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Author: Radio Intereconomía

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PULSO GEOPOLÍTICO | CONFLICTOS GLOBALES, GEOPOLÍTICA Y PODER EN EL SIGLO XXI

El programa diario que ofrece un análisis exhaustivo y actualizado de los principales conflictos internacionales, estrategias geopolíticas y su impacto en la economía y la política global. En cada episodio, hablamos con reconocidos expertos en geopolítica, relaciones internacionales y economía global, quienes desglosan cómo los eventos mundiales influyen en la estabilidad política, económica y en la seguridad global. Desde tensiones diplomáticas hasta maniobras geoestratégicas que redefinen el poder global, Pulso Geopolítico te mantiene informado sobre las dinámicas que están moldeando el mundo actual.

Dirigido a quienes buscan comprender las fuerzas que configuran el panorama global y cómo las decisiones estratégicas en diferentes regiones impactan nuestro mundo, este programa es una herramienta clave para mantenerse al día con los cambios que afectan la estabilidad global. Con la participación de los mejores analistas y geoestrategas, Pulso Geopolítico ofrece un análisis claro y fundamentado sobre los temas más relevantes del Siglo XXI.

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Europa afronta uno de los mayores desafíos de su historia reciente: recuperar el liderazgo tecnológico en un contexto marcado por el avance acelerado de la inteligencia artificial. Mientras Estados Unidos y China dominan el desarrollo de grandes plataformas digitales y concentran la mayor parte de la inversión en IA, la Unión Europea avanza con más cautela y menor capacidad de escala. Uno de los principales obstáculos es el entorno regulatorio. La apuesta europea por una inteligencia artificial ética y centrada en las personas se ha traducido en un marco normativo ambicioso, pero complejo, que a menudo genera incertidumbre para empresas y emprendedores. El equilibrio entre regulación y competitividad sigue siendo una asignatura pendiente. A ello se suma la fragmentación del mercado europeo. La falta de grandes polos tecnológicos integrados limita la aparición de empresas capaces de competir a nivel global. Frente a los ecosistemas consolidados de Silicon Valley o Shenzhen, Europa necesita reforzar clústeres de innovación y promover una colaboración más eficaz entre el sector público, la industria y el mundo académico. El reto también es cultural y educativo. Fomentar el espíritu emprendedor, atraer talento internacional y asumir mayores niveles de riesgo resulta clave para no quedar rezagados. Sin una estrategia coordinada y una inversión sostenida, Europa corre el riesgo de ser solo regulador de la IA, y no protagonista de su desarrollo.
Mientras la Unión Europea debate cómo ganar competitividad en un mundo cada vez más hostil, reaparece un viejo dilema que amenaza su cohesión interna: la Europa a dos velocidades. Paralelamente, al sur del Mediterráneo, el Magreb entra en una fase de militarización acelerada marcada por el liderazgo estratégico de Argelia y la respuesta armamentística de Marruecos. Dos dinámicas distintas, pero conectadas por un mismo trasfondo: la tensión entre eficacia, poder y estabilidad regional. La iniciativa impulsada por Alemania y Francia para crear un formato reducido de cooperación entre las principales economías europeas busca sortear la parálisis decisoria de los Veintisiete. El objetivo declarado es claro: acelerar reformas clave, reforzar la competitividad industrial y posicionar a la UE frente a Estados Unidos y China. Sin embargo, esta arquitectura flexible revive el fantasma de una integración asimétrica, donde un “núcleo duro” avanza mientras otros Estados quedan relegados a un papel secundario. El riesgo no es solo institucional, sino político. Una Europa que se mueve a distintas velocidades puede profundizar las brechas entre norte y sur, este y oeste, alimentando la percepción de exclusión y debilitando el principio de solidaridad que ha sostenido el proyecto europeo desde sus orígenes. La pregunta de fondo es si la eficiencia puede lograrse sin erosionar la legitimidad y unidad del bloque. De no resolverse este equilibrio, la solución pragmática podría transformarse en una fractura estructural. Al mismo tiempo, el sur del Mediterráneo ofrece una imagen distinta pero igualmente inquietante. Argelia se consolida como la principal potencia militar del Magreb, respaldada por un elevado gasto en defensa, un numeroso ejército y una doctrina estratégica centrada en la disuasión regional. Esta superioridad ha tenido un efecto directo: Marruecos ha intensificado su propio rearme, apostando por la modernización tecnológica, la cooperación militar con socios occidentales y una mayor proyección estratégica. Esta carrera armamentística no puede entenderse sin el trasfondo del conflicto del Sáhara Occidental y la rivalidad histórica entre ambos países. Argelia busca preservar su influencia regional y su rol de actor central en el norte de África, mientras Marruecos aspira a consolidarse como potencia emergente y socio estratégico de Europa y Estados Unidos. El resultado es un equilibrio cada vez más frágil, donde el aumento de capacidades militares eleva los costes de cualquier error de cálculo. Las implicaciones trascienden el ámbito regional. Una mayor militarización del Magreb afecta directamente a la seguridad del Mediterráneo occidental, al Sahel y, por extensión, a Europa. En ambos casos —la UE y el Magreb— emerge una constante: el dilema entre avanzar más rápido o avanzar juntos. Europa se arriesga a fragmentarse en nombre de la eficacia; el Magreb, a desestabilizarse en nombre de la disuasión. En un contexto internacional marcado por la competencia estratégica y la erosión del multilateralismo, estas decisiones definirán no solo el equilibrio de poder regional, sino también la capacidad de Europa y sus vecinos para gestionar conflictos sin sacrificar cohesión ni estabilidad.
La purga en el Ejército Popular de Liberación (EPL) chino marca un momento clave en la consolidación del poder de Xi Jinping. La investigación contra el general Zhang Youxia, uno de los oficiales de mayor jerarquía y peso político, va más allá de la retórica anticorrupción promovida por Pekín. Para numerosos analistas, se trata de una maniobra destinada a asegurar una lealtad absoluta dentro de las Fuerzas Armadas, en un contexto de modernización militar acelerada y creciente confrontación estratégica con Occidente. La depuración interna plantea interrogantes inquietantes: ¿busca China reforzar su capacidad operativa ante escenarios sensibles como Taiwán o expandir su influencia en regiones como América Latina, o se trata de una estrategia preventiva de Xi para neutralizar cualquier foco de disidencia interna? En paralelo, Oriente Medio atraviesa un profundo proceso de reconfiguración. El rediseño de alianzas, los conflictos persistentes y la intervención de potencias externas están transformando el equilibrio regional, en un tablero cada vez más volátil y decisivo para el orden internacional.
La geopolítica internacional atraviesa un momento de alta tensión e incertidumbre, en el que la disuasión militar y el rearme estratégico vuelven a ocupar un lugar central. Dos escenarios aparentemente distantes —Irán y Polonia— reflejan con claridad esta dinámica y evidencian cómo el equilibrio de poder global se está redefiniendo desde Oriente Medio hasta el corazón de Europa. Irán se encuentra hoy en una encrucijada crítica. La región vive una tensa calma sostenida por un frágil equilibrio entre contención y amenaza. Estados Unidos y sus aliados han reforzado su postura militar en Oriente Medio, incrementando su capacidad disuasoria sin dar, por el momento, el paso hacia una intervención directa. Esta estrategia responde a un cálculo delicado: cualquier acción militar podría afectar de forma significativa a las capacidades iraníes, especialmente en ámbitos sensibles como el nuclear y el misilístico, pero al mismo tiempo entraña el riesgo de una escalada regional difícil de controlar. El temor principal radica en que un conflicto abierto no se limitaría a un enfrentamiento bilateral. La posible implicación de actores aliados de Teherán, la expansión del conflicto a otros escenarios regionales y el impacto sobre rutas energéticas clave convierten cualquier decisión en una apuesta de alto riesgo. En este contexto, la disuasión se mantiene como el principal instrumento, aunque su eficacia depende de un equilibrio extremadamente inestable, donde un error de cálculo, una provocación o un incidente fortuito podrían desencadenar consecuencias que irían mucho más allá de las fronteras iraníes, afectando tanto a la estabilidad de Oriente Medio como a la economía global. Mientras tanto, en Europa se consolida una transformación estratégica de gran calado. Polonia ha emergido como el país con mayor esfuerzo en gasto de defensa dentro de la Unión Europea, posicionándose como uno de los principales actores militares del continente. Este liderazgo responde, en parte, a una reacción directa ante la invasión rusa de Ucrania y a la percepción de amenaza persistente en el flanco oriental de la OTAN. Sin embargo, la magnitud y continuidad de esta inversión sugieren una ambición más profunda: Varsovia no solo busca protegerse, sino también redefinir su papel dentro del orden europeo y euroatlántico. El protagonismo polaco plantea interrogantes clave para el futuro de la seguridad europea. Por un lado, refuerza las capacidades defensivas del bloque y desplaza el centro de gravedad estratégico hacia Europa Central y Oriental. Por otro, reabre el debate sobre la autonomía estratégica europea y el equilibrio interno entre Estados miembros, al tiempo que consolida la relación transatlántica y el papel central de la OTAN como garante último de la seguridad del continente. A nivel regional, Polonia se perfila como un referente político y militar, influyendo de manera creciente en las decisiones de sus vecinos y en la arquitectura de seguridad del este europeo. Tanto Irán como Polonia ilustran una misma tendencia global: el retorno del poder duro como eje central de la política internacional. La contención en Oriente Medio y el rearme en Europa no son fenómenos aislados, sino expresiones de un orden internacional en transición, marcado por la competencia estratégica y la erosión de los mecanismos tradicionales de estabilidad. En este escenario, la gestión de las tensiones será determinante, ya que las decisiones adoptadas —o evitadas— hoy definirán la seguridad regional y global en un mundo donde el margen para el error estratégico es cada vez más estrecho.
La relación entre la Unión Europea y la India ha evolucionado de manera notable en la última década. Lo que durante años fue un vínculo eminentemente comercial se ha convertido en una asociación estratégica con claras implicaciones geopolíticas. Ambas partes comparten intereses convergentes en un mundo cada vez más fragmentado, marcado por la rivalidad entre grandes potencias y la necesidad de diversificar socios económicos y tecnológicos. En el plano económico, la UE y la India representan dos de los mayores mercados del planeta, con economías complementarias. Europa aporta capital, tecnología e inversión industrial, mientras que la India ofrece un enorme mercado interno, crecimiento sostenido y una posición clave en las cadenas globales de suministro. El impulso dado a las negociaciones comerciales y a la cooperación en sectores como la digitalización, la energía verde, la movilidad y la innovación tecnológica refleja la voluntad de ambas partes de reducir dependencias estratégicas, especialmente frente a China. Sin embargo, el alcance de esta relación va más allá del comercio. La cooperación en infraestructuras, conectividad y seguridad marítima señala un cambio de escala. Proyectos como los corredores económicos entre Asia y Europa buscan redefinir las rutas del comercio global, conectando el Indo-Pacífico con el continente europeo sin pasar exclusivamente por los cuellos de botella tradicionales. Para Bruselas, India se consolida como un socio clave en su estrategia hacia Asia; para Nueva Delhi, Europa representa un contrapeso diplomático y económico en un entorno internacional cada vez más polarizado.
La relación entre la Unión Europea y la India ha evolucionado de manera notable en la última década. Lo que durante años fue un vínculo eminentemente comercial se ha convertido en una asociación estratégica con claras implicaciones geopolíticas. Ambas partes comparten intereses convergentes en un mundo cada vez más fragmentado, marcado por la rivalidad entre grandes potencias y la necesidad de diversificar socios económicos y tecnológicos. El refuerzo de la presión militar rusa sobre Ucrania contrasta con el progresivo debilitamiento de su política exterior. Moscú enfrenta crecientes dificultades para sostener su influencia global, incluso entre socios tradicionales. El bloque BRICS muestra hoy intereses fragmentados y una menor disposición a respaldar abiertamente a Rusia, mientras que alianzas clave en Medio Oriente, como Irán y Siria, se redefinen bajo lógicas más pragmáticas y menos dependientes del Kremlin. La guerra en Ucrania ha obligado a Rusia a concentrar recursos y capital diplomático, reduciendo su margen de maniobra internacional y profundizando su aislamiento. Esta dinámica evidencia un orden global cada vez más tensionado, donde la cooperación multilateral pierde peso frente a estrategias nacionales más agresivas. Ese mismo quiebre del multilateralismo se refleja en un ámbito emergente: la minería en aguas profundas. De acuerdo con informes del IEEE, el avance tecnológico ha convertido el fondo marino en una nueva frontera estratégica por sus minerales críticos. Sin embargo, los mecanismos internacionales para regular esta actividad se muestran frágiles y cuestionados, ante la presión de Estados y empresas por acelerar la explotación. La combinación de rivalidad geopolítica y vacíos normativos anticipa un escenario de creciente competencia por recursos clave, con riesgos ambientales y políticos aún poco definidos. Tanto en el plano militar como en el económico, el debilitamiento de las reglas comunes marca una tendencia clara: un mundo más fragmentado y menos dispuesto a resolver sus disputas de manera colectiva.
En el actual panorama de seguridad latinoamericano, la criminalidad organizada se consolida como una de las principales amenazas a la estabilidad estatal. Las recientes advertencias de Donald Trump, quien ha llegado a plantear una eventual intervención en México bajo el argumento de que los cárteles dominan amplios sectores del Estado, devuelven centralidad a un enfoque de seguridad nacional. Según la Organización de Estados Americanos, los esfuerzos regionales desplegados hasta el momento no han logrado contener de manera eficaz la violencia asociada al crimen organizado. Esto evidencia los límites de las estrategias tradicionales centradas exclusivamente en la prevención y represión del delito y refuerza la necesidad de un abordaje integral, multicausal y propio de la seguridad ciudadana. Este debate se inscribe, además, en un contexto global más amplio. El incremento del gasto en defensa, la disputa por la energía, la reindustrialización y la creciente rivalidad geopolítica alimentan la pregunta de si el mundo ya transita una economía de guerra latente. Los paralelismos con los períodos previos a las dos guerras mundiales no son exactos, pero sí inquietantes.
Guatemala enfrenta una renovada lucha interna contra la violencia de pandillas y organizaciones criminales, reflejada en la reciente decisión del Ejecutivo de decretar un estado de sitio por 30 días. El gobierno sostiene que la medida no afectará la vida cotidiana ni el funcionamiento institucional, aunque sí endurece el marco legal para recuperar territorios y entidades capturadas por el crimen. Entre los pros se destaca la capacidad de reacción inmediata del Estado; entre los contras, el riesgo de abusos y la normalización de medidas excepcionales. La comparación con El Salvador es inevitable: el modelo de mano dura del presidente Nayib Bukele ha reducido drásticamente los homicidios, pero a costa de cuestionamientos sobre derechos humanos y concentración de poder. En paralelo, el repliegue militar de Estados Unidos en Europa reabre el debate sobre la disuasión continental. La reducción de presencia estadounidense obliga a los países europeos a reforzar su autonomía estratégica, en un contexto de crecientes tensiones geopolíticas y amenazas híbridas que ponen a prueba la seguridad regional.
Groenlandia se ha convertido en uno de los puntos más sensibles del tablero geopolítico mundial. El renovado interés de Donald Trump por la isla ártica —territorio autónomo bajo soberanía danesa— ha tensado las relaciones entre Estados Unidos y Europa, reabriendo un debate que parecía cerrado. Más allá de la retórica provocadora, el fondo del conflicto es estratégico: el deshielo acelera la apertura de nuevas rutas marítimas y facilita el acceso a recursos clave como tierras raras, petróleo y gas. La OTAN y la Unión Europea han reaccionado con cautela, respaldando a Dinamarca y reforzando su presencia en el Ártico para evitar una escalada directa. Sin embargo, el movimiento estadounidense se produce en un contexto de creciente presión de Rusia y China, que buscan consolidar su influencia en la región. Este pulso refleja una tendencia más amplia: el mundo parece alejarse de la estabilidad y acercarse a una paz armada, donde la rivalidad entre potencias se intensifica sin llegar, por ahora, a una guerra abierta, pero con riesgos cada vez mayores a corto y medio plazo.
Se cumple un año desde la toma de posesión de Donald Trump y su regreso a la Casa Blanca sigue redefiniendo el panorama político de Estados Unidos. En estos doce meses, el presidente ha desplegado una agenda marcada por el nacionalismo económico, el endurecimiento de la política migratoria y una retórica directa que ha intensificado la polarización social e institucional. Sus decisiones han tenido impacto tanto en la política interna como en la proyección internacional del país, reabriendo debates sobre el papel de Estados Unidos en el mundo. Un análisis de este primer año de mandato que lo hacemos de la mano de José Antonio Gurpegui, director del Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá, especialista en Estados Unidos.
Las monarquías del Golfo han acelerado su desembarco económico en África como parte de una estrategia calculada para ampliar su influencia global. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar invierten masivamente en puertos, agricultura, energía y minería, buscando garantizar seguridad alimentaria, controlar rutas comerciales estratégicas y ganar peso político frente a potencias tradicionales. Aunque estas inversiones aportan capital e infraestructuras muy necesarias, también generan interrogantes sobre soberanía, sostenibilidad ambiental y una posible nueva dependencia externa que limita el desarrollo autónomo del continente. En paralelo, Sudáfrica reafirma su condición de potencia regional en el África austral, combinando liderazgo económico y diplomático con una marcada ambigüedad geopolítica. Pretoria navega entre sus vínculos históricos con Occidente y su creciente alineamiento con China y Rusia, especialmente a través de los BRICS. En el emergente orden multipolar, Sudáfrica aspira a representar al Sur Global, aunque sus tensiones internas y posturas ambiguas reducen su capacidad de liderazgo continental efectivo.
El sur de Yemen vuelve a situarse en el centro de la inestabilidad regional. La campaña militar en curso, protagonizada por fuerzas locales con el respaldo indirecto de potencias como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, evidencia las fracturas internas de la coalición que interviene en el país. Más allá del terreno yemení, el conflicto tiene implicaciones directas para la seguridad del Golfo, una región estratégica para el comercio energético mundial. La falta de una estrategia común entre los actores regionales amenaza con prolongar una guerra que ya ha generado una de las peores crisis humanitarias del planeta. En paralelo, en Asia Oriental, Japón y Corea del Sur han dado un paso significativo al firmar nuevos acuerdos de cooperación. El acercamiento entre ambos países refuerza la coordinación en seguridad, economía y tecnología, y envía un mensaje de estabilidad en un contexto marcado por la rivalidad con China y la amenaza norcoreana. La alianza puede redefinir el equilibrio regional.
La política de vecindad de India en Asia meridional atraviesa un momento crítico. Diseñada para reforzar su liderazgo regional y contener la influencia china, esta estrategia ha generado resultados desiguales. Las tensiones diplomáticas con países como Nepal, Bangladesh o Sri Lanka evidencian los límites de una política exterior centrada más en la contención que en la cooperación efectiva. La falta de integración regional y la desconfianza de sus vecinos debilitan la posición de Nueva Delhi en un entorno geopolítico cada vez más competitivo. En paralelo, los conflictos armados están siendo transformados por una nueva innovación tecnológica: los drones terrestres. Su uso intensivo en la guerra de Ucrania marca un punto de inflexión en el campo de batalla. Estos sistemas no tripulados permiten transportar suministros, evacuar heridos y realizar misiones de combate con menor riesgo humano. Al igual que los drones aéreos, los vehículos terrestres anuncian una revolución militar que redefinirá las estrategias bélicas del siglo XXI.
De cara a 2035, China se proyecta como una potencia global consolidada, pero no exenta de incertidumbres. El liderazgo de Xi Jinping ha reforzado una estructura de poder altamente centralizada, donde el Partido Comunista y el Ejército Popular de Liberación actúan como pilares inseparables del régimen. Esta concentración ha permitido acelerar la modernización militar y la ambición estratégica del país, aunque también plantea interrogantes sobre la sucesión política y la capacidad del sistema para adaptarse a crisis internas o externas en la era pos-Xi. Paralelamente, el orden internacional evoluciona hacia una multipolaridad más compleja, en la que los llamados swing states adquieren un papel decisivo. Países como India, Turquía, Brasil o Indonesia evitan alineamientos rígidos y aprovechan la rivalidad entre grandes potencias para maximizar su autonomía estratégica. Estos actores intermedios no solo reflejan la fragmentación del poder global, sino que contribuyen activamente a redefinir equilibrios regionales, demostrando que la influencia internacional ya no depende únicamente de las grandes superpotencias.
En mayo de 2025, el enfrentamiento militar entre India y Pakistán volvió a encender las alarmas internacionales. El choque, limitado pero intenso, evidenció una vez más la fragilidad de la estabilidad en el sur de Asia, una región marcada por disputas históricas, especialmente en Cachemira. Que ambas naciones sean potencias nucleares otorga a cada escalada un potencial desestabilizador global, obligando a la comunidad internacional a redoblar esfuerzos diplomáticos para evitar una deriva mayor con consecuencias geopolíticas de largo alcance. Mientras tanto, en Oriente Próximo, Irán atraviesa uno de sus momentos más delicados. Las protestas y huelgas se han extendido pese a la represión, alimentadas por una profunda crisis económica y el desgaste del régimen de los ayatolás. La pérdida de aliados regionales clave y el temor a una combinación de movilización interna e intervención externa plantean una pregunta central: ¿podría estar en riesgo la supervivencia de la República Islámica? El escenario sigue abierto y cargado de incertidumbre.
Europa observa con creciente inquietud la evolución de la estrategia rusa. Lejos de un ataque militar frontal, Vladímir Putin parece inclinarse por una ofensiva indirecta y calculada, orientada a desestabilizar antes que conquistar. Aunque el corredor de Suwalki continúa siendo un punto vulnerable en el flanco oriental de la OTAN, un ataque abierto supondría un alto coste político y militar para Moscú. Por ello, los analistas apuntan a escenarios alternativos: provocaciones limitadas en los países bálticos, presión sobre territorios periféricos o acciones encubiertas diseñadas para poner a prueba la respuesta europea sin cruzar el umbral de la guerra total. Este enfoque se complementa con un profundo cambio en el espionaje ruso en Europa. Tras la expulsión masiva de diplomáticos-agentes, Moscú ha apostado por redes más opacas, utilizando intermediarios, cibersabotaje y manipulación informativa. La estrategia es clara: erosionar la cohesión europea desde dentro, explotando divisiones sociales y políticas. Una guerra sin tanques, pero no menos peligrosa.
En un contexto de creciente rivalidad global, América Latina se consolida como un espacio estratégico para China, que amplía su presencia mediante inversiones, comercio y control de infraestructuras clave. Frente a este avance, Estados Unidos redobla sus esfuerzos por contener la influencia de Pekín y reafirmar su liderazgo histórico en la región. Europa, por su parte, enfrenta mayores dificultades para competir: sus limitaciones políticas y económicas, las tensiones internas sobre la autonomía estratégica y la dependencia de materias primas críticas reducen su margen de maniobra, aunque la construcción de alianzas aún ofrece opciones. En África oriental, Tanzania se convierte en foco de controversia tras la reelección de Samia Suluhu Hassan. Su mandato, marcado por acusaciones de fraude electoral, represión y censura, ha llevado a algunos observadores a cuestionar si se trata de la primera mujer dictadora del continente. El debate trasciende fronteras y reabre la reflexión sobre cómo ejercen el poder las mujeres en regímenes autoritarios y su impacto regional.
La doctrina Monroe regresa como estrategia de dominio del hemisferio occidental. De Groenlandia al Cono Sur, Estados Unidos busca consolidarse como una “isla-continente” protegida por océanos, con proyección ártica y acceso futuro a recursos estratégicos en un Ártico en deshielo. En América Latina, el control combina presión militar —Venezuela como caso paradigmático— y alineamientos ideológicos en países clave. Este repliegue selectivo sugiere un revisionismo tácito: Europa quedaría en la órbita rusa y Asia bajo una esfera china parcialmente tolerada. Venezuela, meanwhile, muestra el reverso del orden: coerción institucional, aislamiento internacional y sistemas como la “Bóveda de Cristal”, que anticipan modelos de control replicables y un deterioro profundo de derechos y gobernanza.
La captura de Nicolás Maduro tras la operación militar estadounidense del 3 de enero de 2026 ha sacudido el tablero político latinoamericano y reabierto un viejo debate: ¿intervención humanitaria o ruptura del orden internacional? Washington defiende la acción como un paso necesario para liberar a la población venezolana, pero la ausencia de un mandato explícito de la ONU y el interés estratégico sobre las mayores reservas de petróleo del mundo alimentan las sospechas sobre sus verdaderos objetivos. El futuro inmediato de Venezuela es incierto. Con Maduro fuera de escena y un poder provisional frágil, el país se enfrenta a un riesgo real de vacío institucional, tensiones internas y disputas entre actores civiles y militares. La región observa con inquietud un posible efecto dominó. En este contexto, figuras como José Luis Rodríguez Zapatero reaparecen como mediadores informales en busca de una salida negociada. Paralelamente, amenazas no militares como la Peste Porcina Africana recuerdan que, en un escenario de guerra híbrida, los protocolos NBQ y la cooperación internacional son tan decisivos como los tanques o las sanciones.
El mapa político de Oriente Medio atraviesa una etapa de redefinición marcada por un equilibrio tan nuevo como inestable. El controvertido plan de paz impulsado por Donald Trump, lejos de cerrar viejas heridas, ha acelerado un proceso de reajuste geopolítico cuyos efectos aún se están consolidando. Israel ha reforzado su posición regional, mientras que la causa palestina continúa fragmentada y sin una estrategia común capaz de recuperar protagonismo diplomático. Al mismo tiempo, actores regionales como Irán, Turquía y las monarquías del Golfo maniobran para ampliar su influencia en un contexto de tensiones cruzadas y alianzas cambiantes. La normalización de relaciones entre Israel y varios países árabes ha abierto nuevas vías de cooperación, pero también ha generado desconfianza y rechazo en amplios sectores de la región. Este nuevo status quo no garantiza estabilidad duradera. Más bien, dibuja un escenario provisional, donde la paz depende de equilibrios frágiles, decisiones unilaterales y conflictos latentes que pueden reactivarse en cualquier momento.
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Comments (1)

IVAN SANCHEZ

y los 40 primeros minutos???

Jan 20th
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