el siglo XIX, Wagner lo convierte en tragedia.  
Carl Maria von Weber (1786–1826) fue una figura clave en la transición del clasicismo al Romanticismo musical. Primo lejano de Mozart, pianista virtuoso, director, crítico y compositor, Weber influyó profundamente en Berlioz, Wagner y toda la ópera alemana posterior. Carl Maria von Weber (1786–1826) nació en Eutin, en el norte de Alemania, en el seno de una familia itinerante de artistas. Su padre dirigía una compañía teatral ambulante, por lo que Weber creció rodeado de cantantes, actores y músicos. Esta infancia nómada, aunque irregular y a veces inestable, le proporcionó un contacto temprano con la escena y un oído excepcional para la escritura dramática, algo que se reflejaría más tarde en su maestría operística. Weber fue un pianista prodigioso, uno de los primeros grandes virtuosos del instrumento antes de la irrupción de Liszt y Chopin. Sus conciertos para piano y sus composiciones tempranas ya mostraban una sensibilidad que se alejaba del clasicismo vienés. Se interesó profundamente por lo pintoresco, lo fantástico y lo popular— rasgos definitorios del Romanticismo. Contexto histórico (aprox. 1817–1821): Alemania buscaba una identidad cultural propia tras las guerras napoleónicas. El Romanticismo florecía, exhaltando la naturaleza, lo fantástico y las tradiciones populares. Weber, director de la Ópera de Dresde, deseaba crear una obra “auténticamente alemana” basada en leyendas locales y espíritu popular. Der Freischütz surgió así como un símbolo identitario: música con raíces folklóricas, un libreto lleno de superstición rural y una dramaturgia que encarna la lucha moral entre la luz y la oscuridad. Para entender Der Freischütz es fundamental situarse en la Europa posterior al Congreso de Viena de 1815, cuando tras las Guerras Napoleónicas se reconfiguraron las fronteras del continente. El mundo alemán, dividido en numerosos principados y reinos, experimentaba una fuerte corriente de renovación identitaria y cultural. No existía aún un Estado alemán unificado, pero sí un creciente sentimiento de pertenencia compartida: lengua, tradiciones y folclore. Intelectuales como los hermanos Grimm, contemporáneos de Weber, recopilaban cuentos y leyendas populares—la misma matriz cultural de la que surgiría la historia del cazador y las balas mágicas. La fascinación por lo sobrenatural, lo oculto, la naturaleza misteriosa y los paisajes sombríos definía el espíritu romántico de la época. En música, el mundo operístico alemán estaba aún dominado por influencias italianas: bel canto, estructuras rígidas de arias y recitativos, virtuosismo ornamental. Weber y algunos compositores afines aspiraban a crear un teatro musical nacional, con raíces en las canciones populares, el idioma alemán y una estética más dramática que ornamental. Der Freischütz fue la obra que cristalizó ese anhelo: un drama con campesinos, bosques, supersticiones y una clara dimensión moral. A esto se suma el contexto político: en los estados alemanes regía una atmósfera de conservadurismo, censura y vigilancia policial, pero también de efervescencia intelectual. El Romanticismo funcionó como un refugio simbólico y emocional: un retorno a la naturaleza y a la espiritualidad en tiempos de tensiones sociales y desconfianza política. Cuando Weber estrena Der Freischütz en 1821 en Berlín, el público reconoce inmediatamente algo “propio”, algo que habla de su comunidad y su imaginario colectivo. Por eso la ópera no solo fue un éxito musical rotundo, sino un suceso cultural que contribuyó activamente a la consolidación de la identidad alemana en pleno período de transformación histórica. ¿Cuál es la leyenda del “Cazador del tiro certero”, sobre la que se basa El cazador furtivo de Weber? Es una antigua leyenda popular alemana, documentada desde al menos el siglo XVII, que cuenta la historia de un cazador que, desesperado por recuperar su puntería o demostrar su valía, hace un pacto con fuerzas malignas para obtener “balas mágicas” (Freikugeln). Estas balas tienen la propiedad de acertar siempre en el blanco, salvo una: la última, que no obedece al tirador, sino al diablo. La leyenda incluye varios elementos característicos del folclore centroeuropeo: 1. El cazador que pierde la puntería Un joven cazador o guardabosques —a veces torpe, otras veces simplemente desafortunado— se siente incapaz de cumplir una prueba o asegurar su futuro profesional o matrimonial. 2. Las “balas libres” o “balas del diablo” Un personaje oscuro (en Weber, Kaspar) ofrece fabricar balas con poderes sobrenaturales. La tradición dice que se deben fundir a medianoche, en un cruce de caminos o en un bosque encantado, acompañado de conjuros, huesos, plomo robado de iglesias o cementerios, etc. 3. El pacto demoníaco El origen remoto conecta con antiguas supersticiones de cazadores y mineros alemanes: la idea de que el diablo concede poder temporal a cambio del alma. En muchas versiones, el protagonista no conoce la letra pequeña: la última bala pertenece al demonio y golpeará donde él lo desee. 4. El desenlace moral La bala maldita a veces mata a alguien inocente, otras veces —como en la ópera— se vuelve contra el instigador del pacto. El cazador arrepentido recibe perdón o castigo según la versión.
L'Orfeo de Monteverdi

L'Orfeo de Monteverdi

2025-11-1157:25

Las óperas de Monteverdi se han catalogado como barrocas tempranas, o pre-barrocas. Para el momento, la música del norte de Italia transitaba entre el estilo renacentista tardío y el barroco temprano, y los compositores vanguardistas como Monteverdi, combinaban las tendencias estilísticas que se utilizaban en los círculos musicales más importantes como Florencia, Venecia o Ferrara. Puede considerarse como una obra maestra de la historia de la música, porque consolida la ópera, que se desarrollaría mucho más durante el Barroco. En el Orfeo ya se encuentran los elementos que pertenecerán a la ópera de los siglos futuros: la separación entre recitativo y aria, la forma estrófica y los ritornellos, la inserción de danzas, la intervención del coro, la introducción simple y puramente orquestal. En definitiva, se puede considerar al Orfeo como la primera gran ópera de la historia de la Lírica y punto de arranque fundamental en el desarrollo posterior del género, todo ello gracias al genio musical Monteverdiano. Actualmente es una de las óperas más antiguas del repertorio, aunque no está entre las más representadas. En la era del Renacimiento, la música se había desarrollado como una disciplina formal. En la época barroca, se convirtió en una forma de expresión estética, cada vez más utilizada para adornar celebraciones religiosas, sociales y festivas en las que, de acuerdo con el ideal de Platón, la música estaba subordinada al texto. El canto solista con acompañamiento instrumental, o monodia, adquirió una mayor importancia hacia finales del siglo XVI y reemplazó a la polifonía como el principal medio de expresión musical dramática. Este era el mundo cambiante en el que Monteverdi estaba activo. LAS ÓPERAS DE MONTEVERDI Claudio Monteverdi compuso varias obras para el escenario entre 1604 y 1643, incluidas diez obras del género de ópera entonces emergente. Para tres de ellas, la música y el libreto existen (La fábula de Orfeo (1607), El regreso de Ulises a la patria (1640) y La coronación de Popea (1643)). Se conocen otros siete proyectos de ópera, de los cuales cuatro se completaron y realizaron durante la vida de Monteverdi, mientras que abandonó los otros tres en algún momento. Para algunas de estas óperas perdidas, al menos el libreto ha sobrevivido. El término ópera no se usó ampliamente hasta finales del siglo XVII, por lo que las obras de teatro musical de Monteverdi fueron conocidas por varios nombres como favola in musica (fábula musical), dramma in musica (drama musical) o tragedia in musica (tragedia musical). Monteverdi jugó un papel decisivo en el desarrollo y popularización del género para el teatro musical público, su La fábula de Orfeo es la primera ópera que aún se representa regularmente. LA FÁBULA DE ORFEO Los primeros experimentos operísticos de la historia se realizaron bajo la ambiciosa premisa de que ―al igual que hiciera el legendario Orfeo― era posible domeñar las pasiones humanas a través del canto y la música: infundir alegría, tristeza o, más aún, confrontarlos abruptamente, como en la interrupción las celebraciones nupciales por la fatídica mensajera en el segundo acto de esta ópera. No es de extrañar, por tanto, que el mito del célebre cantor tracio fuera protagonista de algunos de los primeros títulos de este género. Gracias al genio de Monteverdi, L’Orfeo descubrió al público de su tiempo que el teatro y el canto aliados entre sí eran capaces de ofrecer a la experiencia humana un abanico de emociones inexplorado y de una intensidad desconocida.
En paralelo al personal estilo de Giacomo Puccini, desde el estreno de Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni la ópera italiana vivirá una gran transformación. La Giovane scuola verista, formada por autores nacidos hacia 1860, renueva el género con argumentos de conmovedor efecto dramático que retratan sin tapujos las miserias de la vida. A la par que Giacomo Puccini, los compositores de la Giovane scuola verista beneficiados por el editor Edoardo Sonzogno, utilizarán como referencia el drame lyrique y la opéra comique para llevar al melodrama italiano hacia una estructura flexible en la cual la música, en su deseo de reproducir la trama con realismo, toda su crudeza y sin fisuras, fluye en un continuo sonoro sin interrupciones. El verismo inundará con su pasión los teatros de todo el mundo. Al igual que hiciera Puccini con La Bohème, el compositor Umberto Giordano (Foggia, 1867-Milán, 1948) prefirió ambientar sus dramas en la burguesía parisina, pero también en la Italia del sur. En 1889, cuando Mascagni presentó al concurso de Sonzogno Cavalleria rusticana, Giordano hizo lo propio con Marina. Mascagni salió vencedor, pero el editor milanés se fijó en Giordano para encargarle la adaptación operística de Mala vita. A pesar de lo escabroso del libreto, Mala vita (1892) dio a conocer al joven autor presentando la historia de un enfermo de tuberculosis que jura reconducir a una prostituta a cambio de su curación. Para describir la atmósfera local, Giordano recurrió a las fuentes populares, como canciones en napolitano o tarantelas.   Chénier revolucionario   La oportunidad de oro le llegaría pocos años después, cuando el compositor Alberto Franchetti dio a Giordano uno de los libretos que Luigi Illica –autor del texto de La Bohème– había creado para él: Andrea Chénier. Estrenada como La Bohème en 1896, la obra supondrá la consagración definitiva de Giordano. Con la historia inspirada en la vida del poeta galo André Chénier (1762-94), Giordano renunció a los ambientes sórdidos y demacrados del primer verismo para recuperar el tema histórico. El triángulo amoroso vivido por los protagonistas fue el punto de partida para retratar el convulso ambiente de agitación social y político de la Revolución Francesa. La vida de Chénier, como la de tantas otras víctimas de la contienda, contenía todos los ingredientes para llevar a la escena tableaux de masas, no solo como recurso dramático sino también como denuncia de las atrocidades cometidas en nombre de la epopeya. El poeta, defensor de la insurrección, fue condenado por los jacobinos a la guillotina por criticar la crueldad de sus métodos pocos días antes de que Robespierre acabara siendo también decapitado.   En el momento en que Giordano aparece en escena el lenguaje armónico se había vuelto más complejo tras la brecha abierta por Wagner al llevar la tonalidad a un callejón sin salida con Tristan und Isolde (1865). Los recursos utilizados por Giordano –y también explorados por Puccini– incluirán el uso del Leitmotiv, el cromatismo como medio expresivo de las pasiones y los efectos tímbricos orquestales del impresionismo francés.   Nacido un año antes que Giordano, Francesco Cilea (Palmi, 1866-Varazze, 1950) tomó el relevo a sus predecesores llevando la corriente verista hasta entrado el siglo XX. El hechizo causado por la banda de Palmi al interpretar fragmentos de Norma provocó que el pequeño Francesco, siendo todavía un niño, decidiera dedicarse a la música. Con solo 23 años escribió Gina, su primera ópera y trabajo de fin de carrera, que logró captar la atención de Sonzogno para promocionar su representación. En 1892 estrenará La Tilda, melodrama en tres actos que gozará de cierto éxito traspasando las fronteras italianas. Cinco años después aparecerá L’arlesiana, con libreto de Leopoldo Marenco basado en una obra de Alphonse Daudet, que hoy es recordada principalmente por El lamento de Federico del segundo acto, que el gran Caruso llevó a tantos escenarios. Adriana Lecouvreur, golpe maestro Su golpe maestro llegaría en 1902, con Adriana Lecouvreur sobre un libreto de Arturo Colautti basado en el drama homónimo de Eugène Scribe y Ernest Legouvé, e inspirado en la vida de una actriz de la Comédie-Française amante del conde de Sajonia, admirada por Voltaire y supuestamente envenenada por una rival en 1730. El drama le permitiría utilizar toda suerte de recursos dramáticos sin limitaciones. Cilea –que siempre criticó los excesos del verismo contextualizado en ambientes marginales– prefirió representar el mundo artificioso de la Francia barroca con sus intrigas y amoríos entre aristócratas y artistas. Libretista y compositor actuaron simbióticamente para lograr una historia que combinaba inteligentemente los enredos de las tramas dieciochescas con la vena elegíaca del estilo de Cilea, cuyo sentido innato del teatro y facilidad para llevar la música de la risa al llanto, se conjuraron consiguiendo una descripción extraordinaria de lo que sucede en un teatro entre bambalinas. El lenguaje de Cilea encuentra un punto medio entre el verismo italiano y la tradición lírica francesa, con claras referencias a Massenet, con melodías melancólicas de ritmo sencillo y sin excesos violentos, y una orquestación jugosa, fluida y de proporciones elegíacas.
Pionero de las vanguardias y exponente del neoclasicismo, Richard Strauss es modernidad y tradición. Tras la originalidad de sus poemas sinfónicos y los escándalos provocados por las transgresoras óperas Salome y Elektra, vuelve nostálgicamente la mirada al pasado con un estilo camaleónico y una lectura renovada de las estéticas barroca y clásica, en la que el mito recobra protagonismo. Aunque solo dos años separan Elektra de Der Rosenkavalier, la diferencia no puede ser más abismal. Junto a Richard Strauss (Múnich, 1864 – Garmisch -Partenkirchen, 1949) su fiel colega Hugo von Hofmannsthal (Viena, 1874 – 1929) repite como libretista, quien sitúa esta obra de sabores mozartianos alrededor de 1740, en la Viena de la emperatriz María Teresa. Después de describir crudamente las angustias y obsesiones de la psique humana en sus obras anteriores, libretista y músico ahora apuestan por una comedia musical en tres actos de carácter ligero que retrataba a la sociedad rococó a modo de deliciosa farsa de equívocos. A pesar de la aparente superficialidad de la comedia, Der Rosenkavalier (1911) en el fondo conlleva una profunda reflexión sobre el paso del tiempo, además de presentar una visión del pasado desde la perspectiva del siglo XX, tanto en lo literario como en lo musical. Nuevamente la orquesta es la gran protagonista, realizando una nostálgica y tierna mirada al pasado a ritmo de vals, con cierto guiño estilístico a la ópera buffa y a la opereta, y sin olvidar la fuerte herencia romántica experimentada en los poemas sinfónicos. La línea de canto recupera toda su expresividad, con momentos conmovedores. Un año después de Der Rosenkavalier, literato y músico estrenan Ariadne auf Naxos, comedia musical en un prólogo y un acto cuya versión definitiva se aplazará hasta 1916. La pieza retrocede nuevamente para indagar en la época barroca, y es una síntesis estilística en la que confluyen elementos de la ópera buffa –con personajes de la commedia dell’arte–, del Singspiel alemán y del vodevil francés. El argumento no puede ser más disparatado: un rico vienés ofrece una representación de una ópera seria –Ariadna en Naxos– y de una pieza de commedia dell’arte. La mezcla de personajes mitológicos y heroicos con máscaras bufas ofrecía un enorme juego teatral, que no iba a ser desaprovechado por el imaginativo Strauss. Los lamentos de la abandonada Ariadne, de profunda solemnidad, se entremezclarán con las locuras de los personajes cómicos, y Zerbinetta animará a la heroína despechada para que ahogue las penas en los placeres de la vida en una de las arias de coloratura más impresionantes del repertorio. Ariadne auf Naxos no solo es una de las creaciones más originales del género lírico, sino que, además, conquista al oyente por el ingenio de poeta y compositor para representar el teatro dentro del teatro y realizar una divertida disección satírica de la ópera seria y la buffa. Ambos logran una auténtica simbiosis entre tragedia y comedia, recurriendo a los elementos de una y otra, y fusionando la sucesión de recitativos y números cerrados propios del estilo barroco con escenas sin fisuras en el nuevo estilo por ellos creado un año atrás. En 1919, y también con libreto de Hofmannsthal, sube por fin a escena Die Frau ohne Schatten –La mujer sin sombra– tras un largo proceso de gestación provocado por la crítica situación política europea. La acción se sitúa en un lugar y época legendarios, en el que dos parejas pertenecientes al mundo de los humanos y al de los espíritus deben realizar varias pruebas. Llena de numerosos elementos simbólicos, la ópera es una obra ambiciosa en lo musical y una reflexión poética sobre la importancia del amor y la compasión universal. La orquesta alcanza enormes proporciones, con gran protagonismo de los vientos y la percusión, y con la participación de instrumentos de carácter exótico como los gongs chinos, el tam-tam o las campanillas. De esta manera, Strauss representa un cosmos enigmático y trascendental en el que la lucha entre el mundo espiritual y el humano cobra dimensiones sonoras apoteósicas en clara concordancia con el libreto. El papel de la Emperatriz, escrito para soprano, es comparable al de la wagneriana Brünnhilde, tanto en la dificultad vocal y teatral como en la intensidad psicológica. El personaje fluctúa entre la condición humana y la divina, con todos los sufrimientos y dudas existenciales que ello provoca. Desgraciadamente, la muerte prematura de Hugo von Hofmannsthal permitió solamente una última colaboración con Strauss en Arabella, comedia lírica en tres actos estrenada en 1933. Nuevamente la acción se sitúa en Viena, aunque en 1860. Tras el aparente ambiente frívolo de la ciudad de los valses, se esconde la crítica realizada por libretista y compositor hacia el antiguo imperio austrohúngaro, concentrada en la figura de Mandryka, rico joven que acepta el matrimonio con Arabella organizado por el padre de ésta para sacarlos de la ruina. Procedente de Croacia, Mandryka refresca el viciado ambiente de la corrupta sociedad con sus sencillos y sentidos cantos populares. Arabella reconoce en el joven al amor verdadero y se queda prendada de su naturaleza no contaminada. Voces e instrumentos describen uno y otro ambiente con la maestría que caracteriza a Strauss, y la profundidad psicológica siempre presente en la obra de Hofmannsthal.  
"La canción del olvido" es una zarzuela en un acto y cuatro cuadros, que combina verso y prosa, con música del reconocido compositor José Serrano y un libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw. El argumento presenta una historia de amor donjuanesco situada en el ambiente napolitano en cuya trama, Rosina consigue con argucias enamorar al capitán Leonello. La trama se desarrolla en la hostería del Ganso, situada frente al palacio de la cortesana Flora Goldoni, donde se rumorea la llegada de una princesa procedente de Roma. Esta noble dama se aloja en el establecimiento con la intención de seguir los pasos del Capitán Leonello, quien, a su vez, tiene un interés romántico por Flora Goldoni. Consciente de esta situación, la princesa elabora un ingenioso plan para conseguir una cita con Leonello, con la esperanza de desviar su atención de Flora de manera definitiva. Los nuevos gustos madrileños de principios del siglo XX habían ido desplazando las obras de corte sainetesco y popular, para dar paso a nuevos espectáculos como la opereta, la revista y las variedades. El libreto es una trama sencilla, bien llevada, en la que se representan todas las características del género de la opereta, recreando ambientes de corte romántico, con escenas de gran lirismo. Esta fue la primera obra del afamado dúo de libretistas Federico Romero Sarachaga y Guillermo Fernández Shaw-Iturralde; Se aprecian las bases de su teatro, al crear tramas sólidas, personajes bien dibujados, acompañados de una versificación elegante e inspirada. En el apartado musical, José Serrano demuestra su notable vena melódica, a la vez que refinamiento orquestal, con páginas de gran vuelo lírico como La canción del olvido, u otras de gran sabor popular como Soldado de Nápoles, formando parte de los repertorios de muchos cantantes.
La ópera La favorita de Gaetano Donizetti es una grand ópera en cuatro actos, con libreto en francés de Alphonse Royer y tradiciones musicales propias del bel canto italiano. Se estrenó en 1840 en la Ópera de París. Características principales: ·         Ambientación histórica: Se desarrolla en Castilla en 1340, en tiempos del rey Alfonso XI y su amante Leonor de Guzmán, sobre una trama que mezcla amor, intriga política y drama personal. ·         Personajes: Destacan Fernando, un joven novicio que abandona el monasterio por amor, y Leonor, la favorita del rey, atrapada en un destino trágico. ·         Temas: Amor imposible, renuncias, pecado, perdón y tragedia, con un héroe romántico marginal (Fernando) y una mujer atormentada (Leonor). ·         Música: Combina melodías dulces y brillantes con pasajes dramáticos y emotivos. Incluye coros refinados, arias expresivas (como la de Fernando “Una vergine, un'angiol di dio”) y piezas que alternan atmósferas solemnes y momentos íntimos. ·         Orquestación: Muy cuidada, con detalles instrumentales sutiles que contrastan con las voces y los coros. Se alternan momentos introspectivos con escenas festivas y dramáticas. ·         Estructura dramática: Consta de escenas en claustros, jardines moriscos, palacios y cementerios, donde se desenvuelve la intriga con una intensidad romántica clásica. ·         Popularidad: Es una de las obras más representativas del repertorio belcantista, destinada a voces que deben tener agilidad técnica y capacidad expresiva profunda, especialmente la mezzosoprano que interpreta a Leonor. En resumen, La favorita combina la elegancia y virtuosismo del bel canto con una historia intensa y personajes complejos, ofreciendo una música rica en contrastes emocionales y una puesta en escena que resalta la tensión entre el amor y el destino trágico. El libreto de La favorita de Donizetti conecta con varios tópicos románticos clásicos a través de sus personajes y su trama: ·         Amor imposible y trágico: Fernando, joven novicio que abandona la vida clerical por amor a Leonor, una mujer comprometida como favorita del rey. Este conflicto entre el deber y la pasión personal es un tema típico del Romanticismo. ·         Triángulo amoroso: La rivalidad entre el rey Alfonso XI, su favorita Leonor y Fernando, que representa la lucha entre poder, deseo y fidelidad. ·         Personajes atormentados: Leonor es una mujer dividida entre su posición social y su amor sincero, reflejando el ideal romántico de la mujer sufriente y sacrificada. ·         Destino y fatalismo: La historia está marcada por un sentido inexorable del destino y la tragedia, donde el amor conduce al sufrimiento y la muerte, elemento recurrente en el Romanticismo. ·         Conflicto entre lo espiritual y lo terrenal: Fernando lucha entre su fe religiosa y sus sentimientos humanos, típico del héroe romántico que vive tensiones internas profundas. ·         Naturaleza y exotismo: Escenarios como monasterios, palacios, jardines moriscos y la ambientación histórica en la España medieval aportan un marco idealizado y lleno de atmósferas sugerentes que enriquecen la trama romántica. Estas características hacen de La favorita una ópera profundamente ligada a los valores y temas del Romanticismo, tales como la exaltación del sentimiento, el conflicto interior, la transgresión social y el dramatismo trágico.
"Il tabarro" en italiano significa "la capa" o "el tabardo". En el contexto de la ópera de Puccini, el título hace referencia a una capa que usa el personaje Michele y que es simbólicamente importante en la trama, ya que él envuelve el cuerpo de Luigi, su rival amoroso, con su tabarro al final de la obra. Además, "Il tabarro" es una alegoría del Infierno en el tríptico de Puccini, correspondiente a la parte más oscura y trágica de su trilogía "Il Trittico".El "tabarro" en la ópera de Puccini tiene una relación simbólica con el Infierno de Dante que se basa en la representación del ambiente oscuro, opresivo y de condena moral similar al infierno descrito en la Divina Comedia. En el tríptico de Puccini, Il Tabarro representa el “Infierno”, evocando un sentimiento de fatalismo, desesperanza y represión emocional, muy en línea con el carácter sombrío y cruel del Infierno dantesco. El tabarro, una capa oscura que envuelve y oculta, puede simbolizar esa envoltura de pecado, culpa y destino ineludible que atraparía a los personajes de la ópera, al igual que los círculos del Infierno representan distintos tipos de pecados y castigos, conforme a la estructura moral y poética de Dante. La atmósfera opresiva del puerto y el acto final donde el cuerpo está envuelto en el tabarro evocan la idea de la condena y el castigo fatal, emulando simbólicamente el descenso hacia un infierno personal o moral. Por tanto, la ópera utiliza el tabarro no solo como un objeto físico, sino como metáfora de la oscuridad, la muerte y la justicia implacable, en correspondencia con la visión del Infierno que Dante presenta como un lugar de castigo eterno para los pecadores. Los personajes de Il Tabarro que llevan connotaciones dantescas asociadas al tabarro, en sentido simbólico, son principalmente Michele, Giorgetta y Luigi. Michele, como dueño del tabarro (la capa), personifica la figura fatal y vengativa, semejante a un juez moral infernal que envuelve y oculta la culpa, la traición y el castigo, evocando la idea de condena eterna del Infierno de Dante. Luigi, el amante oculto envuelto finalmente en el tabarro, representa la víctima atrapada en ese destino oscuro e ineludible, como un condenado a un círculo infernal. Giorgetta, atrapada entre ambos, simboliza el deseo, la pasión y el pecado que desencadena la tragedia. En conjunto, estos personajes encarnan pasiones humanas extremas (celos, traición, venganza) y están envueltos en la atmósfera opresiva y trágica del tabarro, que funciona como un símbolo visual y dramático del Infierno personal y moral que los atrapa, emulando las connotaciones dantescas de castigo y fatalismo. "Il Trittico" de Giacomo Puccini, es una trilogía de tres óperas cortas que Puccini concibió como un conjunto indivisible, inspirado en la estructura de la “Divina Comedia” de Dante, que está dividida en infierno, purgatorio y paraíso. Las tres óperas son: Il tabarro: Una tragedia verista que gira en torno al adulterio, los celos y la violencia, ambientada en el puerto de París con un desenlace trágico. Su trama es intensa y dramática, enfocándose en las pasiones humanas más oscuras. Suor Angelica: Un melodrama religioso que aborda temas de fe, redención y el perdón. Este drama es profundo y emocional, representando un contraste con la crudeza de Il tabarro. Gianni Schicchi: Una farsa cómica que introduce un tono más ligero con humor e ironía, centrada en la codicia y el engaño dentro de una familia rica. La singularidad de "Il Trittico" radica en cómo estas tres obras presentan diferentes facetas de la experiencia humana: tragedia, redención y comedia, con una estructura musical continua que crea una experiencia unificada y potente para el espectador o escuchante. Además, "Il Trittico" no suele programarse con frecuencia debido a su complejidad técnica, artística y económica, lo que hace que cada representación sea un evento especial. La obra se estrenó en 1918 en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Para entender "Il Trittico" de Puccini, es clave considerar varios aspectos históricos y biográficos del compositor: Puccini nació en 1858 en Lucca, en una familia con una larga tradición musical ligada a la iglesia, aunque él mostró desde joven un carácter rebelde y dificultades en su formación inicial. Su madre fue fundamental para impulsar su carrera musical y logró que entrara al Conservatorio de Milán en 1880 para estudiar composición. El contexto cultural y musical de Puccini se fragmentó en dos grandes etapas: su juventud en la que comienza a encontrar éxito con óperas como "Manon Lescaut" y su periodo más maduro y productivo en el que creó obras cumbres como "La Bohème", "Tosca" y "Madama Butterfly". Estas óperas destacan por su fuerte carga emocional y dramatismo, en un ambiente italiano de finales del siglo XIX y comienzos del XX, con influencias veristas y realistas. En 1918, cuando Puccini compuso "Il Trittico", el mundo estaba terminando la Primera Guerra Mundial, época cargada de tensiones sociales y cambios profundos. El tríptico refleja esa diversidad de emociones humanas y sociales a través de sus tres partes: tragedia, espiritualidad y comedia. En lo personal, Puccini atravesó momentos difíciles como su grave accidente automovilístico en 1904 y problemas familiares que afectaron su estado emocional, lo que se puede sentir en la profundidad psicológica y dramática de sus obras tardías. La trilogía "Il Trittico" muestra la madurez artística de Puccini, combinando influencias literarias (como la estructura de la Divina Comedia) y musicales, explorando diferentes registros emocionales y temáticos en las tres óperas: "Il tabarro" (tragedia), "Suor Angelica" (redención) y "Gianni Schicchi" (comedia). Este marco histórico y biográfico es esencial para comprender no sólo la creación del tríptico sino también su significado artístico y cultural como reflejo de la complejidad humana y social de su tiempo. La colaboración de Giacomo Puccini con los libretistas Luigi Illica y Giuseppe Giacosa fue fundamental para el desarrollo y la calidad dramática de "Il Trittico" y otras obras importantes del compositor.  
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