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Author: Radio Intereconomía

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PULSO GEOPOLÍTICO | CONFLICTOS GLOBALES, GEOPOLÍTICA Y PODER EN EL SIGLO XXI

El programa diario que ofrece un análisis exhaustivo y actualizado de los principales conflictos internacionales, estrategias geopolíticas y su impacto en la economía y la política global. En cada episodio, hablamos con reconocidos expertos en geopolítica, relaciones internacionales y economía global, quienes desglosan cómo los eventos mundiales influyen en la estabilidad política, económica y en la seguridad global. Desde tensiones diplomáticas hasta maniobras geoestratégicas que redefinen el poder global, Pulso Geopolítico te mantiene informado sobre las dinámicas que están moldeando el mundo actual.

Dirigido a quienes buscan comprender las fuerzas que configuran el panorama global y cómo las decisiones estratégicas en diferentes regiones impactan nuestro mundo, este programa es una herramienta clave para mantenerse al día con los cambios que afectan la estabilidad global. Con la participación de los mejores analistas y geoestrategas, Pulso Geopolítico ofrece un análisis claro y fundamentado sobre los temas más relevantes del Siglo XXI.

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Cuarenta años después del referéndum que avaló la permanencia de España en la OTAN, el debate sobre defensa reaparece con intensidad en un escenario internacional cada vez más volátil. La escalada en Oriente Medio, marcada por los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, ha situado a España en el foco por su cautela militar y su gasto en defensa, aún por debajo de los compromisos aliados. La presión externa se combina con tensiones internas, donde sectores de la izquierda cuestionan el papel del país en la Alianza en un momento de desgaste y divisiones estratégicas. En paralelo, crece la inquietud jurídica internacional. La invocación del “ataque preventivo” sin consenso reabre el debate sobre la vigencia del Derecho Internacional y del sistema de seguridad colectiva surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La erosión de estas normas plantea dudas sobre la estabilidad del orden global y sus reglas básicas.
El agua se ha consolidado como uno de los recursos más estratégicos del siglo XXI y, al mismo tiempo, como un factor creciente de tensión geopolítica. Muchas de las regiones con mayores conflictos internacionales comparten disputas vinculadas al control de ríos, presas o acuíferos. El enfrentamiento histórico entre India y Pakistán por la gestión del sistema del Indo, la pugna entre Etiopía y Egipto por el Nilo o las tensiones hidrográficas entre China e India ilustran cómo el acceso al agua se entrelaza con rivalidades políticas, territoriales y de seguridad. Situaciones similares emergen también en México, Irán o Turquía, donde la presión sobre los recursos hídricos añade un nuevo elemento de fricción. En este escenario, China se posiciona menos como actor militar que como potencia económica expuesta a la inestabilidad global. Las decisiones estratégicas adoptadas en Pekín —reflejadas en su planificación económica— condicionan su capacidad para proteger inversiones, comercio e infraestructuras en regiones conflictivas, impulsando herramientas diplomáticas, financieras y de cooperación para amortiguar los efectos de la incertidumbre internacional.
El petróleo sigue siendo una palanca central de la geopolítica mundial. Los países productores emplean los hidrocarburos como herramienta de influencia mediante cuotas de producción, precios y acuerdos energéticos que fortalecen alianzas con grandes potencias consumidoras. Organizaciones como la OPEP coordinan estrategias que pueden alterar mercados y equilibrios políticos. El crudo también condiciona conflictos: guerras, sanciones o tensiones regionales impactan directamente en la oferta y en la seguridad de las rutas marítimas. Puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz concentran gran parte del tránsito energético global. Cuando estalla una crisis en estas zonas, los mercados reaccionan rápido y suben precios.
El historiador Raúl José Martín Palma analiza en su obra Sáhara español (1958‑1976). Historia militar de la última provincia en África el complejo papel que desempeñó España en el territorio que fue su provincia número 53. Publicado por Editorial Almuzara, el libro repasa la dimensión militar, social y estratégica de una región clave en la política exterior española durante el final del franquismo. Entre 1958 y 1976, España desarrolló en el Sáhara infraestructuras, bases militares y explotaciones como los fosfatos de Bucraa, convirtiendo el territorio en un enclave de alto valor geopolítico en el Atlántico africano. Sin embargo, el equilibrio regional, las presiones internacionales y episodios como la Marcha Verde precipitaron el final de la presencia española. Para el autor, el caso del Sáhara refleja una paradoja: un despliegue militar eficaz sobre el terreno que terminó diluyéndose en un desenlace político fallido, cuyas consecuencias aún condicionan el equilibrio del Magreb. Paralelamente, el avance de la inteligencia artificial está transformando el panorama de la ciberseguridad. Los ciberdelincuentes utilizan herramientas basadas en IA para automatizar ataques, detectar vulnerabilidades en redes y lanzar intrusiones en cuestión de segundos. Esta capacidad aumenta el riesgo no solo para empresas y ciudadanos, sino también para gobiernos y Estados. En un mundo cada vez más digitalizado, la protección de infraestructuras críticas y el control de los espacios estratégicos, físicos y virtuales, se perfilan como desafíos clave para la seguridad internacional.
La competencia entre potencias y la aceleración tecnológica están redefiniendo los escenarios de seguridad global. En el ámbito geopolítico, el remoto Punto Nemo, situado en el Pacífico Sur y conocido por ser el lugar más alejado de cualquier masa continental, comienza a adquirir relevancia estratégica. Su ubicación en una zona clave del océano lo sitúa en el centro de posibles rutas marítimas alternativas que podrían ganar importancia en el comercio internacional. En este contexto, China explora nuevas vías para diversificar sus corredores comerciales y reducir la dependencia de pasos estratégicos tradicionales como el estrecho de Malaca o el canal de Panamá. La creciente presencia económica y diplomática de Pekín en estados insulares del Pacífico Sur, mediante inversiones e infraestructuras, refuerza su proyección en una región cada vez más relevante para el equilibrio geopolítico. Paralelamente, el avance de la inteligencia artificial está transformando el panorama de la ciberseguridad. Los ciberdelincuentes utilizan herramientas basadas en IA para automatizar ataques, detectar vulnerabilidades en redes y lanzar intrusiones en cuestión de segundos. Esta capacidad aumenta el riesgo no solo para empresas y ciudadanos, sino también para gobiernos y Estados. En un mundo cada vez más digitalizado, la protección de infraestructuras críticas y el control de los espacios estratégicos, físicos y virtuales, se perfilan como desafíos clave para la seguridad internacional.
La escalada del conflicto en Oriente Medio vuelve a situar a la energía en el centro del tablero geopolítico mundial. Según un análisis difundido por Coface, las tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán ya están impactando en los mercados energéticos internacionales. Cerca del 20 % del consumo mundial de petróleo transita por el estratégico Estrecho de Ormuz, un punto crítico cuya estabilidad es clave para el suministro global. La creciente incertidumbre ha impulsado el precio del petróleo Brent más de un 10 % en el inicio de la semana bursátil, reflejando el aumento de la prima de riesgo geopolítico. Aunque por ahora no se han registrado interrupciones significativas en el suministro, los analistas advierten que un conflicto prolongado podría disparar los precios del crudo hasta niveles cercanos a los registrados durante la crisis energética de 2008. En este contexto, España observa la situación con cautela. El Gobierno español ha reiterado su apuesta por la vía diplomática y el respeto al derecho internacional, al tiempo que refuerza su coordinación con socios europeos y aliados estratégicos. La estabilidad en Oriente Medio es clave para la seguridad energética europea, lo que convierte la postura española en un delicado equilibrio entre diplomacia, responsabilidad internacional y protección de sus intereses económicos y estratégicos
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), ha abierto una nueva etapa en la lucha del Estado mexicano contra el narcotráfico. El operativo, llevado a cabo por el Ejército y fuerzas federales tras un largo seguimiento de inteligencia y con apoyo informativo de Estados Unidos, terminó con la vida del capo más buscado del país tras un enfrentamiento de varias horas en el estado de Jalisco. La caída de Oseguera supone el primer gran golpe del Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum contra el crimen organizado y un intento de demostrar la capacidad del Estado para enfrentarse a los cárteles más poderosos. Durante años, el CJNG se consolidó como una de las organizaciones criminales más influyentes del mundo, con redes de narcotráfico que se extienden por decenas de países y un enorme poder económico y militar. Sin embargo, el desafío no ha terminado. La muerte de su líder ha provocado reacciones violentas del cartel, con bloqueos de carreteras, quema de vehículos y ataques contra fuerzas de seguridad en distintos puntos del país. Además, el vacío de poder dentro de la organización podría desencadenar luchas internas por el control del grupo, lo que aumentaría la inestabilidad en varias regiones. Para Sheinbaum, el mensaje es claro: iniciar una ofensiva más directa contra los grandes capos del narcotráfico. Pero la historia reciente de México demuestra que eliminar a un líder no siempre significa desmantelar el poder del cartel.
El equilibrio nuclear mundial atraviesa una nueva etapa de incertidumbre. El debilitamiento de los tratados de control de armas y el aumento de las tensiones geopolíticas están dando paso a lo que algunos analistas ya describen como una incipiente “anarquía nuclear”. En este escenario, las grandes potencias siguen concentrando la mayor parte del poder atómico: Rusia cuenta con unas 5.889 ojivas nucleares, mientras que Estados Unidos posee alrededor de 5.113, lo que mantiene a ambos países como actores dominantes del sistema de disuasión global. Durante décadas, acuerdos como SALT, INF o START ayudaron a limitar los arsenales y a establecer mecanismos de verificación que redujeron significativamente el riesgo de escalada nuclear tras los picos alcanzados durante la Guerra Fría. Sin embargo, la erosión progresiva de estos tratados y el deterioro de las relaciones entre potencias han debilitado ese marco de control, reabriendo el debate sobre una posible nueva carrera armamentística. En este contexto se presenta el anuario, que analiza el estado actual del orden internacional y los desafíos estratégicos que enfrenta. El capítulo firmado por el autor se centra precisamente en esta transformación del equilibrio nuclear. Su análisis subraya cómo el sistema tradicional de disuasión bipolar está evolucionando hacia un escenario más complejo, con nuevos actores ganando peso —especialmente China e India— y con un marco regulador cada vez más frágil. El resultado es un panorama global más inestable y difícil de gestionar.
El campo de batalla del futuro ya no se define solo por la potencia de las armas, sino por la tecnología y la capacidad industrial para producirlas en masa. La inteligencia artificial y los drones están transformando la lógica militar y abriendo una nueva etapa estratégica en la defensa europea. Cada vez más expertos coinciden en que las guerras del futuro estarán dominadas por sistemas autónomos capaces de operar en enjambre. En lugar de depender de plataformas únicas y extremadamente costosas, la ventaja podría estar en desplegar miles de drones coordinados mediante inteligencia artificial. La saturación del adversario —superar sus defensas mediante volumen y velocidad— se perfila como la nueva doctrina. En esa línea, el empresario Mouad M’Ghari, director ejecutivo de la compañía de defensa con IA Harmattan AI, sostiene que la verdadera arma estratégica no es un sistema concreto, sino la capacidad de producir y desplegar plataformas autónomas a gran escala. En otras palabras, la fábrica podría convertirse en el elemento decisivo de la guerra tecnológica. Mientras ese debate se desarrolla, el presente sigue marcado por conflictos más tradicionales. La reciente escalada entre Pakistán y Afganistán ha reavivado la tensión en la frontera común. Islamabad justifica sus bombardeos por la presencia en territorio afgano del grupo insurgente Tehrik-e-Taliban Pakistan, al que responsabiliza de numerosos atentados dentro de su país. La crisis evidencia un doble escenario: mientras las potencias preparan guerras dominadas por inteligencia artificial, muchos conflictos actuales siguen alimentándose de viejas rivalidades fronterizas y de la inestabilidad regional. Entre fábricas de drones y disputas territoriales, el mundo se adentra en una nueva era de la guerra.
La escalada entre EEUU e Irán abre un ciclo de alta volatilidad estratégica en Oriente Próximo. Las causas combinan rivalidad estructural, disputa por la influencia regional y un cálculo político interno marcado por la presión sobre Teherán tras la muerte de Ali Jamenei. Washington busca restaurar la disuasión; Teherán, evitar una guerra abierta sin renunciar a su red de aliados y milicias. El riesgo es una “vietnamización” del conflicto —en alusión a Vietnam— con una guerra prolongada de desgaste indirecto, ataques limitados y uso intensivo de actores interpuestos. A corto plazo, el escenario más probable es la contención inestable: golpes selectivos, ciberataques y presión naval. La escalada mayor o la regionalización dependerán del grado de implicación de Israel y su coordinación con Washington tras el primer ataque. Las operaciones terrestres masivas parecen improbables por su alto coste político y militar; prevalecería la guerra híbrida. Sin embargo, Irán conserva capacidad de respuesta asimétrica contra bases y aliados estadounidenses en la región, elevando el riesgo para el Golfo y el tráfico energético. Las salidas diplomáticas pasan por mediación indirecta o una solución forzada que reconfigure el liderazgo iraní. El impacto global ya se siente: tensión en los mercados, volatilidad del petróleo y reajuste del equilibrio geopolítico.
La Comunitat Valenciana ha irrumpido con fuerza en el tablero industrial con el nacimiento casi simultáneo de dos clústeres de defensa —Apolo y el Hub de Defensa— que abren un nuevo escenario para la industria regional y nacional en plena apuesta europea por la autonomía estratégica y el rearme tecnológico. El momento no es casual: Bruselas impulsa el refuerzo de capacidades propias y España busca consolidar una base industrial más sólida y competitiva. Apolo nace con un enfoque empresarial y tecnológico, orientado a proyectos de alto valor añadido y a la captación de programas nacionales y europeos de I+D. El Hub, promovido por asociaciones empresariales, apuesta por una estructura más amplia e integradora, capaz de movilizar a pymes, startups y grandes compañías en torno a proyectos tractores. La diferencia radica en el modelo de gobernanza y en el alcance, pero ambos comparten el objetivo de fortalecer la cadena de suministro y aumentar la competitividad. Las sinergias pueden ser determinantes: especialización, masa crítica y cooperación público-privada. El impacto potencial incluye más inversión en tecnologías duales, empleo cualificado y diversificación industrial. Si logran coordinar estrategias, la Comunitat Valenciana podría consolidarse como un polo clave en la nueva arquitectura industrial de defensa europea.
Cuatro años después de la invasión rusa, la guerra en Ucrania se ha convertido en un conflicto de desgaste que recuerda a las trincheras del siglo XX, aunque dominado ahora por drones y tecnología de precisión. Rusia mantiene la presión en el este mientras intenta quebrar la infraestructura energética ucraniana, pero sin lograr un avance decisivo. Kiev resiste apoyada por la Unión Europea y Estados Unidos, en una guerra que ha redefinido la seguridad continental y tensionado el tablero geopolítico global. El frente permanece prácticamente congelado y las perspectivas de negociación son remotas. En paralelo, México enfrenta su propio pulso interno. El Cártel Jalisco Nueva Generación desafía abiertamente al Estado en lo que supone la primera gran ofensiva de la presidenta Claudia Sheinbaum contra el narcotráfico. Con apoyo logístico y de inteligencia de Washington, el Gobierno busca debilitar la estructura financiera y operativa del grupo liderado por Nemesio Oseguera Cervantes. La respuesta violenta del cártel evidencia la magnitud del desafío: bloqueos, ataques coordinados y una pugna por el control territorial que pone a prueba la capacidad del nuevo Ejecutivo para imponer autoridad y reducir la violencia estructural que golpea al país.
La creciente tensión en el Atlántico ha devuelto a Canarias al centro del debate estratégico. Su ubicación, a medio camino entre Europa, África y América, convierte al archipiélago en una plataforma esencial para el control de rutas marítimas, la vigilancia aérea y la gestión de flujos migratorios. En las últimas semanas, el Partido Popular ha advertido de un aumento de riesgos en el entorno regional y ha reclamado una reacción más firme del Estado ante la presencia de actores internacionales en aguas próximas. La respuesta pasa por reforzar capacidades. La prevista incorporación de nuevos cazas y sistemas de radar en islas como Lanzarote busca consolidar el escudo aéreo del archipiélago en un contexto global más incierto. No es un debate nuevo: la historia recuerda que su valor estratégico ya fue objeto de planes de ocupación a finales del siglo XIX, prueba de su peso en el equilibrio atlántico. En paralelo, Australia también redefine su papel regional con una inversión multimillonaria en puertos e infraestructuras vinculadas a AUKUS y un aumento sostenido del gasto en defensa. Dos escenarios distintos, pero una misma lógica: asegurar posiciones clave en un tablero internacional cada vez más competitivo.
La inteligencia artificial ha dejado de ser una hipótesis futurista en el ámbito de la ciberseguridad. Hoy está plenamente integrada en la ejecución de ataques, optimizando desde la identificación de vulnerabilidades hasta la automatización de intrusiones y campañas masivas de fraude. El salto es cualitativo: la IA no solo acelera los procesos, sino que perfecciona la suplantación de identidad, mejora la ingeniería social y adapta el malware en tiempo real, multiplicando su eficacia y dificultando su detección. Los sectores más golpeados son estratégicos. La industria —especialmente manufactura, alimentación y logística— se ha convertido en objetivo prioritario por su papel en la cadena de suministro y su alto grado de digitalización. Un ataque exitoso puede paralizar fábricas, bloquear distribuciones o generar desabastecimiento. La Administración Pública también figura entre los blancos principales por el volumen de datos sensibles que gestiona y por su relevancia institucional. En un contexto geopolítico marcado por la competencia tecnológica, la IA tiene un carácter dual: impulsa la innovación y la productividad, pero también amplifica riesgos en seguridad y defensa. La frontera entre desarrollo y amenaza es cada vez más difusa, lo que obliga a reforzar la resiliencia digital y la cooperación internacional ante una ofensiva que ya está en marcha.
España ha aprobado su primera Estrategia Nacional contra la Proliferación de Armas de Destrucción Masiva, un documento que refuerza la prevención frente a amenazas nucleares, químicas y biológicas en un contexto internacional cada vez más inestable. La hoja de ruta implica mayor coordinación entre ministerios, refuerzo de los controles a materiales sensibles y más capacidad de inteligencia ante actores estatales y no estatales. Entre las principales amenazas figuran el riesgo de terrorismo con componentes químicos, la modernización de arsenales y la erosión de los regímenes de no proliferación. La estrategia subraya la cooperación con la OTAN y la Unión Europea, claves para el intercambio de información y la respuesta conjunta ante crisis híbridas. También prevé adaptarse a tecnologías emergentes, como la biotecnología o la ciberseguridad aplicada a instalaciones críticas. En paralelo, la seguridad continental mira al este, al llamado Corredor de Suwalki, una franja entre Polonia y Lituania que conecta los países bálticos con el resto de Europa. Flanqueado por Rusia —a través de Kaliningrado— y Bielorrusia, es considerado el posible talón de Aquiles europeo. Su vulnerabilidad ilustra que la disuasión y la coordinación aliada serán decisivas para que la nueva estrategia española sea eficaz en un entorno de creciente rivalidad geopolítica.
Irán atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, atrapado entre el desgaste interno y la presión internacional. La economía continúa asfixiada por sanciones, alta inflación y una moneda debilitada, factores que han erosionado el poder adquisitivo de millones de ciudadanos. En ciudades como Teherán, el malestar social se traduce en protestas intermitentes, huelgas y un clima de creciente desconfianza hacia las autoridades. El liderazgo político mantiene un férreo control institucional, pero enfrenta un desafío generacional: una población joven, más conectada y menos dispuesta a aceptar restricciones sociales y económicas. La respuesta oficial ha combinado promesas de estabilidad con medidas de seguridad más estrictas, lo que a corto plazo contiene la presión, pero no resuelve sus causas estructurales. En el plano externo, la relación con Estados Unidos y Europa sigue marcada por la cuestión nuclear y la rivalidad estratégica en Oriente Medio. Cualquier avance o ruptura en ese frente influirá decisivamente en el futuro económico iraní. A medio plazo, el país oscila entre tres escenarios: continuidad con mayor aislamiento, reformas graduales para aliviar tensiones o una escalada regional que agrave la crisis. El rumbo dependerá de la capacidad del sistema para adaptarse sin fracturarse.
Burkina Faso se ha consolidado como epicentro del terrorismo en el Sahel. La ofensiva de grupos como JNIM y el Estado Islámico en el Sahel ha erosionado el control estatal, multiplicado los desplazamientos y situado al país entre los más castigados por la violencia en 2023 y 2024. Lejos de contenerse, la amenaza se desplaza hacia el sur siguiendo rutas de tráfico y aprovechando fronteras frágiles, lo que incrementa la presión sobre Benín, Togo, Costa de Marfil y Ghana, donde crecen las alertas por infiltraciones y ataques esporádicos. En paralelo, el alto el fuego en Gaza y el Plan de Paz de 2025 han abierto una etapa incierta. Hamás reivindica su papel en la resistencia mientras calibra concesiones tácticas, consciente del desgaste social. La Autoridad Nacional Palestina, por su parte, aspira a recuperar protagonismo institucional y apoyo internacional. Entre la reconstrucción y la pugna por el liderazgo, el frente palestino refleja divisiones estratégicas que condicionarán la viabilidad de cualquier acuerdo duradero.
La economía ha dejado de ser un espacio técnico y neutral para convertirse en el epicentro del poder global. La fragmentación entre bloques, la carrera por la inteligencia artificial y el uso estratégico de aranceles y sanciones dibujan un escenario donde la pregunta ya no es solo cuánto crecerán las economías, sino quién las gobierna realmente. En este contexto, conversamos con Luis Garvía, director del Máster de Riesgo Financiero de Icade, para analizar si vivimos una desaceleración coyuntural o un cambio estructural del orden geoeconómico. El desacople entre grandes potencias, especialmente entre Estados Unidos y China, comienza a reflejarse en primas de riesgo, volatilidad cambiaria y tensiones en la deuda soberana, mientras los indicadores financieros se convierten en termómetros de una rivalidad cada vez más sistémica. Europa, atrapada entre su vocación regulatoria y la necesidad de competir, afronta el desafío de no quedar rezagada en la disputa tecnológica. La inteligencia artificial y los semiconductores se perfilan como el nuevo petróleo del siglo XXI, desplazando el eje del poder hacia los datos, la capacidad computacional y el talento. En el fondo, el debate sobre fiscalidad tecnológica revela una pugna mayor: la soberanía económica frente al poder creciente de las grandes plataformas globales.
La propuesta de gravar a las empresas que sustituyan trabajo humano por inteligencia artificial ha abierto un debate que va más allá de la coyuntura política y se sitúa en el centro del futuro del trabajo y la democracia. La cuestión clave, según el invitado, es técnica y tributaria: cómo diseñar un impuesto que compense la pérdida de cotizaciones e ingresos fiscales cuando un algoritmo reemplaza a un trabajador. El desafío radica en definir el hecho imponible —la sustitución efectiva de empleo— y encajarlo en el marco jurídico vigente, ya sea a través del Impuesto sobre Sociedades o de las cotizaciones empresariales. Probar la relación entre inversión en IA y destrucción de empleo plantea importantes dificultades legales. En el ámbito internacional, la Unión Europea ha impulsado impuestos digitales, evidenciando tanto la preocupación por la erosión fiscal como los límites de la acción estatal frente a grandes tecnológicas. En última instancia, el debate pone en juego la soberanía fiscal y el equilibrio democrático.
Las recientes elecciones en Portugal han vuelto a situar al país en el centro del debate estratégico europeo. En un contexto de fragmentación política y desgaste institucional, Lisboa enfrenta un dilema que trasciende lo doméstico: cómo posicionarse en una Unión Europea tensionada por la guerra en su vecindad, la presión migratoria y la competencia entre potencias. El giro electoral refleja una ciudadanía preocupada por el coste de la vida y la estabilidad, pero también por el papel internacional del país, históricamente volcado al Atlántico y hoy obligado a mirar con mayor atención al sur. La coincidencia con los comicios en Japón subraya un fenómeno más amplio: democracias avanzadas que reevalúan su inserción en un orden global incierto. Para Lisboa, miembro comprometido de la Unión Europea y de la OTAN, la cuestión energética y las rutas marítimas son ya prioridades estratégicas. Ese debate conecta con la creciente centralidad del Mar Mediterráneo como espacio de conflicto estructural. Del antiguo mar colonial se ha pasado a un mar securitizado, donde confluyen disputas por el gas, control de fronteras y rivalidades navales. Las tensiones entre Grecia y Turquía por delimitaciones marítimas, el activismo de Estados Unidos para contener la influencia de China y Ankara, y la presión migratoria desde el Sahel configuran un tablero volátil. Europa observa cómo el llamado “sur global” llama a su puerta mientras se redefine la seguridad energética y alimentaria. ¿Sigue siendo el Mediterráneo el “mare nostrum” de alguien? Más que un lago propio, hoy es un cruce de intereses donde potencias regionales y globales ensayan su pulso. Para Portugal, aunque geográficamente atlántico, la estabilidad de ese espacio resulta inseparable de su propio futuro político y económico.
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Comments (1)

IVAN SANCHEZ

y los 40 primeros minutos???

Jan 20th
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