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Ven, Sígueme de Central de las Escrituras
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Ven, Sígueme de Central de las Escrituras

Author: Scripture Central

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Este espacio ha sido creado para ayudarte a ti a aprender acerca de Jesucristo al estudiar Ven, Sígueme.

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Te invitamos a etiquetar a tus amigos y compartir este video. ¡Gracias por verlo! Los amamos. 5 – 11 enero: “Ésta es mi obra y mi gloria” Moisés 1; Abraham 3 La Biblia empieza con las palabras: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Pero, ¿qué había antes de ese “principio”? ¿Y por qué creó Dios todo eso? El Señor ha clarificado estas preguntas por medio del profeta José Smith. Por ejemplo, el Señor nos ha dado el registro de una visión en la cual Abraham vio nuestra existencia como espíritus “antes que existiera el mundo” (véase Abraham 3:22–28). También nos ha dado la traducción o revisión inspirada de los primeros seis capítulos de Génesis, denominado el libro de Moisés, que no empieza con “en el principio”. En lugar de ello, comienza con una experiencia que tuvo Moisés, la cual proporciona algo de contexto al relato de la Creación. Juntas, esas Escrituras de los últimos días son un buen punto de partida para comenzar nuestro estudio del Antiguo Testamento, ya que tratan algunas preguntas fundamentales que nuestra lectura puede plantear: ¿Quién es Dios? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Cuál es la obra de Dios y qué lugar ocupamos en ella? Los primeros capítulos de Génesis podrían verse como la respuesta del Señor a la solicitud de Moisés: “Sé misericordioso para con tu siervo, oh Dios, y dime acerca de esta tierra y sus habitantes, y también de los cielos” (Moisés 1:36). ___________________ En este canal estudiamos las Escrituras con un enfoque centrado en Jesucristo. Creemos que la palabra de Dios tiene el poder de transformar corazones, fortalecer la fe y traer esperanza a nuestra vida diaria. Acompáñanos mientras exploramos las escrituras y otros temas del evangelio, buscando siempre encontrar al Salvador en cada enseñanza. ___________________ Siguenos en nuestras redes: Sitio Web: https://centraldle.es/ Facebook: https://www.facebook.com/CentraldelasEscrituras Instagram: https://www.instagram.com/centraldelasescrituras/ WhatsApp: https://whatsapp.com/channel/0029VbBpo9b5fM5bhBTdiL2M
29 diciembre – 4 enero: El primer testamento de Jesucristo Introducción al Antiguo Testamento Al considerar la oportunidad de estudiar el Antiguo Testamento este año, ¿cómo te sientes? ¿Ansioso? ¿Inseguro? ¿Temeroso? Todas estas emociones son comprensibles. El Antiguo Testamento es uno de los conjuntos de escritos más antiguos del mundo, y eso puede despertar entusiasmo y temor al mismo tiempo. Estos escritos provienen de una cultura antigua que podría parecernos ajena y, en ocasiones, extraña o incluso incómoda. Sin embargo, en esos escritos vemos a personas pasar por experiencias que nos resultan familiares. Reconocemos temas del Evangelio que dan testimonio de la divinidad de Jesucristo y de Su Evangelio. Es cierto, las personas como Abraham, Sara, Ana y Daniel, por ejemplo, llevaron vidas que, en cierta forma, eran muy diferentes a las nuestras. No obstante, también experimentaron el gozo que produce la familia, así como también discordias familiares, momentos de fe y momentos de incertidumbre, y éxitos y fracasos, al igual que todos nosotros. Lo que es más importante, ejercieron fe, se arrepintieron, hicieron convenios, tuvieron experiencias espirituales y nunca se dieron por vencidos en cuanto a la promesa de un Salvador. A medida que aprendemos cómo actuó Dios en sus vidas, también lo vemos en la nuestra, y decimos, junto con el salmista: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz a mi camino […]. Y la ama tu siervo” (Salmo 119:105, 140). .
Aun antes de nacer, éramos parte de una familia: la familia de nuestros padres celestiales. Ese modelo continúa en la tierra. Las familias aquí, en su mejor versión, tienen por designio replicar el modelo perfecto del cielo. Desde luego, no hay garantías de que las familias terrenales serán ideales o siquiera funcionales, pero, como enseñó el presidente Henry B. Eyring, las familias “brindan a los hijos de Dios la mejor oportunidad de ser acogidos en el mundo con el único amor en la tierra que se acerca a lo que sentimos en el cielo: el amor de los padres” (“Congregar a la familia de Dios”, Liahona, mayo de 2017, pág. 20). Sabiendo que las familias son imperfectas y que están sujetas a los ataques del adversario, Dios envió a Su Hijo Amado para redimirnos y sanar a nuestras familias; y mandó profetas de los últimos días con una proclamación para defender y fortalecer a las familias. Si seguimos a los profetas y ponemos la fe en el Salvador, aun cuando las familias terrenales no alcancen el ideal divino, hay esperanza para las familias tanto en la tierra como en el cielo.
El profeta José Smith enseñó: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y de los profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de eso” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2011, págs. 51–52). Más de 160 años después, esa declaración inspiró a La Primera Presidencia y al Cuórum de los Doce Apóstoles a publicar “El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles” para conmemorar el aniversario número 2000 del nacimiento del Salvador (véase Russell M. Nelson, “Cómo obtener el poder de Jesucristo en nuestra vida”, Liahona, mayo de 2017, pág. 40). En calidad de Santos de los Últimos Días, nos regocijamos en la bendición de la revelación continua por medio de profetas y apóstoles modernos. Agradecemos sus palabras inspiradas de consejo, advertencia y ánimo; pero sobre todo, somos bendecidos por sus potentes testimonios de Jesucristo, en Navidad y a lo largo del año. Representan más que solo palabras conmovedoras de escritores u oradores hábiles, o perspectivas de expertos en las Escrituras. Son las palabras de los “testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo” (Doctrina y Convenios 107:23), a quienes Dios ha elegido, llamado y autorizado.
Los Artículos de Fe y las Declaraciones Oficiales 1 y 2 8 – 14 diciembre: “Creemos” Desde la primera visión de José Smith, Dios ha seguido guiando Su Iglesia por revelación. En algunos casos, la revelación ha incluido cambios a las normas y prácticas de la Iglesia. Las Declaraciones Oficiales 1 y 2 anunciaron esa clase de revelación: una llevó a poner fin a la práctica del matrimonio plural, y la otra puso las bendiciones del sacerdocio al alcance de las personas de todas las razas. Cambios como esos son parte de lo que significa tener una “iglesia verdadera y viviente” (Doctrina y Convenios 1:30), con un profeta verdadero y viviente, y guiada por el Dios verdadero y viviente. Pero la verdad eterna no cambia, aunque nuestra comprensión de ella sí lo haga. Y a veces, la revelación arroja luz adicional sobre la verdad. Los Artículos de Fe cumplen con ese propósito esclarecedor. La Iglesia está firmemente fundada en la verdad eterna, sin embargo, puede crecer y cambiar “según [la] voluntad [del Señor], acomodando sus misericordias a las condiciones de los hijos de los hombres” (Doctrina y Convenios 46:15). En otras palabras: “Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” (Artículos de Fe 1:9).
Doctrina y Convenios 137–138 1 – 7 diciembre: “La visión de la redención de los muertos” A las revelaciones que están registradas en Doctrina y Convenios 137 y 138 las separa un período de más de ochenta años y una distancia de más de 2400 kilómetros (1500 millas). La sección 137 fue recibida por el profeta José Smith en 1836 en el Templo de Kirtland, y la sección 138 fue recibida por Joseph F. Smith, el sexto Presidente de la Iglesia, en 1918 en Salt Lake City. Pero en cuanto a doctrina, las dos visiones son muy semejantes. Ambas responden preguntas que muchas personas, incluso profetas de Dios, tienen sobre la vida después de la muerte. José Smith se preguntaba sobre el destino de su hermano Alvin, que había fallecido sin haber sido bautizado. Joseph F. Smith, que había perdido a ambos padres y a trece hijos por muertes prematuras o inesperadas, a menudo pensaba en el mundo de los espíritus y se preguntaba sobre la predicación del Evangelio allí. La sección 137 arroja algo de luz preliminar en cuanto al destino de los hijos de Dios en la vida venidera, y la sección 138 descorre aún más el velo. Juntas, ambas revelaciones testifican del “grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo” (Doctrina y Convenios 138:3).
Doctrina y Convenios 133–134 17 – 23 noviembre: “Preparaos para la venida del Esposo” En 1833, el populacho atacó y destruyó la imprenta de la Iglesia. Entre las impresiones en curso en ese momento se encontraba el Libro de Mandamientos: el primer intento de la Iglesia de compilar las revelaciones modernas de Dios en un libro. El populacho esparció las páginas sin encuadernar y, aunque hubo santos valientes que preservaron algunas de ellas, solo se tiene conocimiento de que hayan sobrevivido unas pocas copias incompletas del Libro de Mandamientos. Lo que conocemos como la sección 133 de Doctrina y Convenios estaba destinada a ser el apéndice del Libro de Mandamientos, a modo de signo de exclamación final de las revelaciones publicadas del Señor. En ella se advierte sobre el día de juicio venidero y se repite el llamado que se encuentra a lo largo de toda la revelación moderna: huir de lo mundano, simbolizado por Babilonia; edificar Sion; prepararse para la Segunda Venida; y difundir ese mensaje “a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo” (versículo 37). Aunque los planes iniciales para el Libro de Mandamientos no se cumplieron, esta revelación es un recordatorio y un testimonio de que la obra del Señor seguirá adelante, “porque desnudará su santo brazo […], y todos los extremos de la tierra verán la salvación de su Dios” (versículo 3).
Doctrina y Convenios 133–134 17 – 23 noviembre: “Preparaos para la venida del Esposo” En 1833, el populacho atacó y destruyó la imprenta de la Iglesia. Entre las impresiones en curso en ese momento se encontraba el Libro de Mandamientos: el primer intento de la Iglesia de compilar las revelaciones modernas de Dios en un libro. El populacho esparció las páginas sin encuadernar y, aunque hubo santos valientes que preservaron algunas de ellas, solo se tiene conocimiento de que hayan sobrevivido unas pocas copias incompletas del Libro de Mandamientos. Lo que conocemos como la sección 133 de Doctrina y Convenios estaba destinada a ser el apéndice del Libro de Mandamientos, a modo de signo de exclamación final de las revelaciones publicadas del Señor. En ella se advierte sobre el día de juicio venidero y se repite el llamado que se encuentra a lo largo de toda la revelación moderna: huir de lo mundano, simbolizado por Babilonia; edificar Sion; prepararse para la Segunda Venida; y difundir ese mensaje “a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo” (versículo 37). Aunque los planes iniciales para el Libro de Mandamientos no se cumplieron, esta revelación es un recordatorio y un testimonio de que la obra del Señor seguirá adelante, “porque desnudará su santo brazo […], y todos los extremos de la tierra verán la salvación de su Dios” (versículo 3).
A partir del momento en que el sacerdocio fue restaurado en 1829, los primeros Santos fueron bendecidos por el sagrado poder del Señor. Fueron bautizados, confirmados y llamados a servir mediante la autoridad del sacerdocio, de manera muy similar a como lo somos en la actualidad. Pero el tener acceso al poder del sacerdocio no es lo mismo que entenderlo completamente, y había más que Dios deseaba que Sus santos entendieran, particularmente teniendo en cuenta la restauración futura de las ordenanzas del templo. La revelación de 1832 sobre el sacerdocio, que actualmente es Doctrina y Convenios 84, amplió la visión de los santos sobre lo que es realmente el sacerdocio, y puede hacer lo mismo por nosotros en la actualidad. Después de todo, hay mucho que aprender sobre el poder divino que posee “la llave del conocimiento de Dios”, que pone de manifiesto “el poder de la divinidad” y que nos prepara para “ver la faz de Dios, sí, el Padre, y vivir” (versículos 19–22).
Menos de dos años después de que la Iglesia de Jesucristo había sido restaurada, tenía más de 2000 miembros y estaba creciendo rápidamente. En marzo de 1832, José Smith se reunió con otros líderes de la Iglesia “para analizar asuntos de la Iglesia”: la necesidad de publicar revelaciones, comprar tierras en las que congregarse y cuidar de los pobres (véase Doctrina y Convenios 78, encabezamiento de la sección). Para atender esas necesidades, el Señor llamó a una pequeña cantidad de líderes de la Iglesia a formar la Firma Unida, un grupo que uniría sus esfuerzos para “adelantar la causa” del Señor (versículo 4) en esos ámbitos. Pero incluso en tales asuntos administrativos, el Señor se centró en las cosas de la eternidad. Finalmente, el propósito de la imprenta o el almacén, como todo lo demás en el Reino de Dios, es preparar a Sus hijos para recibir “un lugar en el mundo celestial” y “las riquezas de la eternidad” (versículos 7, 18); y si esas bendiciones son difíciles de comprender ahora, en medio del ajetreo de la vida diaria, Él nos asegura: “Sed de buen ánimo, porque yo os guiaré” (versículo 18).
“¿Qué me sucederá después de que muera?”. Casi todas las personas se hacen esa pregunta de una u otra manera. Por siglos, muchas tradiciones cristianas, basándose en enseñanzas de la Biblia, han enseñado en cuanto al cielo y el infierno, en cuanto al paraíso para los justos y el tormento para los inicuos. Pero ¿puede realmente dividirse a toda la familia humana de manera tan estricta? En febrero de 1832, José Smith y Sidney Rigdon se preguntaban si había algo más que aprender sobre el tema (véase Doctrina y Convenios 76, encabezamiento de la sección).Efectivamente lo había. Mientras José y Sidney meditaban sobre esas cosas, el Señor “tocó los ojos de [su] entendimiento y fueron abiertos” (versículo 19). Ellos recibieron una revelación tan asombrosa, tan extensa y tan instructiva, que los santos la llamaron simplemente “La visión”. Esa visión abrió las ventanas de los cielos y dio a los hijos de Dios una comprensión más amplia de la eternidad. La visión reveló que el cielo es más grande, amplio e incluyente de lo que la mayoría de las personas habían supuesto previamente. Dios es más misericordioso y justo de lo que podemos comprender, y los hijos de Dios tienen un destino eterno más glorioso de lo que podemos imaginar.Véanse Santos, tomo I, págs. 150–153; “La visión”, en Revelaciones en contexto, págs. 158–164.
Desde que era joven, José Smith hizo frente a críticos, e incluso a enemigos, conforme procuraba hacer la obra de Dios. Sin embargo, debió haber sido particularmente difícil a finales de 1831, cuando Ezra Booth comenzó a oponerse públicamente a la Iglesia, ya que en ese caso el crítico era alguien que anteriormente había sido creyente. Ezra había visto a José utilizar el poder de Dios para sanar a una mujer y había sido invitado a acompañar a José en el primer reconocimiento que se hizo a la tierra de Sion en Misuri; pero había perdido la fe y, con la intención de desacreditar al Profeta, publicó una serie de cartas en un diario de Ohio. Sus esfuerzos parecían estar dando frutos, ya que “sentimientos hostiles […] habían surgido contra la Iglesia” en la región (Doctrina y Convenios 71, encabezamiento de la sección). ¿Qué debían hacer los creyentes en una situación como esa? Si bien no hay una sola respuesta correcta para toda situación, parece que a menudo —incluso en este caso de 1831— parte de la respuesta del Señor es declarar la verdad y corregir las falsedades al “proclamar [el] evangelio” (versículo 1). Es cierto que la obra del Señor siempre tendrá críticos, pero al final, “no hay arma forjada en contra de [ella] que haya de prosperar” (versículo 9). Véase “Ezra Booth e Isaac Morley”, en Revelaciones en contexto, pág. 143.
De 1828 a 1831, el profeta José Smith recibió muchas revelaciones del Señor, incluso consejos divinos para ciertas personas, instrucciones para gobernar la Iglesia, visiones de los últimos días y muchas verdades inspiradoras de la eternidad; sin embargo, muchos de los santos no las habían leído. Las revelaciones todavía no se habían publicado, y las pocas copias disponibles estaban escritas a mano en hojas sueltas que circulaban entre los miembros y que los misioneros llevaban consigo.Luego, en noviembre de 1831, José convocó un consejo de líderes de la Iglesia para intercambiar opiniones sobre la publicación de las revelaciones. Tras procurar la voluntad del Señor, esos líderes hicieron planes para publicar el Libro de Mandamientos, que fue el precursor de lo que actualmente es Doctrina y Convenios. Dentro de poco todos podrían leer por sí mismos la palabra de Dios revelada mediante un profeta viviente, siendo una prueba vívida de que “de nuevo se ha[bía]n confiado al hombre las llaves de los misterios del reino de nuestro Salvador”. Por esa y muchas otras razones, los santos entonces y ahora consideran que esas revelaciones son “de tal estima […] como las riquezas de toda la tierra” (Doctrina y Convenios 70, encabezamiento de la sección).Véase Santos, tomo I, págs. 143–146.
En el terrible calor de agosto de 1831, varios élderes viajaban de regreso a Kirtland desde la tierra de Sion en Misuri. Los viajeros estaban cansados, y las tensiones no tardaron en convertirse en riñas. Puede haber parecido que edificar Sion, una ciudad de amor, unidad y paz, iba a tomar mucho tiempo.Afortunadamente, edificar Sion —en Misuri en 1831 o en nuestro corazón, nuestras familias y nuestros barrios en la actualidad— no requiere que seamos perfectos. En vez de ello, “a vosotros os es requerido perdonar”, dijo el Señor (Doctrina y Convenios 64:10). Él requiere “el corazón y una mente bien dispuesta” (versículo 34), y requiere paciencia y diligencia, ya que Sion se edifica sobre el fundamento de “cosas pequeñas”, las cuales las logran quienes no se “cans[an] de hacer lo bueno” (versículo 33).Véase también Santos, tomo I, págs. 136–137, 139–140.
A principios de agosto de 1831, José Smith y otros élderes de la Iglesia se estaban preparando para regresar a Kirtland después de una breve visita a la “tierra de Sion” (Doctrina y Convenios 59:3). El Señor quería que predicaran el Evangelio durante su viaje (véase Doctrina y Convenios 52:10); y algunos de ellos lo hicieron con diligencia, pero otros tuvieron dudas. “Esconden el talento que les he dado”, dijo el Señor, “a causa del temor de los hombres” (Doctrina y Convenios 60:2). Muchos de nosotros sabemos cómo se sentían esos élderes. Si bien amamos el Evangelio, el temor y la duda podrían impedirnos compartirlo, pero el Señor es misericordioso. Él “conoce las flaquezas del hombre y sabe cómo socorrer[nos]” (Doctrina y Convenios 62:1). Dispersas en todas esas revelaciones dadas a los primeros misioneros, se encuentran palabras tranquilizadoras que nos pueden ayudar a superar nuestros temores y defectos: “Puedo haceros santos”. “… toda carne está en mi mano”. “…estoy siempre con los fieles”. Y “el que sea fiel y persevere, vencerá al mundo”. (Doctrina y Convenios 60:7; 61:6; 62:9; 63:47).
Cuando los élderes de la Iglesia vieron por primera vez el sitio de la ciudad de Sion —Independence, Misuri— no fue lo que ellos esperaban. Algunos pensaron que se encontrarían con una comunidad próspera e industriosa que tendría un grupo fuerte de santos. En su lugar, encontraron un asentamiento escasamente poblado que no contaba con la civilización a la que estaban acostumbrados y que estaba habitado por colonos fronterizos toscos en vez de santos. Resultó que el Señor no les estaba pidiendo que solamente fueran a Sion, sino que quería que edificaran Sion.Cuando nuestras expectativas no coinciden con la realidad, podemos recordar lo que el Señor dijo a los santos en 1831: “No podéis ver con vuestros ojos naturales el designio de vuestro Dios […], ni la gloria que seguirá después de mucha tribulación” (Doctrina y Convenios 58:3). Efectivamente, la vida está llena de tribulación, e incluso iniquidad, pero aún podemos “efectuar mucha justicia; porque el poder está en [nosotros]” (versículos 27–28).Véase también Santos, tomo I, págs. 130–136.
“Mayordomo fiel, justo y sabio”Para los miembros de la Iglesia en la década de 1830, congregar a los santos y edificar la ciudad de Sion eran labores tanto espirituales como temporales, con muchos asuntos prácticos que atender: se requería que alguien comprara tierras donde los santos pudieran establecerse; era necesario que alguien imprimiera libros y otras publicaciones; y se necesitaba que alguien administrara una tienda a fin de proveer bienes para las personas de Sion. En las revelaciones registradas en Doctrina y Convenios 51– 57, el Señor designó e instruyó a algunas personas para que se encargaran de esas tareas.Si bien las habilidades en tales cosas son necesarias en Sion, esas revelaciones también enseñan que el Señor desea que Sus santos lleguen a ser espiritualmente dignos de ser llamados el pueblo de Sion: Su pueblo. Nos llama a todos a ser un “mayordomo fiel, justo y sabio”, teniendo un corazón contrito, “permanec[iendo] firme[s]” en nuestras responsabilidades señaladas (véanse Doctrina y Convenios 51:19; 52:15; 54:2). Si podemos hacerlo, sin importar cuáles sean nuestras habilidades temporales, el Señor puede valerse de nosotros para edificar Sion.
El Salvador es nuestro “buen pastor” (Doctrina y Convenios 50:44). Él sabe que a veces las ovejas andan errantes y que el desierto tiene muchos peligros, por lo que, con amor, nos guía a la seguridad de Su doctrina. Él nos aleja de peligros tales como “espíritus que son falsos, los cuales se han esparcido por la tierra, engañando al mundo” (Doctrina y Convenios 50:2). Seguirlo a Él a menudo significa dejar de lado ideas o tradiciones incorrectas. Así fue para Leman Copley y para otras personas en Ohio. Ellos habían aceptado el Evangelio restaurado, pero aún se aferraban a algunas creencias que simplemente no eran correctas. En Doctrina y Convenios 49, el Señor declaró verdades que corrigieron las creencias anteriores de Leman sobre temas como el matrimonio y la segunda venida del Salvador; y cuando los conversos de Ohio “recibi[eron] espíritus que no pudi[eron] comprender”, el Señor les enseñó cómo discernir las verdaderas manifestaciones del Espíritu (Doctrina y Convenios 50:15). El Buen Pastor es paciente con nosotros, Sus “niños pequeños” que deben “crecer en gracia y en el conocimiento de la verdad” (Doctrina y Convenios 50:40).
Cuando Parley P. Pratt, Oliver Cowdery, Ziba Peterson y Peter Whitmer Jr. partieron de Kirtland para continuar predicando el Evangelio, dejaron a más de 100 nuevos miembros de la Iglesia que tenían bastante entusiasmo, pero poca experiencia o guía. No tenían manuales de instrucción, reuniones de capacitación de líderes ni transmisiones de la conferencia general; de hecho, ni siquiera tenían suficientes ejemplares del Libro de Mormón para compartir. Muchos de esos nuevos creyentes se habían sentido atraídos al Evangelio restaurado por la promesa de maravillosas manifestaciones del Espíritu, especialmente las descritas en el Nuevo Testamento (véase, por ejemplo, 1 Corintios 12:1–11). Sin embargo, a muchos les resultaba difícil reconocer las verdaderas manifestaciones del Espíritu. Al ver la confusión, José Smith pidió ayuda en oración. La respuesta del Señor es valiosa en la actualidad, cuando las personas a menudo niegan o hacen caso omiso de las cosas del Espíritu. Él reafirmó que las manifestaciones espirituales son reales y también aclaró lo que son: dones de un amoroso Padre Celestial, “que se dan para el beneficio de los que [l]e aman y guardan todos [Su]s mandamientos, y de los que procuran hacerlo” (Doctrina y Convenios 46:9).
La Iglesia creció rápidamente en 1830 y 1831, en particular gracias a una gran cantidad de nuevos miembros en Kirtland, Ohio. Este crecimiento fue emocionante y alentador para los santos, pero también trajo algunos desafíos. ¿Cómo se unifica un grupo de creyentes en rápida expansión? Específicamente, ¿qué haces cuando ellos traen doctrina y prácticas de sus religiones anteriores? Por ejemplo, cuando José Smith llegó a Kirtland a principios de febrero de 1831, encontró a miembros nuevos que compartían una propiedad en común con la intención genuina de imitar a los cristianos del Nuevo Testamento (véase Hechos 4:32–37). El Señor hizo algunas correcciones y aclaraciones importantes sobre ese y otros temas. Lo hizo en gran parte mediante una revelación registrada en Doctrina y Convenios 42, la cual Él llamó “mi ley, para gobernar mi iglesia” (versículo 59). En esa revelación, descubrimos verdades que son fundamentales para establecer la Iglesia del Señor en los últimos días. También descubrimos que nos queda mucho por aprender: “Si pides”, prometió el Señor, “recibirás revelación tras revelación, conocimiento sobre conocimiento” (Doctrina y Convenios 42:61).Véase también Santos, tomo I, págs. 116–121.
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