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El planeta de pascua
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El planeta de pascua

Author: rpascua

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Description

Sección mensual de ciencia del programa de radio "Es la mañana del fin de semana" en esRadio
140 Episodes
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Carlota Izquierdo Gil, Jaume Segalés y Roberto Pascua entrevistan a Sara Robisco, científica de datos, experta en Deep Learning y autora del libro "Historia de la Inteligencia Artificial", de la Editorial Guadalmazán y a Juan Manuel Sabugo, físico, experto en IA y CEO de Digita y L4H. Preguntas como ¿qué es la IA?, ¿es realmente inteligente? o ¿algún día podremos decir que no estamos solos y existirá una inteligencial real, a nuestra altura, con la que compartir nuestro futuro?
Cuando era niño me imaginaba la profesión de astrónomo como algo hecho para gente solitaria. Para bohemios soñadores, en un sentido más de artista que de otra cosa. La noche, un telescopio y la soledad del que contempla la Creación con mayúsculas. Así veía yo a los astrónomos. Cierto es que en aquel entonces devoraba libros de Julio Verne y de Edgar Allan Poe, llenos de aventuras y aventureros científicos que recorrían el globo terráqueo para descubrir sus misterios aún por explorar. Pues hubo un tiempo en el que, para hacer ciencia, había que explorar y viajar por un planeta lleno de peligros. La historia que voy a narrar forma parte de la vida de un astrónomo sin suerte. Alguien que podría haber sido perfectamente un personaje de un libro de Verne, o de Poe. Alguien con una misión científica en un mundo todavía por explorar, con muchas incógnitas pendientes que había que resolver con ayuda de los pocos medios que la tecnología de la época permitía. Me he permitido el lujo de titular estas líneas como “Le Gentil: el astrónomo desastre”, buscando quizás un juego de palabras. No en vano, la palabra desastre nos ha llegado, tras muchas mezclas, del italiano antiguo “disastro” que, a su vez, viene del prefijo latino “dis” (separación, negación, malo…) y “astro”, del latín “astrum”: estrella. Así pues podríamos decir que Le Gentil fue un astrónomo sin estrella. Al menos, se quedó sin ella en un momento importante para su vida y para la propia Academia de Ciencias de Francia, de la que era miembro. Guillaume Joseph Hyacinthe Jean-Baptiste Le Gentil de la Galaisière (1725-1792) tenía una misión. Una misión importante que, como las misiones científicas importantes de la época, tenía su riesgo. No en vano había que tener una vena de aventurero para poder embarcarse en misterios del estilo al que le tocó resolver. En el siglo XVIII no estaba claro cuál era el tamaño del Sistema Solar. No se sabía con precisión a qué distancia estaba cada planeta del Sol. Pero sí se sabía cómo se podía calcular. Para ello tan sólo se necesitaba conocer el tamaño de la Tierra y ser capaces de medir con precisión el tránsito de un planeta desde dos lugares distintos. Y sí: se sabía con una muy buena aproximación el tamaño de la Tierra, algo que calculó por primera vez Eratóstenes alrededor del 240 a. C. Ahora sólo nos faltaba tener un tránsito planetario. ¿Qué es un tránsito? Mercurio y Venus son planetas interiores. Es decir, están entre la Tierra y el Sol. Por eso, cada cierto tiempo, pasan por delante del Sol y desde la Tierra podemos ver un puntito negro que atraviesa el disco solar. El evento dura horas y es muy cotizado entre los astrónomos aficionados aunque, por desgracia, ocurre cada centenares de años. En el caso de Venus, por las configuraciones de las órbitas de la Tierra y Venus, los tránsitos se dan en parejas cada 8 años y luego hay que esperar más de 100 años hasta el siguiente, en un ciclo que ronda los 243 años. El último tránsito se dio el 8 de junio de 2004 y el 6 de junio de 2012, justo ocho años después. El siguiente tendrá lugar el 11 de diciembre de 2117 y el 8 de diciembre de 2125. La suerte, en este caso buena, hizo que hubiera un par de tránsitos cuando Le Gentil contaba con 36 años el primero de ellos y con 44 el segundo. En concreto, el primer tránsito tuvo lugar el 6 de junio de 1761 y el segundo el 3 de junio de 1769. Para un científico como él, astrónomo y miembro de la Academia de Ciencias francesa, era una oportunidad de oro para poder calcular la distancia de la Tiera al Sol y con ella, utilizando las leyes de Kepler, calcular por fin el tamaño real del Sistema Solar, poniendo distancia al Sol a cada uno de los planetas. Los tránsitos no se ven desde cualquier lugar. Pasa lo mismo cuando hay eclipses de luna o de Sol. Por desgracia para Le Gentil, el tránsito de 1761 no iba a ser visible desde París. Por este motivo, la Academia de Ciencias de Francia organizó una expedición que llevaría a Le Gentil a una posesión francesa en la India. En concreto a Pondicherry. El viaje no era sencillo: había que circunnavegar toda África y pasar por el cabo de Buena Esperanza, ese lugar donde se encuentran el Atlántico y el Índico, zona de tormentas, vientos y corrientes impredecibles que, para la navegación a vela (la tecnología de la época era así), no era nada sencillo de atravesar bajo ciertas condiciones. Además, la expedición tenía que transportar todo el material. En aquella época las cosas no eran tan sencillas como llegar y comprar un buen telescopio en la óptica de la esquina. Había que llevarlos desde París, junto con los cronómetros de precisión y el resto de los instrumentos necesarios para poder observar el tránsito y conseguir datos fiables y útiles para la misión. El primer encontronazo que se dio nuestro astrónomo sin estrella fue que la demora en el camino por los inconvenientes climáticos le hizo llegar a la isla de Mauricio con bastante retraso sobre el plan previsto. La idea era llegar a Pondicherry desde Mauricio, pero justo estalló la guerra de los Siete Años entre Inglaterra y Francia y Pondicherry había sido ocupada por los ingleses. Esto imposibilitó que el plan de observar desde allí se llevara a cabo y cada vez se acercaba más la fecha del evento astronómico. La guerra es la guerra y el capitán de la fragata decidió regresar a Mauricio. Por este motivo, el tránsito le pilló en medio del océano: Le Gentil pudo ver el tránsito, pero no pudo tomar medidas precisas al encontrarse en un barco en movimiento. Además, parece ser que ese día había marejada o mar de fondo. Antes de regresar a Francia con las manos vacías, Le Gentil pensó que había mucho trabajo que hacer de otro tipo por allí: por ejemplo, cartografiar toda la costa de Madagascar. Incluso hacer expediciones científicas para recoger especies de las islas cercanas. Viajar a la isla de Reunión. Así, al menos, podría volver a Francia con algo de valor científico y aprovechar la expedición. Era la época en la que los científicos realmente eran exploradores, naturalistas, conocedores de todo tipo de ciencias. Un estilo a nuestro capitán Malaspina. Y así fue como Le Gentil se fue entreteniendo año tras año hasta que, cuando se quiso dar cuenta, era 1765 y habían pasado ya 4 años desde el primer tránsito. Quedaban, por tanto, otros 4 para el tránsito de 1769. Decidió quedarse y esperar al siguiente tránsito, ya que estaba por allí. Además, él era muy meticuloso y le gustaba planificar las cosas con tiempo: tenía tiempo para organizarlo todo bien y esperar a que esta vez la suerte le sonriera. Además, incluso podía cumplir uno de sus sueños y circunnavegar el globo terráqueo. Por este motivo viajó hasta Manila, donde fue muy bien recibido por la sociedad española: un francés, parisino, refinado, de modales educados, cultivado… se hizo allí una pequeña celebridad. Sin embargo, el gobernador español no confiaba en él. No creyó mucho en la historia que contaba de una expedición para ver un tránsito de un planeta y pensó que era un espía. Las relaciones se volvieron tan tensas que un año antes del tránsito, Le Gentil decidió marcharse de allí. Además, Pondicherry había vuelto a manos francesas y la guerra con Inglaterra había terminado. Era un buen momento para regresar con sus compatriotas y preparar las observaciones del tránsito de Venus. Al llegar a Pondicherry, es recibido con honores, el gobernador le monta un observatorio y Le Gentil piensa que por fin su suerte ha cambiado. Pasa a ser una celebridad también en Pondicherry hasta el punto de que le envían un refractor acromático, una especie de joya que contaba con la tecnología más puntera de la época en cuanto a telescopios. Todo el equipamiento está listo para observar el tránsito y, además, es un equipamiento puntero. Tan sólo quedaba esperar a que llegara el 3 de junio de 1769… … y ese día llegó. Y justo con el día llegaron las nubes. Increíble. Si los cielos habían estado prístinos, despejados, de un azul celeste maravilloso, el día del evento no se veía nada. Nubes, cada vez más nubes, vientos huracanados… y la tormenta más grande en mucho tiempo. Justo cuando el Sol desaparecía por el horizonte, Le Gentil pudo contemplar un ocaso maravilloso. Una de las puestas de Sol más bonitas que jamás viera en su vida. Pero sus planes se habían ido al traste. Se quedó tan en estado de shock que no escribió en su diario durante más de tres semanas. Además, sus amigos de Manila le contaron que vieron el tránsito perfectamente. Fuera de sí, quema el observatorio y decide regresar a Francia. Consigue un barco que le lleva Mauricio. Llega en 1770 en un estado de estrés y tristeza lamentable. Coge la disentería en Mauricio y tuvo que quedarse durante ocho meses medio muerto, sobreviviendo a duras penas. Finalmente consigue recuperarse lo suficiente como para coger un barco camino de Europa. Los vientos eran tan desfavorables que el barco tuvo que regresar a Mauricio cuatro meses después de partir. Durante una de las tormentas el pobre llegó a caerse por la borda y casi se ahoga. No tenemos constancia de que se tirara él en un intento de suicidarse, así que suponemos que se cayó por la borda. Consigue embarcar en un barco de guerra español que le debía llevar a España. Pero una serie de tormentas desvían el barco a las islas Azores y se rompe el velamen y el mástil…Finalmente en octubre de 1771 consigue llegar a París. 11 años, 6 meses y 13 días después de su partida llega a la puerta de su casa. Le abre su mujer y cuando le ve le dice “¿tú quién eres? Mi marido murió hace muchos años”. ¡Todas, absolutamente todas las misivas que había escrito se habían perdido y ninguna había llegado a su destino! Bien las tormentas, bien los piratas, la guerra con Inglaterra… todo ello y más hicieron que ninguna de sus cartas llegara a su destino, por lo que le dieron por muerto y se repartieron su herencia herederos que él ni conocía. Su puesto en la Academia también había sido ocupado por otra persona en su lugar.
Desde que se encendió el Sol hace 5.000 millones de años, no ha parado en ningún momento de brillar. Afortunadamente para nosotros (para la vida en la Tierra) y, también, para nosotros (los científicos de este planeta). Con esta segunda afirmación lo que quiero decir es que habría sido toda una sorpresa que el Sol hubiera dejado de brillar en algún momento. Una sorpresa algo desagradable, todo hay que decirlo. El motivo es claro: conocemos a la perfección los mecanismos que hacen brillar una estrella y, por tanto, que hacen brillar a “nuestra” estrella. Y no caben las sorpresas en tal mecanismo. Se habrían tenido que violar leyes de la física que son inviolables para que el Sol hubiera dejado de brillar. Y con alguna autoridad, si no toda, los científicos de la Tierra podemos afirmar que el Sol brilla hoy con más intensidad que antes. Y, por “antes”, entiéndase todo pasado anterior a “ahora”. Para entenderlo, empecemos por el principio. Hace unos 5.000 millones de años, casi todo el hidrógeno que se encontraba localmente formando una nube de gas y polvo donde ahora está el Sistema Solar fue agrupándose por gravedad hasta formar nuestra estrella. Esto, lo que significa, es que los átomos de hidrógeno fueron acumulándose en lo que hoy es el Sol, atraídos por la gravedad, hasta formar un núcleo tan compacto que, primero perdieron los electrones y, segundo, al llegar a una temperatura de unos diez millones de grados, comenzaron de repente las reacciones nucleares de fusión entre esos núcleos de hidrógeno, que no son otra cosa que protones. Pensad que los protones son cargas positivas que, por efecto de las fuerzas electromagnéticas, tienden a repelerse. Pero cuando confinas muchos protones en una región muy pequeña y, por tanto, aumenta la presión y la temperatura, entra en juego otra fuerza mucho más fuerte que la electromagnética, pero cuyo alcance es mucho menor: es decir, los núcleos tienen que estar muy cerca para que esa fuerza actúe y los protones fusionen. Precisamente esa “cercanía” se consigue cuando esos protones están confinados en los núcleos de las estrellas, apretados por la gravedad de las mismas y se alcanza una temperatura de unos 10 millones de grados. Cuando se fusionan dos protones se forma un núcleo de helio, que es el siguiente elemento en la tabla periódica. Pero el helio tiene una masa que es menor a la suma de las masas de los protones que se han unido para formar el helio. En concreto, es un 0,7% menos masivo que la suma de los cuatro protones que hacen falta para formarlo. Esa diferencia de masa es un “sobrante” en la reacción nuclear y se emite al espacio en forma de radiación: la estrella comienza a brillar. Cada segundo, 700 millones de toneladas de hidrógeno se transmutan en 695 millones de toneladas de helio. Las 5 millones de toneladas restantes, nos calientan. Hay que ver a las estrellas, por tanto, como inmensas bolas de gas que se encuentran en equilibrio. Durante su proceso de formación, la gravedad gana y los núcleos se van acercando cada vez más, van implosionando hacia el interior de la estrella, hasta que de repente se dan las condiciones para que empiecen las reacciones nucleares de fusión. En ese momento, la estrella comienza a explotar, liberando energía. Pero como hay material tanto en el núcleo, como en capas más exteriores de la estrella, ésta no explota violentamente, sino que comienza a brillar y se mantiene en equilibrio: por un lado la gravedad tiende a que la estrella implosione y por otro lado, las reacciones de fusión que liberan energía tienden a que la estrella explote. Hace 5.000 millones de años, cuando el Sol comenzó a brillar, apenas había helio en su interior. Podemos decir que el núcleo Solar era 100% hidrógeno (siendo rigurosos no es del todo cierto, porque la proporción de hidrogeno y helio en la nube que dio origen al Sistema Solar era de 3 átomos de hidrógeno por uno de helio, como en el resto del universo). Pero ha transcurrido ya la mitad de la vida de Sol y, aunque sigue siendo una estrella muy estable y lo será casi hasta el final de su vida, desde hace mucho tiempo hay demasiado helio en su interior. Al ir consumiendo el hidrógeno y generándose el helio, la gravedad va ganando la batalla del equilibrio, por lo que el núcleo del Sol se vuelve más denso aún, aumentado más la temperatura. Ese aumento de temperatura se traduce en que el hidrógeno comienza a quemarse más rápido todavía para volver al equilibrio anterior, puesto que aun no se ha alcanzado temperatura suficiente como para que sea el helio el que comienza a fusionar. Al quemar más hidrógeno, el Sol brilla más ahora que antes. Y, por tanto, nuestro planeta recibe más radiación que antes. En concreto, el Sol ha perdido ya el 30% del hidrógeno que tenía cuando nació y es, por tanto, un 30% más brillante que antes. Se da una paradoja interesante. Según los cálculos que os acabo de contar, el Sol hace 3.800 millones de años no tendría fuerza suficiente como para impedir que toda el agua de la Tierra estuviese congelada. Sin embargo, sabemos que en aquella época, el agua era líquida en nuestro planeta. La explicación se la debemos a los benditos gases de efecto invernadero. Sin ellos, nuestra joven estrella no habría tenido fuerza suficiente como para hacer en la Tierra una sopa ideal para el surgimiento de la vida. Otro dato interesante llegados a este punto es que la vida de un fotón generado en el núcleo Solar no es tan sencilla. Los fotones deberían viajar a la velocidad de la luz y, por tanto, tardar 8 minutos desde que se generan en el núcleo Solar hasta que llegan a la Tierra. Sin embargo, la luz que vemos salir del Sol ahora mismo se generó en nuestra estrella hace aproximadamente unos 200.000 años: ni siquiera el Homo Sapiens estaba gobernando el planeta en aquel entonces. El motivo es que la densidad del Sol es tan grande que un fotón como mucho puede viajar unos milímetros hasta que “choca” con algo, ya que se halla inmerso en una masa de plasma muy densa. Ese fotón es reabsorbido y reemitido muchas veces hasta que consigue salir de la zona radiativa del Sol: tantas veces, que tarda cerca de 200.000 años como media en poder salir. Luego tardará unos 10 días hasta llegar a la superficie del Sol, también siendo reabsorbido y reemitido, pero ya en la zona convectiva mucho menos densa y, una vez que llega a la superficie, se siente libre y es lanzado al espacio a la velocidad de la luz hasta que llega a nuestro planeta en 8 minutos y 20 segundos. Pero sigamos. Entendemos ya por qué el Sol brilla más ahora que antes. Lo hará así durante aproximadamente otros 5.000 millones de años. Transcurrido ese tiempo, cuando el hidrógeno del núcleo se agote, éste se contraerá debido a la presión gravitatoria y a la falta de combustible nuclear. Esta contracción del núcleo tendrá efecto sobre las capas exteriores del Sol, que se expandirán debido a la menor atracción del núcleo sobre ellas: el globo Solar aumentará unas 100 veces su tamaño, engullendo a Mercurio y convirtiendo el Sol en una gigante roja, comenzando el proceso de quemado de helio. El helio será el combustible nuclear durante aproximadamente 200 millones de años, hasta que se consuma del todo y el Sol se convierta en una enana blanca. Pero ningún ser humano podrá ser testigo de esto, puesto que dentro de unos 2.000 o 3.000 millones de años, el Sol brillará tanto que habrá convertido en un desierto sin vida nuestro planeta.
Hay una frase que repito a menudo: los seres humanos dejamos huella allí donde posamos el pie… o nuestras naves espaciales. La contaminación, esa sombra que acompaña a nuestra civilización desde que aprendimos a fabricar fuego, ha llegado también al espacio. Allá arriba, a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas, orbita una nube invisible y peligrosa de desechos. Tornillos, trozos de cohetes, satélites moribundos que siguen girando sin rumbo. Es la basura espacial, la nueva frontera del descuido. Desde que en 1957 el Sputnik inauguró la era espacial, la órbita terrestre se ha ido poblando de objetos de todo tipo. Hoy se calcula que más de 130 millones de fragmentos de distinto tamaño rodean la Tierra. Los hay grandes como un autobús, pequeños como un grano de arena. Y todos viajan a velocidades que rozan los 30.000 kilómetros por hora, siete veces más rápido que una bala. A esa velocidad, una simple arandela puede perforar el fuselaje de una nave o dejar fuera de servicio un satélite de comunicaciones. No es ciencia ficción. En 2009, un satélite operativo estadounidense colisionó contra otro soviético fuera de uso. La colisión generó miles de fragmentos nuevos. Y la Estación Espacial Internacional —para mí, una de las más impresionantes obras de ingeniería— debe realizar cada año maniobras de evasión para esquivar la nube de escombros que amenaza su órbita. Las órbitas más contaminadas son las bajas, entre 400 y 1000 kilómetros de altitud. Más arriba, en la órbita geoestacionaria —donde giran los satélites que nos permiten ver un partido en directo o seguir la trayectoria de un huracán—, la situación también preocupa. Allí flotan miles de objetos, muchos sin control, que forman una corona de chatarra alrededor del planeta azul. Y, paradójicamente, esa corona sostiene buena parte de nuestra vida moderna. Cada día interactuamos con más de 100 satélites sin darnos cuenta: los que guían nuestros coches, transmiten señales de televisión, predicen el tiempo o vigilan los volcanes. Sin ellos, volveríamos a una Tierra muda y desorientada. La responsabilidad, sin embargo, no es sólo de los gobiernos. En los últimos años, la conquista del espacio se ha privatizado. De los más de 10.000 satélites operativos, unos 7.000 pertenecen a Starlink, la constelación de Elon Musk. Una red que promete comunicación global, pero que también multiplica los riesgos de saturación y de impacto. ¿Y qué se está haciendo? Algunos países, como Francia, han desarrollado marcos legales que obligan a retirar los satélites al final de su vi da útil. En Europa, la Comisión Europea y la ESA trabajan en sistemas de vigilancia: radares, telescopios y sensores láser capaces de detectar objetos del tamaño de un cubo de Rubik. Más pequeño que eso, todavía escapa a nuestra vista y a nuestras posibilidades de detección. Y se proyectan misiones de limpieza: grúas espaciales, redes, brazos robóticos que “atrapen” satélites inertes y los guíen hacia una reentrada controlada sobre el punto Nemo, el lugar más remoto del Pacífico. Allí, entre las olas, descansan los restos de antiguas naves: nuestro vertedero en el océano de los mares. Aun así, el desafío no es sólo técnico. Es también moral. El espacio —ese territorio sin fronteras— carece de una ley universal que regule lo que hacemos con él. Cada país es responsable de los daños que provoquen sus objetos, pero a la hora de señalar culpables, cuando una colisión ocurre en la órbita, todo se vuelve difuso. Nadie sabe de quién es el tornillo que rompió un panel solar o escacharró un satélite. La empresa española GMV, con un centenar de ingenieros vigilando el cielo desde distintos países, desarrolla sistemas para rastrear la basura espacial y evitar nuevas colisiones. También trabaja en tecnologías de remediación: esas futuras “grúas” que limpiarán la órbita. Quizá, dentro de unos años, el espacio vuelva a brillar limpio, sin la sombra de nuestro descuido. Porque si no actuamos, podríamos convertirnos en la primera civilización que sueña con salir de su planeta… y queda atrapada en su propio anillo de chatarra. Una ironía cósmica que no queremos vivir. Un espejo suspendido en el vacío, que nos recuerda que incluso en el cielo, dejamos huella.
En 1973, Arthur C. Clarke escribió Cita con Rama. En esta maravillosa obra, el que probablemente sea el mejor escritor de ciencia ficción junto con Isaac Asimov, situaba en el futuro, allá por el año 2130, la llegada de un objeto interestelar y construía una novela para contar el revuelo que supuso para la humanidad descubrir que tal objeto era artificial. No desvelo más porque no han pasado los años por la novela, que sigue siendo genial, si obviamos las primeras páginas en las que el escritor está muy influenciado por la Guerra Fría. No hay que olvidar que la obra se gestó en los años setenta; aun así, la novela se desacopla rápidamente de esa parte y fluye como debe, ajena al tiempo y a situaciones concretas de nuestra historia reciente. Aconsejo a nuestros oyentes la lectura, sean o no amantes del género de ficción científica. Y así pueden comprobar si, como a mí, les resulta totalmente imposible distinguir un texto de Clarke, de un texto de Asimov. De Asimov, por no dejarlo ahí y se vean obligados a hacer la búsqueda por sí mismos, la saga de novelas de La Fundación es excelente y buena prueba del estilo del escritor. Volviendo al tema que nos ocupa, hay una palabra en el primer párrafo por la que merece la pena detenernos un momento. Se trata de la palabra “interestelar”. ¿Qué significa exactamente que un objeto celeste sea interestelar y por qué es capaz de encender nuestra imaginación hasta extremos impensables? Al menos, la imaginación de los científicos y de los escritores de ciencia ficción. Y también (y sobre todo) la del astrofísico de Harvard Avi Loeb, al que volveremos más adelante. Un objeto interestelar es un cuerpo celeste que no está ligado gravitacionalmente a ninguna estrella. Si pensamos en los planetas del sistema solar, éstos dan vueltas a nuestro Sol. Están ligados gravitacionalmente al Sol y viajan con él en órbitas elípticas. Todos los objetos que orbitan el Sol pertenecen a nuestro Sistema Solar. También los cometas que tienen órbitas conocidas y que periódicamente regresan una y otra vez, aunque su órbita sea muy elíptica y vengan de lugares tan remotos como la nube de Oort. Cuando miramos al cielo y descubrimos un nuevo objeto celeste que viene hacia nosotros, lo primero que hacemos es calcular su órbita. Más que nada porque nos preocupa que el objeto pueda cruzarse con nuestro planeta en alguna carambola cósmica catastrófica. Pero no sólo por eso. También porque sentimos curiosidad por ese objeto y queremos saber si es una roca que forma parte de nuestro Sistema Solar o bien es un objeto interestelar que viene de otras estrellas. Y, para saber esto, la órbita es fundamental: si es elíptica, es un objeto ligado al Sol. Pero si es hiperbólica, entonces no viene de nuestro sistema solar, sino que está viajando entre las estrellas y ahora le toca pasar cerca del Sol. Pasará y nunca más volverá. Por tanto, todo objeto que tenga una órbita hiperbólica, pasará cerca del Sol, ganará velocidad en el acercamiento y seguirá su camino alejándose para siempre disminuyendo un poco su velocidad según se aleje. Es normal y se debe al tirón gravitacional que genera el sol. Pero venga de donde venga, lo cierto es que ese objeto ha estado viajando durante miles de millones de años por el espacio y, durante una breve fracción de tiempo, habrá sido visible por nosotros. Y creedme que conocer todo lo que se pueda de un objeto así, nos daría muchísima información no sólo de nuestro Sistema Solar, sino de otros mundos que no son este. El primer objeto interestelar descubierto fue Oumuamua, en el año 2017. Era un objeto alargado con forma de cigarro puro, que causó gran extrañeza por presentar una aceleración peculiar no esperada. Lo descubrió Robert Weryk, el 19 de octubre de 2017 usando el telescopio Pan-STARRS1, en Hawai. Oumuamua, en hawaiano significa “mensajero que llega primero desde lejos”. Sinceramente me parece un buen nombre para ese primer objeto interestelar registrado. Hubo otros visitantes. Seguro. En la historia de la Tierra puede que centenares de miles o más. Pero no hubo nadie mirando o sabiendo qué mirar o con medios para mirar. Realmente no sabemos cuántos objetos de este tipo hay: lo importante es que nunca habíamos descubierto uno y, de repente, apareció Oumuamua. Si os causa curiosidad, os puedo dar algunos datos: pasó a unas 0,25 Unidades Astronómicas (unos 37 millones de kilómetros) del Sol, a una velocidad de 87 km/s, tenía entre 100 y 400 metros, una proporción de 10 a 1, es decir, si midiera 10 metros de largo, mediría uno de ancho, algo nunca visto antes en un objeto celeste, que tienden a ser redondos por la acción de la gravedad. No mostró ninguna cola visible, por lo que su paso cerca del Sol no generó la evaporación de ningún material, pero es verdad que su aceleración aumentó al alejarse, lo cual desconcertó mucho a los científicos. Ahí entró en acción Avi Loeb, de la Universidad de Harvard que, ni corto ni perezoso, intentó explicar esa aceleración con ausencia de cola cometaria afirmando que se trataba de un objeto extraterrestre, como el Rama de la novela de Clarke. Es verdad que esta idea suya no ha sido seguida por el resto de científicos. Pero también es verdad que debido a aquello, existe ahora el Proyecto Galileo, que busca evidencias de tecnología extraterrestre en los objetos interestelares. Por mucho que haga afirmaciones más dignas de un programa de “Cuarto Milenio” que de un científico, Loeb no deja de ser un astrofísico muy reputado por sus trabajos en cosmología, astrofísica de agujeros negros, materia oscura y exoplanetas. Otra cosa es que utilice ese reconocimiento que sin duda tiene y nadie le puede negar, para realizar afirmaciones no científicas y alejadas de las cosas demostrables. Si nuestros oyentes bucean estos días en X o en Instagram, podrán dar buena cuenta de ello. Afortunadamente (o no) el segundo de los objetos interestelares descubierto fue mucho más “normal”… el 2I/Borisov. Se entienden ahora ese 2 y esa I, ¿verdad? “2” por segundo objeto e “I” por interestelar… Fue descubierto el 30 de agosto de 2019 y pasó por el perihelio (el punto más cercano al Sol) a unas 2 Unidades Astronómicas. El doble de la distancia entre la Tierra y el Sol. Su órbita también era hiperbólica, por lo que claramente era un objeto que venía de fuera del Sistema Solar, pero su comportamiento fue totalmente cometario. Presentó una cola bien visible compuesta principalmente por cianógenos y agua, como un cometa normal y algo más de monóxido de carbono de los que tienen los cometas de nuestro Sistema Solar. Si los científicos consideran Oumuamua como un asteroide o un artefacto ambiguo (tal cual), Borisov es claramente un cometa. Y no hay dos sin tres: 3I/ATLAS, descubierto el 1 de julio de 2025 por un telescopio de la red chilena ATLAS, que es un conjunto de telescopios especialmente diseñados para buscar asteroides peligrosos para la Tierra pero que, en los últimos años, se ha convertido en un cazador de fenómenos transitorios raros, como explosiones de estrellas, cometas raros o, como en este caso, visitantes interestelares. El punto más cercano al Sol de 3I/ATLAS será de 1,4 Unidades Astronómicas, tendrá lugar hacia el 29/30 de octubre y su tamaño no se ha medido aún con precisión y oscina entre los 300 metros y los 5 kilómetros de diámetro, un tamaño digno de cualquier cometa de nuestro sistema solar. Pero su órbita hiperbólica lo delata como claramente un objeto interestelar. Presenta una cola cometaria, lo cual nos ha permitido saber que contiene dióxido de carbono, cianuro y níquel, algo un poco raro porque esa mezcla no es habitual. Y su luz muestra una polarización negativa extrema. Esto es algo realmente raro y sugiere que el polvo es muy poroso y su núcleo tiene que estar formado por materiales que no conocemos. ¿Por qué? La luz normal vibra en todas direcciones: decimos que la luz está polarizada cuando vibra más en ciertas direcciones que en otras. Cuando decimos que la luz reflejada de un cometa presenta polarización negativa lo que queremos decir es que en vez de ser reflejada de manera normal, como si el cometa fuera un espejo, está reflejada como si el cometa estuviera formado por muchísimos granos muy pequeños, irregulares y mezclados con gas. Para más inri, no se comporta como un cometa al uso. Su actividad (la cantidad de gas y polvo que libera en forma de coma) es mucho más alta de la que debería en el punto de la órbita en la que está. Esto, para los científicos normales, no deja de ser una curiosidad: estamos ante un objeto diferente que viene de otro sistema solar y es normal que veamos cosas nuevas. Pero para Avi Loeb (una vez más) podría ser una sonda extraterrestre y así lo ha estado (y lo está) predicando por doquier en todos los medios de comunicación y redes sociales donde tiene cuenta. Lo cierto es que su llegada está causando expectación y se está siguiendo el objeto con el Hubble y el James Webb Space Telescope. También la ESA y el Instituto de Astrofísica de Canarias están implicados en su observación. El objeto parece venir del disco de nuestra Vía Láctea, una región que se sabe que es más antigua y menos densa que la zona donde nos encontramos nosotros, que en realidad nos vamos moviendo por la periferia entre los brazos de la galaxia. Pensamos, por tanto, que es un objeto mucho más antiguo que nuestro Sistema Solar. 3I/ATLAS alcanzará su máximo brillo a finales de octubre de 2025 y será observable con telescopios de aficionados (no a simple vista) en el Hemisferio Sur. Tras esto, se perderá detrás del Sol y volverá a ser visible hacia diciembre, pero ya muy débil por la distancia y alejándose para siempre.
Los planetas giran, las estrellas giran, nuestro Sol gira… Todo gira en este Universo hecho tan a nuestra medida y tan comprensible para los seres humanos, que asusta. El ecuador del Sol rota a una velocidad de una revolución cada 25 días aproximadamente. Y digo el ecuador, porque el resto del Sol rota más despacio. Júpiter también rota muy rápido: unas 10 horas emplea el rey de los planetas en dar una vuelta sobre sí mismo. Esta velocidad enorme hace que su achatamiento sea perceptible incluso al ojo del telescopio del aficionado. No es de extrañar, por tanto, que hacia el siglo XVIII, esto fuera conocido. Ya en épocas más modernas, hemos descubierto que algunas estrellas giran tan rápido que más parecen discos que otra cosa, siendo su física bien distinta a la que gobierna las estrellas más “normales”, entendiendo por normal una estrella que rote más despacio, como nuestro Sol. Por tanto, es comprensible pensar que cuando una estrella o un planeta rotan, se abomban por el ecuador. La Tierra, nos decían en la escuela, está achatada por los polos y ensanchada por el ecuador. Tal afirmación, correcta, ya la hacía Newton (1643-1727) en el siglo XVII. Entendiendo que la Tierra no es un cuerpo totalmente rígido, Newton pensaba que el equilibrio entre la fuerza de la gravedad y la fuerza de inercia, causaría un abombamiento allá donde las fuerzas de inercia eran mayores: es decir, en el ecuador. Pensaba bien, pero no todos los sabios estaban de acuerdo con tal afirmación. Conocida es la polémica que allá por el siglo XVIII sacudía a lo más granado de la ciencia europea: ¿estaba la Tierra achatada por los polos y ensanchada por el ecuador, como afirmó Newton, o bien tenía forma de limón, estando más achatada por el ecuador que por los polos, como defendía la escuela francesa capitaneada por Jacques Cassini (1677-1756). Tal discusión marcó el siglo de la Ilustración. En aquel entonces nadie dudaba de que la Tierra no era plana. Algunos sabios griegos, como Parménides o Pitágoras, habían sido los primeros en anunciar la esfericidad de la Tierra unos 2000 años antes. Incluso Eratóstenes, hacia el siglo III a J.C., se había atrevido a medir su circunferencia cometiendo un error inferior al 2%, lo que representa una desviación de apenas un centenar de km y todo un logro para la época. Cuentan que Colón ocultó los datos de Eratóstenes a Isabel la Católica cuando perseguía la financiación de su viaje a las Indias, pensando que era mejor que la reina pensara que la Tierra era más pequeña de lo que era realmente. Pero esa es harina de otro costal. Lo importante era que, al igual que Eratóstenes había demostrado el tamaño real de nuestro planeta, quedaba pendiente la cuestión de su forma exacta. Observaciones en distintos lugares del planeta habían demostrado que la Tierra no parecía ser una esfera perfecta, sino que estaba deformada: quizás fuera un esferoide achatado por los polos. Las experimentos realizados con péndulos para medir la fuerza gravitatoria habían demostrado que la gravedad era mayor cerca de los polos que en el ecuador. Estos datos estaban muy en la línea de lo afirmado por Newton, pero Jacques Cassini se resistía. Él defendía una Tierra con forma de limón, achatada por el ecuador. Y defendía su hipótesis a raíz de unos experimentos realizados en Europa que contradecían la hipótesis de Newton. En 1733, la prestigiosa academia de las ciencias de París decidió zanjar la cuestión. Para ello, envió dos expediciones a sendas latitudes extremas con el fin de determinar las deformaciones del globo terrestre. Una expedición se dirigió hacia Laponia, lo más cerca del Polo posible. La otra expedición marchó hacia el Ecuador, a la ciudad de Quito. En la expedición al Quito actual viajaba un alumno aventajado de tan sólo 21 años. Un alumno de la academia de guardiamarinas de Cádiz: Jorge Juan de Santacilia (1713-1773). Tan aventajado que llegaría a ser una de las personalidades más brillantes del panorama científico español del siglo XVIII: ilustrado, matemático, astrónomo, ingeniero naval… llegaría a ser elogiado por los científicos europeos de su época. Y para muchos, ‘el sabio español’. La presencia de Jorge Juan en la expedición a Quito obedecía a razones más ‘reales’ que científicas: al ser una expedición dirigida a territorio español, fue necesaria la participación de españoles y el rey Felipe V ordenó que Jorge Juan viajara junto con su compañero de estudios, Antonio de Ulloa (1716-1795). Tanto Jorge Juan como Antonio no eran más que jóvenes promesas a mucha distancia de los científicos franceses que gobernaban la ciencia que se hacía en Europa y, por tanto, en el mundo entero. Pero durante los 8 años que duró la expedición, Jorge Juan adquirió unos conocimientos valiosísimos en matemáticas, astronomía y geodesia debido precisamente al carácter de la expedición: se trataba de determinar dónde eran los radios de la Tierra más cortos, si por el ecuador, o por los polos. Y medir radios terrestres era una tarea tan ardua que resultó imposible. Sea una rueda de bicicleta con 360 radios, uno por cada grado de circunferencia (recordemos que una circunferencia se puede dividir en 360 grados). En el caso de tener una rueda perfecta, cada uno de los radios mide exactamente lo mismo que el resto. Por tanto, el segmento de rueda que une cada uno de los radios y que recibe el nombre de arco de circunferencia, también medirá lo mismo. Sin embargo, si la rueda no fuera redonda, sino ovalada, habrá radios más largos que otros y, por tanto, arcos de circunferencia más largos que otros, siendo la diferencia más acusada cuanto mayor sea el achatamiento. Exactamente igual ocurre con nuestro planeta, siendo aquí el análogo a la circunferencia de la Tierra, los meridianos terrestres, que son las líneas imaginarias que unen los polos cortando perpendicularmente el plano ecuatorial. Con esta idea en mente, las expediciones se hicieron a la mar. Su misión consistía en medir por separado el arco de meridiano correspondiente a 3 grados, con el fin de minimizar el error, que habría sido mayor si sólo se hubiera medido el arco correspondiente a un grado: cuanto más grande fuera la medida de los arcos, es decir, cuanto más grados se abarcara, menor sería el error cometido. Los cálculos realizados por nuestro Jorge Juan fueron sin duda y, de acuerdo con todos, los más exactos, midiendo 111 km por grado de arco en el ecuador. Un kilómetro más que lo medido por la expedición a Laponia. Esto significaba, extrapolando, que la diferencia entre el radio ecuatorial y el polar era de unos 21 km. Quedaba así demostrado que la Tierra se abultaba por el Ecuador. La expedición marcaría el resto de la vida de Jorge Juan. A su regreso a Europa, el sabio español publicó sus observaciones astronómicas y físicas, siendo su obra traducida a varios idiomas, extendiéndose como la pólvora por toda Europa. Por este motivo, Jorge Juan fue aceptado como miembro de las célebres academias de las ciencias de París, Berlín y la Royal Society de Londres (fundada en 1660). Todo un honor. Realizó la primera cartografía general de España y promovió la creación de los primeros observatorios de España en Cádiz y Madrid. Además, como diplomático que fue, se dedicó a combatir a los piratas berberiscos. Incluso llevó a cabo un episodio de espionaje en Inglaterra a la altura de las mejores novelas de espías. En 1771, dos años antes de su muerte, el sabio español publicó su obra maestra: “Examen Marítimo”. En esta maravillosa obra reunió gran parte de los conocimientos que llegó a adquirir a lo largo de su vida. Aún hoy, la obra se encuentra entre los mejores y más innovadores trabajos realizados en mecánica de fluidos e ingeniería naval, siendo algunos de los métodos introducidos por él en aquel entonces, de uso hoy en día.
Bonus: Perseidas

Bonus: Perseidas

2025-08-1210:02

Cada verano, los aficionados a la astronomía tienen una cita ineludible con los cielos. Se trata de las Perseidas, una de las lluvias de estrellas más esperadas. Cierto es, no lo negaré, que mucho de ese interés tiene que ver con el verano (en el hemisferio norte), el mes de agosto, las vacaciones… Incluso, si me lo permitís, a uno, que está chapado a la antigua y, además, tiene pueblo, le vienen los recuerdos de la infancia donde, alejados de las grandes ciudades y del “estrés” luminoso, se disponía a observar un cielo negro tachonado de estrellas. Y es que, las noches de verano, invitan a mirar a las estrellas y verlas correr por los cielos. Pero en mi párrafo anterior he dado por sentadas muchas cosas. Primero, que sabemos qué son las estrellas fugaces, segundo que sabemos cómo verlas… en resumen, que hay mucho que aclarar y explicar si queremos entender bien qué estamos observando y no queremos perdernos el espectáculo. Para empezar, las estrellas fugaces no son estrellas. Por tanto, cuando hablamos de “lluvia de estrellas”, ni está lloviendo, ni son estrellas. En realidad, lo que vemos son meteoros, fenómenos atmosféricos que se originan cuando pequeñas partículas de polvo y roca (la mayoría de ellas no son más grandes que un grano de arena) penetran a gran velocidad (unos 50/60 km por segundo) en nuestra atmósfera y son literalmente abrasados por el rozamiento con los átomos de nuestra atmósfera. Ese abrasamiento produce el brillo que conocemos como estrella fugaz. Es importante entender que esas partículas no están ahí por qué sí. En realidad, son los restos que van dejando distintos cometas. Cuando se acercan al Sol, los cometas van sintiendo la presión de radiación de nuestra estrella y los distintos componentes que forman el cometa, se van rompiendo y se van esparciendo por el espacio, en la órbita del cometa. Por eso, las colas de los cometas siempre apuntan al lado opuesto al Sol: da igual si el cometa se acerca o se aleja del Sol, su cola siempre estará alejándose del Sol. Cuando nuestro planeta atraviesa la órbita de esos cometas, “atropella” esos restos que están ahí y se generan las lluvias de estrellas. Por eso hay varias lluvias conocidas a lo largo del año, dependiendo de qué órbita (de qué cometa) estemos atravesando. Las Perseidas, que nos ocupan ahora mismo, son los restos que va dejando en su órbita el cometa Swift Tuttle, una inmensa bola de unos 26 kilómetros de diámetro (el cometa Halley mide unos 15 km y, no es que quiera fastidiarle las vacaciones a nadie, pero el asteroide (o cometa) que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años tenía un tamaño estimado de entre 10 y 15 km). El Swift-Tuttle da una vuelta al Sol cada 133 años aproximadamente. El cometa fue descubierto de manera independiente por Lewis Swift el 16 de julio de 1862 y por Horace Parnell Tuttle, el 19 de julio de 1862. De ahí que lleve el nombre de ambos descubridores. La última vez que pasó el cometa fue en 1992. Así que seguro que ahora mismo hay alguien pensando que cada vez que la tierra atraviesa la órbita y la barre, va quitando “suciedad”, por lo que seguramente las lluvias más espectaculares tengan lugar en los momentos más cercanos al paso de los cometas. Y no está mal tirado el pensamiento. Volviendo a las Perseidas, resulta curioso que no se llamen Swift-Tuttle… en realidad, el nombre lo toman de lo que los astrónomos llamamos “punto radiante”. Me explico. Al avanzar la Tierra en su desplazamiento al sol y cruzarse con la órbita del cometa, va atrapando los restos del cometa y todos parecen venir de un punto en concreto en el cielo: ese punto se conoce como el punto radiante y es únicamente un tema de perspectiva. Ese punto radiante, en el caso de las perseidas, parece surgir de la constelación de Perseo: es como si todas las estrellas fugaces parecieran surgir de esa constelación. De ahí que las Perseidas tomen ese nombre. Otra lluvia de estrellas popular son las Oriónidas y sí, claramente el punto radiante es la constelación de Orión. Por cierto, las Oriónidas son en octubre y el cometa que las origina es el Halley. No son tan populares como las Perseidas simplemente porque ocurren en otoño y no apetece tanto estar al aire libre mirando al cielo por la noche. Y, por seguir entendiendo el fenómeno que observamos, hay que decir que la cola de un cometa suele ser algo grande, algo que mide millones de kilómetros. Obviamente, a la Tierra le lleva un tiempo atravesar esa distancia. No es algo que ocurra de un día para otro. Por este motivo, aunque asociamos todos las Perseidas (ocurre igual con el resto de lluvia de estrellas), con una fecha en concreto (las Perseidas para las noches del 11 al 13), en realidad se empiezan a ver a mediados de julio y duran hasta finales de agosto. La fecha del 11/12/13 tiene que ver con que es el pico máximo donde la probabilidad de ver más estrellas fugaces es mayor. Eso no significa que si vemos una estrella fugaz en 20 de julio sea una perseida, pero tampoco quiere decir que no lo sea (los científicos somos así). Por tanto, si queremos ver las perseidas, el mejor momento serán las noches del 11, 12 y 13 de agosto, por la noche, en una zona alejada de la contaminación lumínica, donde podamos ver un cielo amplio, con un campo visual grande (así que nada de telescopios, ni prismáticos: ojo desnudo). Lo ideal es esperar al menos unos 20-25 minutos a que nuestros ojos se adapten a la oscuridad. Obviamente, nada de encender el móvil y mirar la pantalla porque eso haría que nuestros ojos recibieran demasiada luz y tuvieran que adaptarse de nuevo a la oscuridad. Y buscar también un sitio donde podamos estar cómodos, tumbados sería lo ideal, mirando hacia la zona de Perseo (noreste): si os disponéis a observar nada más anochecer, la constelación de Perseo estará saliendo por el horizonte sobre las 22h e irá subiendo cielo arriba a medida que la Tierra rote sobre su eje. El mejor momento para verlas es alrededor de las 2 am, con Perseo ya elevando en el horizonte y desde ahí hasta el amanecer. En esas horas es cuando el número de meteoros es más elevado, rondando los 80/100 meteoros por hora (más de uno por minuto). La luna, en estos casos, siempre es un estorbo, porque aporta una luz que no queremos: así que, por una vez, cuanto menos luna, mejor. Y pensad que las estrellas fugaces vienen en oleadas… puede pasar que estemos minutos sin ver una y luego aparezcan seis seguidas. No dejan de ser granos de polvo que nos encontramos en nuestro camino alrededor del Sol y su distribución es muy aleatoria. Random, que dicen los modernos. Y si queréis guardaros un buen recuerdo, mi recomendación es que hagáis un “time-lapse”. Se pueden hacer auténticas maravillas si dejáis una cámara grabando durante horas: veréis la rotación de la tierra y no os perderéis una sola estrella fugaz. A disfrutar…
Hay unos versos escritos por Walt Whitman (1819-1892) que no dejan de sorprendernos si los analizamos bien. Se trata del poema “Año de meteoros”, de la colección “Hojas de Hierba”. Dejo aquí un extracto: No me olvido de cantar acerca de cómo se movía [el barco] rápidamente y rodeada de decenas de miles de pequeñas naves, Ni del cometa que surgió repentinamente y ardiendo por el norte, Ni de la extraña y gigante procesión de meteoritos que pasaba, deslumbrante, por encima de nuestras cabezas, Sólo por un momento, sólo por un momento guió a sus bolas de luz extraterrestre sobre nuestras cabezas, y después se fue De ello, e irregular como lo eran ellas, canto, con sus destellos, que iluminarían estos cantos. ¡Oh año salpicado del mal y del bien – año de profecías! ¡Año de extraños y pasajeros cometas y meteoritos! Y mientras me muevo rápidamente entre vosotros, destinado a caer y a ser olvidado rápidamente, ¿qué es este canto? ¿Qué soy yo sino uno más de tus meteoritos? Para cualquiera, aficionado o no a la astronomía, estos versos describen una lluvia de meteoros claramente. Uno siempre puede preguntarse si lo que describe Whitman ocurrió realmente y buscar en los registros algún suceso similar que se ajuste a las fechas de composición del poema. De hecho, durante un cierto tiempo se pensó que los meteoros descritos por Whitman en su poema hacían referencia a la lluvia de estrellas de las leónidas de 1858. Otros, por el contrario, pensaron en una bola de fuego que fue vista en los cielos de Estados Unidos hacia 1859. Ambos fenómenos tenían un problema y es que no cuadraban con las fechas de composición del poema (1860). El segundo fenómeno, además, ocurrió de día, mientras que en el poema de Whitman, se da a entender que el suceso ocurrió en la noche. Este primer análisis ya es una muestra de lo que podemos hacer con la astronomía forense, el CSI de la astronomía. Los astrónomos forenses tratan de poner fecha y lugar a eventos astronómicos escritos o pintados. Es una labor que mezcla historia, con arte y con ciencia y que puede depararnos ratos inolvidables. El poema de Whitman ha sido analizado por el astrónomo e investigador de la Universidad Estatal de Texas, Donald Olson. Se podría decir que Olson es un astrónomo forense y lleva más de diez años investigando acontecimientos que aparecen pintados en cuadros, tratando de localizar en los registros aquello que el pintor quiso reflejar en sus pinturas. Y lo hace con acierto. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el cuadro “Casa Blanca de Noche”, de Vincent Van Gogh (1853-1890). En la magnífica obra vemos una casa en la noche y sobre la misma, en el cielo, una estrella muy brillante. Olson fue capaz de localizar la casa que pintó Van Gogh y descubrir que la estrella no era tal, sino el planeta Venus. Planeta que Van Gogh pintó exactamente en la localización que el mismo tenía sobre el cielo el día 16 de junio de 1890. Pero regresemos a Whitman y a su poema “Año de Meteoros”. Lo cierto es que Olson le dedicó mucho tiempo de investigación al mismo, buscando en todos los archivos en los que pudo. Encontró cerca de 300 registros de observaciones del evento descrito por el poeta. También encontró registros en la prensa escrita de la época: no había un periódico en Norteamérica que no mencionara la procesión de meteoros. Y no sólo eso: encontró, además, un cuadro de Frederic Church, de la escuela Hudson River, en Nueva York, titulado “El meteoro de 1860”. La fecha, en el nombre del cuadro, es esclarecedora. Además, el cuadro refleja exactamente la escena que describe Whitman en su poema: se ven claramente dos bolas de fuego que se reflejan en el agua seguidas de una procesión de bolas de fuego más pequeñas, que viajan horizontalmente a lo largo de todo el paisaje. El cuadro le sirvió a Olson para poner fecha exacta al evento astronómico: ocurrió exactamente el 20 de julio de 1860 y el suceso no fue otra cosa que un meteoro de “pastoreo”. Los meteoros de pastoreo atraviesan la atmósfera sin llegar a caer a tierra, de ahí que no sean meteoritos como tales (un meteorito siempre toca suelo). Pueden llegar a sobrevolar los cielos durante más de un minuto, por lo que es muy probable que aquel evento de 1860 fuera visto por decenas de miles de personas, entre ellos Walt Whitman y el pintor Frederic Church, que no perdieron la oportunidad de inmortalizar los hechos cada uno a su manera. Olson publicó sus resultados en la revista Sky & Telescope. Un claro ejemplo de astronomía forense, una ciencia divertida, que mezcla las artes y las ciencias con la intuición detectivesca y que nunca deja de depararnos sorpresas y curiosidades resueltas.   Rubens y Saturno Vivimos una sociedad muy especializada donde parece ser que el científico no debe saber de arte y el artista pocos conocimientos de ciencia debe tener. Y en cierto modo, aunque me duela, es así. El nivel de tecnificación, por decirlo de alguna manera, de la ciencia es tal, que entre los propios científicos cada uno es especialista en lo suyo y es complicado pretender que un neurocientífico sepa de astronomía y viceversa. Y hablo, pues, del mundo que conozco: el de la ciencia, siendo, por tanto, un ejemplo más de ello. Pero al final, los que tenemos una cierta curiosidad por las cosas, sea uno científico o no, buscamos en el arte y las letras el entretenimiento y el conocimiento.  Visitar el museo del Prado con la intención de deleitarse en el arte nos puede deparar muy gratas sorpresas en el mundo de la ciencia. Por ejemplo, podemos descubrir la historia de la ciencia en los cuadros pintados por artistas de otras épocas; podemos analizar la evolución de la astronomía y del pensamiento científico y cosmológico mientras admiramos cuadros de Rubens o Murillo. Puede considerarse casi un ejercicio de Astronomía Forense, pero también lo es, ¿por qué negarlo?, un ejercicio placentero, relacionado con la historia del arte. Al final, no me cansaré de decirlo, ciencia, arte, historia, literatura… todo ello está relacionado y es una pena no empaparse al máximo de todos estos campos del saber. Pero queríamos visitar el museo del prado y concretamente un monstruo de la pintura, que nos va a llevar con su pincel a descubrir la astronomía. Buscamos entre salas repletas de lienzos, uno de Rubens (1577-1640). Nos llama la atención el cuadro que contemplamos porque representa una escena mitológica. Vemos un anciano devorando un niño. Se trata de “Saturno devorando a su hijo”. La escena representada es cruel y casi podemos sentir el dolor del niño mientras Saturno le arranca el pecho a mordiscos. Un par de salas más allá podemos encontrar el cuadro que pintó Goya con el mismo motivo. Saturno es un anciano con una hoz que representa el paso del tiempo, el dios griego Cronos.  La mitología nos cuenta una historia terrible. Saturno, conocedor por la profecía de que uno de sus hijos lo destronaría como el señor de los dioses, decide evitar el cumplimiento de la misma comiéndose a sus hijos recién nacidos. Hasta que su esposa, harta de que el dios devore a sus hijos, decide esconder a Júpiter. Para ello, engaña a Saturno enviándole una piedra envuelta en un pañal en vez de a su propio hijo. Saturno devoró la piedra pensando que devoraba a Jupiter, que pudo crecer alejado de su padre y su voraz apetito parricida. Una vez adulto, Júpiter se dedicaría a destronar a su padre tras una larga contienda. Si nos fijamos bien en el cuadro descubriremos tres estrellas en el centro, en la parte superior. La estrella central brilla más que las otras dos, que están casi pegadas a la más brillante. ¿Qué representan esas tres estrellas? Rubens nos ha pintado el planeta Saturno tal y como apareció a los ojos de Galileo en 1610. Tal y como aparecía a los ojos de sus contemporáneos a vista de telescopio. Esas tres estrellas no son otra cosa que Saturno y sus anillos. La calidad de los telescopios astronómicos en la época de Galieo y Rubens no permitía observar los anillos tal cual los vemos hoy en día: es decir, como unos anillos alrededor de Saturno. No fue hasta 1655 cuando Christiaan Huygens fue capaz de construir un telescopio con calidad suficiente como para poder comprender que aquellos dos puntos de luz al lado de Saturno era en realidad un anillo que rodeaba el planeta. Así pues ese cuadro nos muestra cómo vio Galileo los anillos de Saturno. Seguramente fue Galileo el primer ser humano en contemplar esa maravilla, aunque no fuera consciente de lo que estaba viendo. De hecho, si uno analiza bien los apuntes originales de Galileo, se ve claramente como el gran científico italiano intuye la existencia de los anillos, pero el pisano no tenía, ni podía tener, elementos suficientes para comprender lo que estaba observando con su telescopio recién construido. Los anillos, con el paso del tiempo, van cambiando de posición y, aunque Galileo tenía todas las piezas del puzzle, era imposible que las encajara adecuadamente. Rubens, fiel al conocimiento de su época, pintó el Saturno que todos podían ver mirando por el telescopio. El cuadro fue pintado alrededor de 1636, más de 20 años después de la primera mirada que echó Galileo al planeta y casi 20 años antes de que Huygens diera con la tecla. Pero aún así, es muy interesante cómo el pintor nos muestra los conocimientos de la época en su cuadro. Podría haber pintado Saturno como un punto luminoso, pues así se veía y ve a simple vista. Pero decidió pintar lo que la ciencia decía que era en realidad Saturno en aquel entonces: algo más que un punto brillante; una estrella rodeada de dos estrellas más pegadas a ella. Además, cuando tuvimos tecnología suficiente como para medir las masas de los planetas, descubrimos que Júpiter es el rey de los planetas y sólo Saturno se le acerca, aunque muy de lejos y sin capacidad de rivalizar con él. También Saturno perdió en la vida planetaria como lo hizo en la mitológica y tuvo que rendirse ante Júpiter.
De todas las imágenes planetarias que los cielos pueden ofrecer a un astrónomo aficionado, a ojo de telescopio, la de Saturno supera con creces a todas las demás. Dependiendo de la inclinación de los anillos con respecto a nuestra visual (cada 15 años los vemos de canto; es decir, que no los vemos), la imagen puede ser absolutamente maravillosa y parecerse mucho a esa bola con dos orejas, como la describió Galileo un día de 1610, poco después de la invención del telescopio astronómico. Y si a Galileo le debemos mucho (por todo), con Christian Huygens (1629-1695) no debemos ser menos generosos, pues a él le debemos casi tanto como al pisano. Y en las cosas de Saturno, mucho más. Un planeta, por cierto, que, además de destacar por su belleza, es menos denso que el agua, lo que significa que flotaría como una boya si pudiéramos arrojarlo a un inmenso mar del tamaño del Sistema Solar. No fue hasta 1655 cuando Huygens comprendió que aquella bola con orejas o aquellos tres planetas en uno, pues de ambas maneras lo describió Galileo, era en realidad un planeta con un sistema de anillos que se extiende más de 100.000 km en el plano del ecuador del planeta. Un planeta único, debió pensar Huygens. Hoy en día sabemos que hay más anillos en nuestro Sistema Solar orbitando otros planetas; o, mejor dicho, que hay más planetas con anillos. Júpiter y Urano, por ejemplo, tienen su sistema de anillos. No son tan espectaculares como los de Saturno e imposibles de ver desde la Tierra, así que hubo que esperar a que los ojos de los científicos pudieran llegar a esos extremos sobre sondas espaciales para descubrirlos. Aún así, Saturno sigue siendo el “Rey de los Anillos”. Al telescopio se observan una serie de divisiones en los anillos. Como líneas oscuras. En 1676 Giovanni Cassini (1625-1712) pintó entre los anillos B y A la división que lleva su nombre. Y esas divisiones distan mucho de ser espacio vacío. De hecho, la propia división de Cassini contiene aproximadamente el 10% de la materia que puebla los anillos. En realidad esas divisiones no son otra cosa que espacios resonantes debido a la acción gravitatoria de los satélites de Saturno. Algunos han querido ver en ese trabajo gravitacional de los satélites de Saturno sobre los anillos, un pastoreo en toda regla, dándole a algunos satélites el sobrenombre de “luna pastora”; expresión que, aunque científicamente no sea muy exacta, no deja de tener su aquel romántico. El tamaño de las partículas que forman los anillos es espectacularmente pequeño. Porque no sé si lo había dicho, pero los anillos están formados por partículas individuales de hielo en un 95% y cuyo tamaño oscila desde el micrómetro, hasta centímetros e incluso la decena de metros. Y lejos de estar estáticas no paran de moverse, chocando entre ellas numerosas veces. Por ejemplo, en los anillos más densos, el B y el A, una partícula choca entre diez y cien veces en el mismo tiempo en que da una vuelta a Saturno; o lo que viene a ser lo mismo, entre uno y diez choques por hora. Si bien es cierto que también hay anillos más dispersos, donde la cantidad de materia es menor: en esos casos podemos tener un choque cada 10.000 años. En todo caso, colisionan, se mueven y poco a poco van perdiendo energía. Y eso lo que nos dice es que, con el tiempo, los anillos desaparecerán y Saturno quedará desnudo de esa maravilla. En cuanto al origen de los anillos de Saturno, son varias las hipótesis que tratan de explicar lo que vemos. Por un lado, se baraja la hipótesis de que estemos ante los restos del material de construcción de un satélite que no llegó a formarse; la segunda de las teorías nos dice que podríamos estar ante los residuos de un satélite que cruzó el límite te Roche; existe una tercera hipótesis que afirma que estamos ante los restos de un satélite destruido por un impacto. En todo caso, cualquiera de estas hipótesis tiene que lidiar con dos hechos importantes. Por un lado, la vida media de los anillos de Saturno se calcula en unos 10.000.000 de años y, por otro lado, las partículas que forman los anillos son hielo entre un 90 y un 95%, mientras que lo esperado a la distancia del Sol a la que se encuentra Saturno es que la mitad del material fuera roca. Que se estime la vida de los anillos en unos 10.000.000 de años afecta seriamente a la hipótesis del satélite que no llegó a formarse. El motivo es bien claro: los satélites se crearon junto con los planetas durante el origen del Sistema Solar. Si el conjunto de los anillos no puede sobrevivir más de 10.000.000 de años debido a su inestabilidad, no es posible que se deba a los restos de un satélite que no llegó a formarse hace 4.500.000.000 millones de años. Realmente no salen las cuentas. Por otra parte, la teoría que va ganando cada vez más peso entre la comunidad científica es la expuesta por la astrónomo (y bailarina de ballet) Robin Canup (1968), que trabaja actualmente en el Southwest Research Institute, en Boulder, Colorado y que ha sido publicada en la revista Nature. Su propuesta es convincente y atractiva y consigue explicar la abundancia del hielo en los restos que forman el anillo e incluso en la luna Tetis, satélite de Saturno que está compuesto casi en su totalidad por hielo. La teoría de Canup comienza con la formación del Sistema Solar por acreción de planetesimales hace unos 4.500 millones de años. Realizando simulaciones por ordenador consigue llegar a la formación de Saturno junto con varios de sus satélites, compuestos en un 50% de roca, en las partes internas de los satélites y un 50% de agua helada, menos densa, en las capas más externas. Según Canup, algunos satélites siguieron incrementando su masa a expensas del disco de gas y polvo que dio lugar a la formación de nuestro Sistema Solar. Cada satélite interactuaría con el gas de alrededor de manera que iría transfiriéndole parte de su energía cinética; es decir, parte de su energía asociada al movimiento. Esto llevaría al satélite a caer hacia Saturno, debido a que perder energía cinética implica perder velocidad y perder velocidad arrastra al satélite irremediablemente hacia el planeta. Una vez iniciada la caída, nada puede detenerla. Llega un momento en que las fuerzas de marea son tan grandes que el satélite se estira y se encoge como lo hacen nuestros océanos, pero en mayor medida. Hasta tal punto son violentas esas deformaciones que llega un momento en que la fuerza gravitatoria del propio satélite que lo mantiene cohesionado es menor que la fuerza generada por el campo gravitatorio del gigante Saturno. Llegados a este punto, el satélite estalla en mil pedazos. Y ese punto no es otro que el límite de Roche, que se encuentra a una distancia de dos veces el radio del planeta. La descomposición del satélite comienza por las capas que son menos densas, las capas externas y que están formadas principalmente por hielo. La idea de Canup es que este proceso no ha ocurrido sólo una vez, sino que ha sucedido en varias ocasiones. De ser cierta su teoría, los anillos que observamos se deben, por tanto, a la acumulación de las partículas de hielo de los distintos satélites que han sido destrozados por Saturno. La ausencia de material rocoso se explica porque éste, algo más denso, sencillamente cae al planeta, sobreviviendo al límite de Roche. De hecho, Canup cree que el pequeño porcentaje de roca que hay en los anillos, entre un 5 y un 10%, son restos de colisiones entre las partículas que forman el anillo (partículas de hielo, como hemos dicho) y asteroides o cometas que se han acercado demasiado al planeta, atraídos por su gravedad. La teoría de Canup explica también la existencia de satélites formados casi en su totalidad por hielo, como Tetis, dado que, parte del hielo que no quedó atrapado en el sistema de anillos, fue dispersado más allá del límite de Roche y esa circunstancia posibilitó que estos fragmentos pudieran reagruparse, formando satélites de hielo. De hecho, la sonda Cassini ha detectado que el proceso de acreción en satélites de hielo sigue estando activo hoy en día.
Las ciencias físicas son apasionantes. Con ellas, el ser humano intenta descubrir el mundo que le rodea, poder interpretarlo, comprenderlo, deducir las leyes que rigen su comportamiento. A veces esas leyes parecen estar en contradicción unas con otras o, por qué no, con nuestra intuición. En ese caso, el método científico se impone y hay que analizar los problemas con objetividad para descubrir como lo más simple suele estar detrás de las malas interpretaciones; pequeñas cosas que no hemos tenido en cuenta, diferencias sutiles entre distintos experimentos. Por eso, el científico tiene que ser una persona de mente abierta, que nunca da nada por sentado. La historia de Erasto Mpemba (nacido en 1950) es la historia de la perseverancia, es la historia del método científico, de la curiosidad insaciable y el no dar nada por sentado. La historia de Erasto Mpemba se inicia en el instituto de secundaria Magamba, en Tanzania, donde Erasto era un estudiante más, eso sí, que tenía que aguantar las bromas de alumnos y profesores debido a una pregunta a la que nadie era capaz de dar respuesta. Sería el año 1963 cuando Erasto cursaba tercer curso de instituto. Como otros muchos alumnos, Mpemba hacía helados para combatir el calor. Hervían leche, la mezclaban con azúcar y esperaban a que se enfriara para meter el recipiente en el frigorífico. Lo hacían así para no dañar el refrigerador, pues sabían que introducir elementos calientes podría estropearlo. La competencia por hacer helados era feroz. Tan grande era que en una ocasión Mpemba no pudo resistirse a esperar a que la leche se enfriara y la introdujo hirviendo para no arriesgarse a perder el hueco en el refrigerador. Para su sorpresa, su helado estuvo listo antes que los demás, que habían introducido sus respectivos recipientes a una temperatura mucho menor ya que habían esperado a que se enfriase. Mpemba se extrañó de sus resultados y decidió preguntar a conocidos que hacían helados en la ciudad. Todos le dijeron lo mismo: no esperaban a que la leche se enfriara porque era de todos conocido que el helado se congelaba antes si el recipiente se metía hirviendo en el refrigerador.  Para Mpemba aquello carecía de sentido, así que decidió preguntarle a su profesor de física. Delante del resto de compañeros, Mpemba lanzó la pregunta al profesor y éste dio una respuesta que ningún profesor de física debe dar jamás: “estás equivocado. ¿No has entendido nada de la ley de enfriamiento de newton? La ley de Newton dice que el ritmo al que un cuerpo cambia de temperatura es proporcional a la diferencia entre la temperatura del cuerpo y el medio que lo rodea”. Para Newton, si introducíamos en el refrigerador dos recipientes de leche, uno a 100ºC y otro a 35ºC, el primer recipiente se enfría más rápido que el segundo, pero tardaría un tiempo en llegar a los 35ºC, por lo que siempre tardaría más en enfriarse: lo que tarde desde 100 a 35 y lo que tarde de 35 a cero, que es lo que tardaría el segundo recipiente. Todos, incluido Mpemba, veían la lógica de la física de Newton: si un cuerpo está muy caliente, perderá calor muy rápidamente, pero a medida que se vaya enfriando, el ritmo se irá frenando y cada vez tardará más en ir bajando la temperatura. Pero aquello estaba en contradicción con la experiencia de Mpemba, así que volvió a preguntarle al profesor cómo era posible entonces que los helados se hicieran antes si la leche estaba hirviendo. A lo que el profesor respondió: esa es la física de Mpemba. Desde entonces, cada vez que Mpemba cometía un error en clase, todos decían que era la física o la matemática de Mpemba. La vida siguió y un tiempo después el profesor Denis Osborne, de la University College Dar es Salam, fue invitado a dar una conferencia al instituto de Mpemba. Cuando llegó el turno de preguntas, Mpemba le lanzó la pregunta al doctor Osborne. Este se mostró extrañado pero, en vez de negar la cuestión de Mpemba, le preguntó si lo había probado. Mpemba le dijo que sí, que tenía mucha experiencia en ello porque fabricaba helados y siempre era así. El profesor le dijo que desconocía el hecho y el motivo pero que en cuanto regresara a su Universidad haría un experimento. A todo esto, los compañeros de Mpemba se quejaron de que Mpemba les dejaba en ridículo delante de una eminencia como el doctor Osborne. Y cumplió lo prometido. El profesor Osborne pidió a uno de sus ayudantes que hiciera el experimento. Éste tomó sendos recipientes de 50 centímetros cúbicos. Uno lo llenó con agua hirviendo a 100ºC. El otro con agua a 35ºC. Ambos fueron metidos en el refrigerador del laboratorio a la vez y apoyados sobre un soporte de poliestileno expandido para que no tomara contacto el recipiente con el fondo helado del refrigerador. El resultado fue el predicho por Mpemba: el recipiente hirviendo se congeló antes que el frío. Tras aquella primera prueba, el profesor hizo otras muchas para entender donde estaba el problema en relación con la ley de enfriamiento de Newton. En una de ellas, por ejemplo, echó aceite en la superficie del líquido y comprobó que, aunque el resultado fue el mismo, la congelación tardó muchas horas. Con esto había comprobado que la mayor contribución al enfriamiento del agua estaba en el calor que escapaba por la superficie del recipiente. Osborne y Mpemba se volvieron a encontrar en 1969 y trabajaron juntos en un artículo publicado en la revista Physics Education que describía el efecto Mpemba y cómo se conocieron Mpemba y Osborne, además de un conjunto de experimentos realizados por estudiantes de segundo año de universidad, supervisados por Osborne. En los experimentos se utilizaron contenedores de pirex de 70 centímetros cúbicos de agua sobre una espuma de poliestileno que aseguraba su aislamiento con la base del frigorífico. Los resultados fueron inequívocos: cuando la temperatura inicial del agua era de 20ºC, tardaba 100 minutos en congelarse, mientras que si el agua estaba inicialmente a 85ºC, se congelaba en 30 minutos. Hoy, décadas después de aquellos experimentos y tras otros muchos experimentos que vinieron después, la cuestión sigue sin estar nada clara. El efecto está ahí, pero se desconoce la causa. Hay muchos factores que afectan al experimento: el volumen del recipiente, el tipo de agua, si tiene o no gases disueltos, minerales y otras impurezas… Se llegó a pensar que quizá fuera significativa la cantidad de líquido evaporado al estar tan caliente, de manera que luego, a 35ºC, la cantidad de líquido a enfriar era mucho menor, pero el profesor Osborne comprobó que esto no era cierto. Quizá Osborne tenga razón cuando afirma que la ley de Newton sólo es aplicable cuando el líquido tiene la misma temperatura en todo su volumen y en el caso del efecto Mpemba hay un gradiente de temperatura pronunciado que crea un movimiento de convección que quizá favorezca la pérdida de calor más rápidamente. O quizá lo que ocurre tiene que ver con el “super enfriamiento”. Se han hecho experimentos que demuestran que cuando bajamos lentamente la temperatura del agua, ésta no congela a cero grados, sino que lo hace a temperaturas mucho más bajas. Por este método de enfriar lentamente el agua se ha llegado a conseguir tener agua líquida a 30 grados bajo cero. Eso sí, cualquier pequeña perturbación en ese momento causa la congelación inmediata de todo el volumen. En el caso del enfriamiento rápido cuando el líquido tiene una temperatura muy elevada, se ha comprobado que la congelación se producía a temperaturas mucho más cercanas al cero, como -1 ó -2 grados centígrados. Esto podría explicar que el agua hirviendo congelase antes.
Es una cuestión ética. Y, además, era una posibilidad. Esas cosas pasan. Cuando diseñas un proyecto de investigación científica en el espacio, tienes que tener analizadas todas las posibilidades. Y tener en cuenta que algo salga mal, es algo básico. Está en todos los manuales. De hecho, todo puede salir mal. O, mejor dicho, todo va bien, hasta que algo sale mal. Y, entonces, la misión se va al traste, con todas sus consecuencias. Pero es una cuestión ética. Y lo que pasó, sin duda, era una posibilidad. Aunque desde 1980 Israel ha estado involucrado en el desarrollo y lanzamiento de satélites (en 1988 lanzó su primer satélite para observación y defensa), nunca había organizado una misión a la luna. Siempre hay una primera vez. Y, en este caso, el ordinal hacía referencia también a los asuntos económicos: iba a ser la primera misión a la luna financiada de forma privada en la historia de la tecnología aeroespacial. Lo fue de hecho. Porque los acontecimientos ocurrieron en 2019. Y la misión de la que hablo es la Beresheet, ‘Génesis’ en hebreo. Así pues, el 22 de febrero de 2019, despegaban desde Cabo Cañaveral, a bordo de un cohete SpaceX Falcon 9, los 585 kilos de la sonda Beresheet construida por SpaceIL e Israel Aerospace Industries. Con un plan de diseño claro de asistencia gravitacional, al despegar, la Beresheet entró en una órbita elíptica alrededor de la Tierra. La idea del plan era ir agrandando progresivamente esa órbita realizando una serie de encendidos del motor Así, la Beresheet utilizó nuestro planeta para aumentar su velocidad y cambiar su trayectoria ahorrando combustible, hasta que fuera atrapada por la gravedad lunar, hecho que ocurrió el 4 de abril de 2019, convirtiendo a Israel en el cuarto país en alcanzar esa meta. El 11 de abril todo estaba listo para que Beresheet iniciara su descenso al Mare Serenitatis, un cráter de unos 700 km de diámetro, cercano al Mare Tranquillitatis, lugar donde el ser humano puso el pie por primera vez en la luna en la misión del Apolo 11. Como datos curiosos acerca del lugar previsto para alunizar por la sonda israelí, podemos decir que se cree que esta llanura basáltica (con más titanio que la media) se formó hace unos 3,9 mil millones de años tras el impacto de un objeto muy masivo. Por cierto, el Apolo 17, la última misión tripulada a la luna, alunizó justo en el borde de este mare, en el valle Taurus-Littrow. Pero no perdamos el foco, que empieza lo interesante. El 11 de abril, decía, todo estaba listo para que Beresheet iniciara su descenso al Mare Serenitatis. Y, justo entonces, comenzaron los problemas. Lo primero que falló fue un giroscopio de los tres que llevaba la nave espacial. La misión de un giroscopio es controlar la orientación de la nave en el espacio, lo cual es bastante útil de cara a realizar con éxito maniobras orbitales y, por supuesto, el alunizaje final. Se trata, en definitiva, de un componente vital para mantener la estabilidad de la nave. Este fallo ocurrió en una fase crítica del descenso. Al fallar el giroscopio, el sistema entero se reinició lo cual desactivó temporalmente el motor principal que estaba en marcha frenando la nave. La velocidad de una nave espacial varía mucho a lo largo del viaje y más si, como la Beresheet, se hicieron varias asistencias gravitacionales para darle impulso con un ahorro considerable de combustible. Pero es interesante el detalle de que, cuando inició su descenso a la luna, la nave viajaba a unos 5760 km/h y, si todo hubiera ido bien, tendría que haber llegado a la luna a velocidad de 0 km/h. Aquí siempre se da un margen que permite alunizar a una nave si va a menos de 18 km/h, aunque esto, obviamente, depende de cada misión. Pero, al pararse el motor principal que estaba frenando la nave, ésta tocó “luna” a una velocidad estimada de entre unos 500 y 900 km/h. Se perdió comunicación con la nave cuando estaba a unos 150 m del suelo. Y la Beresheet se estrelló con toda su carga que incluía un pequeño disco de níquel del tamaño de una moneda grande (pensado precisamente para resistir en la luna). Este disco, a modo de cápsula del tiempo, tenía unos milímetros de grosor pero contenía gigabytes de información grabada microscópicamente: desde una copia de la Wikipedia en inglés, hasta cientos de libros, diccionarios, documentos históricos, información sobre Israel y la humanidad, fotografías, dibujos que hicieron niños israelíes sobre el espacio, una biblia hebrea completa, una bandera de Israel y canciones populares y los nombres de los ciudadanos que apoyaron el proyecto. Pero también llevaba una carga vital con la idea de realizar un experimento del cual dicen que SpaceIL no tenía conocimiento en el origen de la misión… Y, cuando digo vital, me refiero a eso mismo: seres vivos: tardígrados deshidratados. He aquí la cuestión ética. ¿Puede una misión espacial llevar seres vivos a otro cuerpo celeste a riesgo de contaminarlo con vida terrestre? Quiero pensar que esta situación habría sido impensable para los diseñadores de la misión si el lugar de aterrizaje hubiera sido Marte. La luna es un caso, a priori, distinto. La ausencia de atmósfera, agua y nutrientes nos hace pensar que la luna es un cuerpo estéril y hostil para la vida. En el caso de Marte, cuando se diseñaron tanto las misiones soviéticas Mars 1 (1962), Mariner 4 (1964) y Mars 2 y 3 (1971) y las americanas Viking 1 y Viking 2 (ambas, 1975), las sondas fueron cuidadosamente esterilizadas para evitar contaminar Marte con vida proveniente de la Tierra. Hay que tener en cuenta que existen extremófilos que tendrían alguna oportunidad en un ambiente marciano. No digo que puedan sobrevivir mucho tiempo, pero tampoco lo niego. Se habla incluso de una especie de liquen, el Diploschistes muscorum, que podría sobrevivir en Marte. La luna no es Marte y las condiciones serían muy diferentes para los tardígrados de la Beresheet. Pero analicemos un poco la situación para ver qué puede haber sucedido con los tardígrados estrellados. En primer lugar, gracias al satélite LRO (Lunar Reconnaissance Orbiter) sabemos que los restos del choque se esparcieron unos cien metros a la redonda, puesto que este satélite de la NASA logró fotografiar la zona del impacto el 22 de abril. Los restos del choque incluían a los tardígrados, esos seres microscópicos de aproximadamente 1mm de tamaño, con cuatro patas que terminan en garras, una boca, un intestino que tiene su propia microbiota, dos ojos la mayoría de ellos y, por supuesto, neuronas. Aunque son seres que viven en ambientes acuáticos, se han encontrado en todo tipo de ambientes, hasta en nuestras ciudades. Se alimentan principalmente de microalgas, como la Chlorella y se reproducen sexual o asexualmente, mediante partenogénesis e incluso hermafroditismo. Eso sí: para reproducirse necesitan estar rodeados de una película de agua. Y, una vez que el huevo ha eclosionado, suelen vivir de 3 a 30 meses. Hay más de 1400 especies de tardígrados estudiadas a lo largo y ancho del planeta y hasta se ha encontrado un fósil de más de 92 millones de años, de la época del Cretácico, hallado en ámbar, en Estados Unidos. Por la datación, sabemos que compartió planeta con el Tiranosaurio Rex, el Velocirraptor, vamos, con todos los de parque Jurásico que, en realidad, debería llamarse parque Cretácico. Uno de los puntos fuertes del tardígrado como extremófilo en cuanto a resistencia es que son capaces de detener su metabolismo, perdiendo hasta el 95% del agua de su cuerpo. Algunas especies, además, son capaces de sintetizar un azúcar, la trealosa, que utilizan como anticongelante, además de actuar como un vidrio molecular que impediría que las células colapsasen en el caso de deshidratación extrema. En estos casos extremos de deshidratación, el tardígrado hace desaparecer sus patas, quedando únicamente las garras y se mantienen así hasta las condiciones para la vida vuelven a ser favorables. En experimentos, se ha visto que un tardígrado deshidratado puede sobrevivir durante algunos minutos a 272 grados bajo cero de frío extremo o a 150 grados, de calor también extremo. También sobreviven a altas dosis de rayos gamma. Para que nos hagamos todos una idea, 10 Grays son mortales para un ser humano: un tardígrado puede resistir de 1000 a 4400 Gray (un Gray es un julio de energía absorbido por cada kilogramo y un julio de energía es la cantidad de energía necesaria para subir un gramo de agua, un grado centígrado). Los que no sobreviven a ningún tipo de radiación son los huevos, eso sí. ¿Hay por tanto vida ahora mismo en la luna? La pregunta no es baladí, visto lo visto. Los tardígrados que hubieran sobrevivido al choque tendrían que soportar temperaturas que oscilarían entre los 190 bajo cero en las noches lunares, y los 120 durante el día, tendrían que vivir deshidratados ante la ausencia de agua y no dispondrían de su alimento en forma de microalgas. En cuanto a la radiación, eso no sería un problema porque apenas sería de un Gray. Pero, ¿podría algún tardígrado haber sobrevivido al choque? Con esto se han hecho también experimentos curiosos estrellando tardígrados contra arena a diferentes velocidades. Se ha visto que la velocidad límite en la que ejemplares congelados lograban sobrevivir es de 2600 km/h o menos. Es decir, si el choque se produce a más de 2600 km/h, el tardígrado no sobrevive. Como vimos, el impacto de la sonda se produjo entre 500 y 900 km/h, luego al alunizaje forzoso sí que habrían podido sobrevivir. Por tanto, al impacto contra la luna seguro que sobrevivieron, pero el resto de condiciones son demasiado extremas como para que hayan podido sobrevivir y reproducirse. Lo que sí está claro es que hay tardígrados seguramente en estado “inactivo”, latente y a la espera en la luna. Y, ¿no es eso un ser vivo acaso? ¿No hemos, por tanto, contaminado la luna con vida de la Tierra? Llevar los tardígrados a la luna ha sido, ante todo, una irresponsabilidad éticamente inaceptable.
Conocemos bastante bien nuestro satélite. No en vano, es el único cuerpo celeste, al margen de nuestro planeta, donde el ser humano ha puesto el pie. Si nos detenemos un momento en esta última frase, no podemos dejar de sentir un poco de vértigo. Pero es la realidad: hemos sido capaces de eso y mucho más. La primera prueba fueron los 21,6 kilos de rocas lunares que fueron extraídas por los astronautas del Apolo y traídas a la Tierra (entre 1969 y 1972 se trajeron 382 kg de rocas lunares). No fueron las primeras rocas que llegaron a nuestro planeta procedentes de la Luna. No. Hay procesos en el cosmos capaces de hacer llegar material de otros lugares a la Tierra. Por ejemplo, el impacto con un asteroide medianamente grande puede hacer que parte del material eyectado en el choque abandone la influencia gravitacional de la Luna y llegue a la Tierra. Ha pasado antes y pasará más veces. John Wood, y entro ya en las curiosidades, fue uno de los privilegiados a los que le tocó un trocito de Luna para estudiarlo. Wood, geoquímico de la universidad de Harvard, se presentó en Houston a requerimiento de la NASA para recoger sus 32 gramos de regolito lunar. Para un geoquímico, aquello era una oportunidad de oro y Wood acudió no exento de temor. De hecho, para evitar pérdidas o robos, algo cuyas consecuencias no podría valorar ahora mismo en el caso de que hubiera sucedido algo así, se cosió el recipiente con su trocito de Luna al interior del bolsillo. Wood no perdió su muestra y fue uno de los privilegiados en estudiar aquel material y comprobar parecidos y diferencias con el material terrestre. Otra de las curiosidades se ha descubierto más recientemente. La Luna está prácticamente deshidratada. En aquellas primeras muestras no había rastro de agua en ninguna de las fórmulas químicas del material analizado. Pero sabemos que en algunos cráteres parece haber presencia de hielo a salvo del calor del Sol. No sólo eso: lo más interesante es que contiene ciertos compuestos orgánicos. A priori esto no debería extrañarnos mucho: los cometas están hechos de hielo y tienen sustancias orgánicas en su interior. Basta que algún pequeño cometa se hubiera estrellado en determinado sitio de la Luna, lejos de la luz del Sol, para que tuvieramos el hielo y el material orgánico. Pero no sabemos a ciencia cierta cómo llegó realmente el hielo a nuestro satélite. Sabemos que el hielo se encuentra ahí tras analizar la nube producida por el impacto de una sonda en el hemisferio sur lunar ocurrida en 2009. Pero para algunos científicos, como Sarah Crites, de la universidad de Hawaii, el material orgánico se formó en la Luna: no llegó a ella a lomos de un cometa. Crites y sus colaboradores han realizado simulaciones por ordenador y han demostrado, repito, demostrado, que los rayos cósmicos tienen suficiente energía como para cambiar la química del hielo lunar y formar compuestos de carbono (es decir, materia orgánica). Una vez más, la Luna nos ayuda a entender ciertos procesos fundamentales para el origen de la vida. Pero la mecánica lunar también es interesante. Veamos algunos ejemplos: · La Luna presenta rotación síncrona; es decir, sus periodos de rotación y traslación son iguales entre sí. En concreto, 27.3 días. Eso significa algo que todo el mundo conoce: la Luna muestra siempre la misma cara hacia nosotros. · Sin embargo, alteraciones de su órbita debidas a las fuerzas de marea gravitacionales nos permiten ver un 59% de su superficie, en vez del 50% que deberíamos. · La distancia media de la Tierra y la Luna es de 384.000 km y se incrementa en 3,7 cm cada año, la misma velocidad a la que crecen nuestras uñas. Esto se debe a la aceleración que provoca en la Luna las protuberancias mareales terrestres. La Luna gira más despacio que la tierra, que da una vuelta sobre sí misma cada 24 horas. Esto hace que las protuberancias mareales se adelanten al satélite y tiren de él arrastrándolo y acelerándolo. Esta aceleración es mayor que la atracción gravitatoria terrestre, por lo que causa ese alejamiento lunar. · Y si la Tierra acelera a la Luna, por la propia conservación de las leyes físicas, se requiere que la Tierre frene su rotación. Hace 600 millones de años el día duraba unas 20 horas y 42 minutos y el año, por tanto, 423 días. La Tierra va girando cada vez más lentamente sobre su eje. Una prueba de que esto es así la encontramos en ciertos corales cuyo crecimiento es diario y, además, marcan las estaciones. Además de la mecánica lunar, nuestro satélite tiene otras curiosidades que van a sorprender a más de uno. Y si no, como muestra un botón: · En 1959, la sonda soviética Luna 3 (Lunik 3) logró fotografiar la cara oculta de la Luna. Por primera vez, ojos humanos fueron capaces de ver aquel lugar vedado a la humanidad desde el comienzo de los tiempos. Ese logro se considera el origen de la Era Espacial. · Al carecer de atmósfera, los meteoritos impactan contra la Luna sin haber sido ni frenados, ni disminuidos en tamaño por abrasión. Una cantidad enorme de partículas que pueden ir desde milímetros a metros impactan contra el suelo lunar pulverizándolo. Esto hace que la superficie de la Luna esté cubierta de un polvo fino llamado regolito. Precisamente ese polvo fino hace que la Luna brille tanto al dispersar la luz procedente del Sol más eficazmente. Pero para las primeras misiones espaciales, el regolito era un problema: no se sabía cuánto espesor tenía y no estaba claro que una nave espacial que se posara sobre el satélite no se hundiría en ese montón de polvo irremediablemente. Para averiguarlo, se crearon las sondas Surveyor. Su misión fue exclusivamente comprobar si el polvo lunar soportaría el peso de las naves Apolo y su tripulación. · A consecuencia también de la falta de atmósfera, la temperatura de la superficie lunar varía dependiendo de si le da el Sol directamente o no. Esto hace que la temperatura oscile de los 130ºC a plena luz del día, a los 170ºC bajo cero por las noches. · Su oblicuidad, es decir, la inclinación de su ecuador con respecto al plano donde se sitúan los planetas en su órbita alrededor del Sol, es de apenas 1.5º. Eso significa que la luz del Sol incide prácticamente a plomo en el ecuador lunar y totalmente rasante en los polos. En el polo sur existe un cráter denominado Shackleton (en honor al explorador irlandés que intentó repetidamente alcanzar el polo sur terrestre entre 1904 y 1909). La luz del Sol nunca llega al fondo del cráter y su temperatura es constante de 220ºC bajo cero. · El viento solar da de lleno también sobre la Luna, puesto que nuestro satélite no posee un campo magnético que lo impida. Esto provoca que se implanten sobre la superficie lunar átomos ligeros provenientes del Sol. Átomos como el tritio. El tritio es un excelente combustible para una central nuclear de fusión del futuro, cuando se consiga hacer fusión en un laboratorio de manera rentable. Hay tanto tritio en la Luna que se podrían cubrir las necesidades energéticas de la humanidad durante más de mil años ininterrumpidamente. · La Luna no muestra procesos geológicos activos. Por eso sorprende la diferencia máxima de cotas, puesto que es tan grande como en la Tierra: la diferencia entre las montañas más altas y las simas más profundas es de unos 16km. Y eso es enorme, creedme. · El programa Apolo de exploración lunar instaló sismógrafos para obtener datos del interior lunar. La ausencia de agua y de otros materiales que absorban las vibraciones hace que la Luna resuene como una campana cada vez que un meteorito choca contra su superficie. También se detectan sonidos procedentes del interior lunar debido a las fuerzas de marea de la Tierra. Los focos sísmicos en estos casos llegan a situarse a unos 1000 km de la superficie, todo un récord en nuestro Sistema Solar. · No se sabe por qué, pero la corteza de la cara oculta es más gruesa que la corteza de la cara visible. Es como si peláramos la mitad de una naranja y dejáramos la piel en el otro lado. Esto hace que el centro de masas lunar esté desplazado unos dos km del centro geométrico del satélite. Repito: el origen de esta diferencia de espesores es desconocido. · El primer libro de ciencia ficción del que se tiene registro se titula Somnium, el Sueño, y narra el viaje a la Luna de unos viajeros y cómo contemplan la Tierra desde nuestro satélite. El autor del libro fue el astrónomo alemán Johanes Kepler (1571-1630). · El programa Apolo encontró en la Luna vidrios de impacto con edades comprendidas entre los 3920 y 3850 millones de años. Los asteroides tendrían centenares de km de diámetro. El evento se conoce como Bombardeo Tardío Intenso. Sin duda afectó a la Tierra, que probablemente recibió una mayor cantidad de impactos debido a su mayor tamaño, en un momento en el que empezaba a surgir la vida en nuestro planeta. Se desconoce si este bombardeo tuvo algo que ver con surgimiento de la vida o si esterilizó nuestro planeta antes de que la vida volviera a florecer de nuevo, esta vez ya definitivamente.
La luna es poesía. Y lo es desde el comienzo de la humanidad. Salvo la luna, o los cometas cuando están de paso, todos los objetos celestes están tan lejos que son apenas puntos de luz en el cielo. Nuestro satélite es más que eso. La combinación entre su tamaño y la distancia que nos separa nos permite ver algo más que un punto: nos permite distinguir detalles al ojo desnudo en su disco gris: zonas oscuras o maria (los antiguos astrónomos pensaban que eran mares); zonas claras o terrae (antaño, supuestos continentes). Tan sólo nuestro Sol, que con su brillo nos permite verla, llega a aparecer a nuestros ojos con un tamaño similar. Pero esto es casualidad, puesto que la luna no siempre estuvo a esta distancia y, hace mucho tiempo, tapaba del todo al Sol durante los eclipses. Dentro de algún tiempo, no será capaz de hacerlo, porque las mareas de la Tierra la alejan de nosotros lentamente. Es ese suspiro temporal aquel en el que vivimos actualmente. Nuestra generación es la primera desde el origen de la humanidad en poder establecer hipótesis válidas acerca del origen de la luna. Pero nunca podremos saber cuánto peso tuvo nuestro satélite en el amanecer del ser humano. Porque una cosa es segura: si hubo algo en los cielos antiguos capaz de despertar curiosidad en aquellos homínidos (ahora, homininos: cosas del lenguaje) que después gobernarían el planeta eso fue, sin duda, la luna. No sólo por su capacidad de dar luz en la noche; o su posición cambiante respecto a las estrellas fijas. No sólo por sus cambios de tamaño o su poder para elevar las aguas. No sólo por esas regularidades periódicas capaces de ser descubiertas por una mente medianamente inteligente. También por su poesía. Los primeros homíninos surgieron hace alrededor de 7 millones de años. Los fósiles descubiertos nos relatan ese pasado del ser humano. La luna ya estaba ahí. Estaba también hace 3.800 millones de años, cuando los primeros signos de vida aparecieron en nuestro planeta. Y es que, probablemente, la luna nos acompaña desde casi la formación de nuestro planeta: unos 40 millones de años después de la formación de éste. ¿Qué es eso a escala astronómica? ¿Qué es eso frente a los 4.500 millones de años que se le suponen a nuestro planeta? Apenas un parpadeo. Y si decimos que la luna nos acompaña desde unos 40 millones de años después del nacimiento de nuestro planeta, no estamos haciendo un ejercicio de imaginación, sino que estamos dando por bueno uno de los datos que se deduce de la teoría más exitosa a la hora de establecer cómo surgió la luna. Este tema no es sencillo, porque la Tierra y la luna forman una pareja muy extraña debido a la relación entre el tamaño de ambos, única en el sistema solar. Si observamos el resto de satélites de los planetas que rodean el Sol, únicamente cuatro son mayores en tamaño que la luna. Hablo de Ío, Ganímedes, Calixto y Titán. Pero estos satélites orbitan planetas gigantes: la masa de la luna es un 1,2% de la masa de la Tierra; es decir, que la luna es enorme en relación con la Tierra. Suele decirse por esto mismo que el sistema Tierra-Luna es un planeta doble. En esto sólo nos ganarían Plutón y Caronte, pero Plutón no es planeta desde 2006, así que no juega en la misma liga.  Llegados a este punto es casi forzoso establecer la hipótesis de cómo nació la luna. Para ello hay que viajar en el tiempo y en el espacio. En el tiempo, al año 1975, más concretamente a marzo de ese año; y en el espacio, a Houston, lugar donde se celebra cada mes de marzo una conferencia de ciencia lunar y planetaria. El caso es que ese año, Donald Davis y William Hartmann, sorprendieron a todos los asistentes a la conferencia con una teoría espectacular acerca de la formación de la luna. Para ellos, nuestro satélite era el resultado de la colisión de un gran planetesimal contra una Tierra recién formada. Esta teoría no caló mucho entre los científicos en aquel entonces y transcurrieron 10 años en los que la comunidad científica estuvo meditando el asunto sin prisas. La hipótesis de Donald y William indicaba que el choque no habría sido en la dirección del centro de masas, sino un choque lateral. Tamaña colisión vaporizó y lanzó al espacio una gran cantidad de material. ¿Cuánto? Pues debido al tamaño que posteriormente consiguió tener la luna, seguramente hablamos de aproximadamente el doble de la masa lunar actual. Esta cantidad de material sería en su mayor parte procedente del manto del propio impactor y el resto sería material terrestre: el núcleo del planetesimal se habría fundido con el de la Tierra. Huelga decir que este choque no acabó con nuestro planeta en mil pedazos de milagro. Pero, estamos aquí para contarlo, ¿verdad? En cuanto al material que salió despedido, no fue capaz de abandonar el campo gravitatorio terrestre, sino que formó un disco alrededor de nuestro planeta. Ese material fue formando una masa cada vez mayor por acreción gravitacional hasta formar la Luna y dejar limpia la zona. Esto, aunque pueda parecer que es un proceso lento, no lo es en absoluto y bastó únicamente un año para tener la luna formada. Esta agrupación de material es muy sencilla de simular con las computadoras de hoy en día, por lo que existe bastante consenso en cuanto al tiempo en que tardó en formarse nuestro satélite. Por cierto, la distancia a la que se formó la luna no tiene nada que ver con la distancia actual del satélite, que se está alejando de nosotros desde su formación, por las mareas, tal cual adelanté con anterioridad. Nació a unos cuatro radios terrestres y en unos pocos cientos de millones de años se situaba ya a unos 30 radios terrestres. Hoy en día se encuentra a unos 60 radios terrestres y continúa alejándose. Desde 1984, la hipótesis del Gran Impacto no ha hecho sigo ganar terreno y crecer en seguidores. Los modelos por ordenador indican que la velocidad del choque fue relativamente lenta, entre 11 y 15 km/s, aproximadamente la velocidad de escape de nuestro planeta. Esto no es sorprendente, puesto que al impactor se le supone que compartía órbita con nuestro planeta y probablemente se dio una colisión por alcance y no un choque frontal. En cuanto a la masa del impactor no está nada clara, pero la hipótesis arroja entre 0,1 y 0,5 masas terrestres. Y, con respecto al “cuándo”, las medidas radiométricas arrojan resultados algo dispares, pero el momento con más probabilidades nos sitúa unos 40 millones de años tras la formación de la Tierra. Ese fue, con mucha probabilidad, el momento en el que casi desaparece la Tierra y se formó nuestro satélite. Una luna que, casi con seguridad, ha jugado un papel fundamental en la evolución de la vida en la Tierra. Porque, sin ella, seguramente la influencia gravitacional de Júpiter habría provocado en la Tierra una oblicuidad caótica prácticamente incompatible con la vida, al menos con la vida superior. Esa vida con capacidad para admirarla y hacer, con ella y de ella, poesía.
El 14 de diciembre de 2009, NASA lanzaba al espacio un nuevo telescopio que ha resultado ser extremadamente productivo. Hablo del WISE, Wide-Field Infrared Survey Explorer. Se trata de un pequeño telescopio de unos 40 cm de diámetro destinado al estudio de la radiación infrarroja que llega hasta nuestro planeta procedente del espacio. En cierto modo, podríamos decir que es una evolución de su primo lejano, el IRAS. El WISE se lanzó con la intención de cubrir el 99% del cielo, tomando una serie de fotografías a un ritmo de una foto cada 11 segundos, y abarcando un campo en cada foto que equivaldría a tres veces el tamaño de la luna llena. Si tomas una fotografía de una región del cielo en un momento dado y realizas otra toma unos días más tarde de la misma región del cielo, las estrellas lejanas no habrán cambiado su posición. Sin embargo, los objetos más cercanos, dentro de nuestro Sistema Solar, como pueden ser los planetas, los cometas o los asteroides, se habrán movido con respecto a la fotografía anterior. Que había estrellas fijas y estrellas que se movían era algo conocido por nuestros antepasados. La palabra planeta, de hecho, significa “estrella errante”. Sin embargo, en el tema que quiero tratar hoy, los planetas no nos interesan mucho: sabemos que están ahí, conocemos bien sus órbitas, están perfectamente catalogados y no son peligrosos para nosotros. Pero, ¿qué ocurre cuando los puntos que se han movido son asteroides? ¿qué ocurre cuando tienen un tamaño considerable y al calcular la órbita descubrimos que están cerca, muy cerca y no los teníamos catalogados? Vamos primero con una definición. Asteroide es cualquiera de los muchos cuerpos rocosos o metálicos del Sistema Solar, ubicados la mayoría de ellos en una zona (el cinturón de asteroides), situada ente las órbitas de Marte y Júpiter; también se les conoce como planeta menor. Sus tamaños son muy variados y pueden ir desde los aproximadamente 1.000 km de diámetro de Ceres, que fue el primer asteroide descubierto, en 1801 (en 2006 se renombró a “planeta enano”); hasta menos de 10 m del más pequeño descubierto hasta ahora. Y, para terminar con este pequeño paréntesis, os cuento algo acerca de su origen: creemos que los asteroides se formaron mediante la acreción de cuerpos que tenían un tamaño cercano al metro, pero que no pudieron agregarse hasta formar un planeta debido a la fuerza gravitatoria de Júpiter, ya formado, cuando estos pequeños objetos se estaban agrupando. Es más, pensamos incluso que parte del material destinado a la formación Júpiter, pero que no llegó a utilizarse para este fin, pasó a formar parte de los asteroides y que las colisiones posteriores entre estos fragmentos contribuyó notablemente a romper objetos mayores. La mayoría de los meteoritos son fragmentos de asteroides. Aunque el grueso de asteroides se encuentra en el cinturón de asteroides, entre las órbitas de Marte y Júpiter, es decir, entre 2 y 4 UA (una UA, Unidad Astronómica, se define como la distancia Tierra-Sol y equivale a 150.000.000 km), existen grupos de asteroides en otras zonas más cercanas a nuestro planeta. Se trata de los asteroides del Grupo Amor, también conocidos como asteroides que rozan la Tierra; los asteroides del Grupo Apolo, también conocidos como asteroides que cruzan la órbita de la Tierra; y, por último, los asteroides del grupo Aten, otro conjunto de asteroides que cruzan la órbita de la Tierra y cuyas distancias promedio al Sol son menores que la de la Tierra. Los tres grupos anteriores forman parte de lo que los astrónomos denominan objetos NEO, de las siglas en inglés de Near Earth Object, que podríamos traducir como Objetos Cercanos a la Tierra. Un NEO también puede ser un cometa en un momento dado, si se aproxima lo suficiente a la Tierra como para entrar en esa categoría: la categoría del “peligro”. Sin duda, nos interesa mucho como especie tener controladas las órbitas de cuantos más objetos NEO mejor, ya que son potencialmente peligrosos, como demuestra la historia del planeta y sus extinciones masivas. Hablamos de objetos que, como cualquier asteroide y os señalé anteriormente, pueden tener tamaños que van desde metros hasta kilómetros.  WISE, entre otras cosas, se dedicó a eso: a evaluar la población de asteroides potencialmente peligrosos. Se ha centrado en el estudio de los asteroides cuyas órbitas no superen los ocho millones de km de la Tierra y que sean lo suficientemente grandes como para sobrevivir al paso de la atmósfera terrestre y causar daño local. El proyecto consistió en tomar una muestra visual de esos objetos NEO que más nos pueden interesar teniendo en cuenta su cercanía y tamaño para poder calcular sus órbitas con la mayor precisión posible y realizar una simulación que nos permita hacer predicciones sobre toda la población en su conjunto. Algo que no es nada sencillo, puesto que las pequeñas interacciones gravitacionales a las que pueden estar sometidos estos objetos, provocan una variación de la órbita difícilmente predecible debido a la imposibilidad de tener en cuenta todas esas pequeñas perturbaciones. Existen unos 32.000 objetos NEO catalogados ahora mismo. Unos, por la propia misión WISE y otros por la NEOWISE, que sucedió a la WISE y que ha finalizado el 31 de julio de 2024. No nos estresemos mucho por el final de la NEOWISE, porque NADSA está preparando la siguiente generación del proyecto: la NEO Surveyor, cuyo lanzamiento está programado para el año 2027. Por cierto, el final de la NEOWISE tiene que ver con el aumento de la actividad solar, que hace que la atmósfera de la Tierra se expanda y afecte a los satélites que están en órbita baja. La atmósfera, al penetrar en la zona de la órbita del satélite, lo frena. Al no disponer NEOWiSE de propulsores para corregir la órbita, simplemente se frena y terminó cayendo a la Tierra (deshaciéndose por completo en la atmósfera) el 2 de noviembre de 2024. Aunque WISE estudió galaxias, cometas, estrellas… la NEO Surveyor se dedicará en exclusividad, al estudio de los asteroides con el fin de detectar lo antes posible aquellos que sean potencialmente peligrosos. Asteroide 2024 YR4 El 2024 YR4 es un asteroide que pertenece a la categoría de los APOLO, objetos cercanos a la Tierra, que cruza la órbita de la Tierra. Fue descubierto el 27 de diciembre de 2024 por el sistema ATLAS (Sistema de Última Alerta de Impacto Terrestre de Asteroides) y, por el momento, tiene una probabilidad de impacto con la Tierra de un 3%, siendo la fecha de la cita el 22 de diciembre de 2032. De los primeros análisis que se han realizado de su espectro, se cree que es un asteroide rocoso tipo S, significando esto que es más denso al ser rico en metales tipo hierro y magnesio. Curiosamente, suelen estar en la zona del interior del cinturón de asteroides. En cuanto al tamaño, sólo podemos dar una estimación a partir del brillo y asumiendo los porcentajes de luz que el asteroide irradia hacia el espacio. Teniendo en cuenta esas posibilidades, su tamaño oscila entre los 30 y los 150 metros. NASA se inclina por los 50 metros, que es también el tamaño del meterorito que causó el cráter de Arizona o el “evento tunguska”, en 1908.
No lo negaré. La Astrobiología me fascina. Ese afán del ser humano por entender la vida es una de las características principales de nuestra especie. Y nadie podrá negar que es precisamente ese afán el que nos ha traído hasta aquí. Porque no es sino nuestra curiosidad la que nos ha hecho evolucionar y no conformarnos. La inteligencia ha demostrado ser el factor crucial en la evolución de las especies: ninguna otra es capaz de adaptarse al medio como lo hacemos nosotros. Y hemos llegado a un punto en el que no sólo nos adaptamos al medio: tenemos la capacidad de modificarlo. Detrás de nuestra evolución está nuestra curiosidad por aprender, por conocer el Universo, por entender sus leyes. Por entender la vida. ¿De qué estamos hechos? Ya lo vimos en programas anteriores. Principalmente de agua, pero también de átomos de carbono. La química biológica, la química orgánica, es la química del carbono, porque las moléculas que forman la vida tienen como átomo principal el carbono. Son moléculas que se forman por la unión del carbono con otros elementos. Si pensamos en términos astrobiológicos y tratamos de imaginarnos un ser extraterrestre hay una pregunta que surge por sí sola: ¿es el carbono un factor imprescindible para la vida? ¿Podría haber vida basada en otro átomo distinto del carbono? ¿Qué tiene el carbono de especial? Ante esa pregunta y, como científico, lo primero que se nos ocurre es buscar un átomo parecido al carbono. El átomo más parecido al carbono es el silicio. Y el lector avispado ya se habrá dado cuenta de que es el silicio el átomo en que se basan los chips de nuestros ordenadores. El silicio es el componente principal del cerebro de una computadora. Por eso resulta paradójico pensar que cuando la inteligencia artificial esté totalmente desarrollada (si tal hecho llegara a suceder), se basará en el silicio. No será vida como tal, ¿o sí? Quién sabe dónde está el límite de nuestra ingeniería. Recordemos nuestras dificultades para definir la vida. Pero sea lo que sea, se basará en el silicio. Volvamos a las cuestiones anteriores con respecto al carbono. El carbono es el cuarto elemento más abundante en el Universo. Podemos afirmar que no sabemos si hay vida en otras partes del Universo, pero lo que no podemos negar es que los ladrillos para fabricarla abundan. Supongamos que en vez de carbono, tratamos de utilizar silicio. En el caso particular de la Tierra, el silicio tendría una ventaja fundamental y es que es diez veces más abundante en la Tierra que el carbono. Digamos que hay más carbono que silicio en el Universo, pero hay más silicio que carbono en la Tierra. No en vano, la Tierra es un planeta de roca, cuestión esta última que no es baladí, como veremos más adelante. Pero continuemos. Aunque no quiero hacer de esto una clase de química, si que debo indicaros que ambos átomos tienen valencia cuatro. Esto, traducido al común de los mortales, significa que tiene cuatro brazos con lo que engancharse a otros cuatro átomos. Precisamente el símil nos vale para continuar, porque es precisamente esa valencia 4 la que le da una estructura perfecta para formar largas cadenas: dos enlaces con dos átomos de carbono juntos y otros dos enlaces libres para unirse a otros iones. En este punto ya empiezan las diferencias entre carbono y silicio: se conocen varios millones de moléculas cuya base es el átomo de carbono. Mientras que sólo se conocen unos pocos cientos de minerales de silicio. El motivo es muy sencillo, pero es vital para la química orgánica. El enlace C-C, carbono, carbono (digamos que un átomo de carbono utiliza dos brazos para coger los otros dos brazos del otro átomo de carbono y ambos dejan libres los otros dos brazos que les quedan para unirse con otros átomos de carbono o de otro tipo), el enlace C-C, os decía, es mucho más fuerte energéticamente hablando que el Si-Si. Es decir, cuesta mucho más romper un enlace carbono-carbono que un enlace silicio-silicio. Esto se traduce en que, si la cadena es muy larga, para el caso del silicio será una cadena muy frágil. Mientras que en el caso del carbono, por muy larga que sea, es robusta y cuesta romperla. Pero el silicio tiene una desventaja aún mayor con respecto al carbono. Se trata del oxígeno. La unión entre el silicio y el oxígeno es terriblemente fuerte. De hecho, el dióxido de silicio, SiO2, como tal no le dirá mucho al más común de los oyentes. Pero si os digo que el dióxido de silicio es más conocido como cuarzo, es decir, el componente básico de la arena, todos entenderéis la problemática. El dióxido de silicio es algo duro y sólido y, por tanto, complicado de utilizar en las reacciones químicas de la vida; es decir, es complicado de metabolizar. Mientras que el dióxido de carbono es un gas a temperaturas razonables para la vida; es muy metabolizable y, de hecho, es utilizado por la vida en el proceso básico de la fotosíntesis, entre otras cosas. Además, el enlace del monóxido de carbono, CO, es la mitad de débil que el del monóxido de silicio, SiO; es decir, que sólo se requiere la mitad de energía para separar el carbono del oxígeno que el silicio del oxígeno. Por tanto, el carbono puede quedar libre con facilidad y pasar a formar parte de la materia viva. El carbono es perfecto para la vida. Una última propiedad es que puede formar enlaces dobles con otros átomos de carbono. Pues bien, ese tipo de estructuras absorbe luz, tanto visible como ultravioleta. Nuestros ojos tienen una molécula encargada de detectar la luz visible y que, por tanto, nos permite ver. Sin la existencia de esa molécula, no podríamos ver. Se trata del retinol. Esta molécula es la prueba de la utilidad de los enlaces dobles del carbono. No sólo para nuestros ojos. Porque el retinol resulta básico también en la clorofila, utilizada por las plantas para obtener energía a partir de los rayos solares. El retinol es básico para la clorofila, que es básica para la fotosíntesis, que es básica para la existencia de plantas, que son básicas en la cadena biológica. Todo está entrelazado y el nexo común es el carbono. Este es un Universo especialmente construido para la vida. No hace falta que os diga que no se puede formar una molécula como el retinol utilizando el silicio, ¿verdad? Pues eso…
Resulta complicado definir la vida. Tan complicado es, que algunos piensan que podríamos darnos de bruces con algún tipo de vida extraterrestre sin tener conocimiento de ello. Quizá esto pueda parecer algo exagerado, pero no lo es realmente. Los últimos años están siendo muy especiales para la Astronomía. El descubrimiento de planetas fuera de nuestro Sistema Solar nos alienta a seguir buscando, aunque nos recuerda también que continuamos sin saber si la vida es algo común en el Universo o una excepción de nuestro planeta. Esto último no deja de ser algo presuntuoso en extremo. Pero la vida es demasiado compleja como para que la tratemos de otra forma que no sea “nuestro punto de vista”. Y los planetas que orbitan otras estrellas, más bien la confirmación de su existencia, nos permite, al menos, soñar que no estamos solos. Cuestión ésta filosófica a más no poder y, por tanto, apasionante. Al no tener una definición fácil de la vida, no nos queda más remedio que tomar un punto de vista humano. Y, desde ese punto de vista, podemos definir unos requisitos imprescindibles para la vida. Así, de hecho, son tratados estos requisitos en la mayor parte de la literatura científica: como requisitos que son teóricamente imprescindibles. Los nombro a continuación: Agua líquida Átomos de carbono Energía Nutrientes, esto es: nitrógeno, azufre, fósforo... Tiempo Muchos autores introducen el factor tiempo, dado que los anteriores requisitos deben trabajar durante una cantidad de tiempo considerable o, al menos, suficiente. Pero insisto: estos requisitos son para la vida que conocemos. No podemos estar seguros de que no exista un ser en todo el Universo que no requiera agua como líquido vital, o que no construya sus moléculas utilizando como base el carbono. La única certeza es que lo que entendemos por vida, la vida que conocemos, se basa en el agua líquida, en el carbono y en la obtención de energía a partir de nutrientes como el nitrógeno, azufre y fósforo entre otros. Pero los requisitos teóricos tienen cierta lógica. No han sido escogidos al azar, sino que tienen un fundamento claro. Nos basamos, es cierto, en la vida tal y como la conocemos. Pero no puede ser de otra manera. En el artículo de hoy vamos a analizar el agua como requisito fundamental para la vida.  El agua es un líquido especial. No sólo porque sea el más común en la Tierra, sino por sus propiedades tan especiales. Son tan especiales que para muchos son extrañas. La principal de todas ellas tiene que ver con su capacidad para perder densidad al solidificarse. El hielo flota. Es un hecho. Y es un hecho milagroso para la vida. ¿Cuántas eras glaciales han tenido lugar en nuestro planeta? Ni siquiera es necesario llegar a tal extremo glacial: bastaría con que un trozo de hielo no flotara y se sumergiera hasta el fondo para que nunca se deshelara debido a que nunca recibiría energía solar suficiente para descongelarlo. Es más, ese trozo de hielo, desde el fondo del mar, podría provocar la congelación de toda el agua marina del planeta. Sin embargo el hielo flota, con lo que queda expuesto a los rayos solares. Cada charca, cada lago del planeta que se hiele en invierno o durante una época indeterminada en años de frío extremo, permite que la vida sobreviva bajo la capa de hielo hasta que el calor consigue descongelarla. Es más, tenemos agua líquida en nuestros mares y océanos porque el hielo del ártico flota sobre el agua líquida, a modo de banquisa. Si el hielo del Polo Norte se hubiera ido al fondo, en nuestro planeta nunca habría habido vida. Al menos como la conocemos. Siempre la tan manida frase... Otra propiedad de la molécula de agua es su elevado calor específico. ¿Qué significa esto para el común de los mortales? Fácil: que es un magnífico regulador del clima. Es capaz de retener y reemitir grandes cantidades de calor, evitando que las temperaturas se hagan demasiado extremas y evitando, también, que haya mucha diferencia de temperatura entre el día y la noche. Lo anterior tiene mucho que ver con la forma de la molécula de agua. Su asimetría, con los dos átomos de hidrógeno (cargas positivas) a un lado y el oxígeno en el lado opuesto (carga negativa), convierte a la molécula de agua en un dipolo perfecto, por lo que es capaz de romper enlaces con gran facilidad. La química de la vida no es distinta a la química de lo inerte y los polos opuestos se atraen y los polos del mismo signo se repelen. ¿Qué significa esto para el común de los mortales? Fácil: que tiene una gran capacidad de funcionar como disolvente. Y este punto es vital para la vida, puesto que un medio líquido es el mejor entorno para poder repartir las sustancias químicas por todo un organismo vivo. Si alguna vez os habéis preguntado por qué existe un cierto consenso entre los científicos con respecto al origen marino de la vida en la Tierra, ya tenéis la respuesta: parece bastante lógico que la vida surgiera en el mar. Cuidado, la manida frase de nuevo... Y para darle más rotundidad a la afirmación, os doy un dato espectacular: del 60 al 95% de una célula (el porcentaje depende de la célula) de todo ser vivo, es agua. Repito: de TODO ser vivo. Dato que no podemos soslayar en nuestra argumentación. Da igual que seas un pez o una rata del desierto: la proporción se mantiene en la misma medida. Prácticamente nuestras células son agua con “algo” más. Otra característica fundamental del agua es que se trata de la sustancia común con mayor intervalo térmico entre sus puntos de ebullición y fusión. ¿Qué significa esto? Que hay muchos grados de diferencia entre la temperatura a la que el agua se convierte en hielo y la temperatura a la que el agua se convierte en gas. Analicemos una sustancia muy parecida al agua, sobre todo en el rango de temperaturas entre la fusión y la ebullición: el etano. Prácticamente presenta, como el agua, 100 grados centígrados de diferencia entre la fusión y la ebullición. Pero su punto de fusión, la temperatura a la que solidifica, es de -183ºC, mientras que el de ebullición es de -89ºC. Desde un punto de vista biológico, esta temperatura es mortal. Por cada descenso de 10ºC en la temperatura ambiente, la velocidad de las reacciones químicas se reduce aproximadamente a la mitad. Eso significa que a -100ºC, una reacción química es 2.000 veces más lenta que a 0ºC. Un organismo vivo que funcionase con tanta lentitud tendría un metabolismo enormemente lento... casi inerte. Lo cual no sería nada bueno para favorecer la evolución. La importancia del agua para la vida ha llevado a los Astrobiólogos a definir, en torno a las estrellas, la zona de habitabilidad: zona en la que un planeta con atmósfera tipo Tierra, podría albergar agua en su fase líquida. Esta zona depende, por supuesto, del tipo de estrella: una más brillante que otra tendría su zona de habitabilidad más alejada de ella que una estrella poco brillante. Pero la zona de habitabilidad es sólo una referencia curiosa: el descubrimiento posterior de océanos subterráneos en algunas lunas de los planetas gigantes en nuestro Sistema Solar, fuera de la zona de habitabilidad del Sol, que abarca desde la órbita de Venus a la de Marte, nos ha hecho replantearnos la utilidad del término. Aún así, los astrónomos siguen prefiriendo los exoplanetas en zonas habitables que fuera de ellas.
Astrobiología: un neologismo desde 1960. Desde los tiempos de Galileo, las ciencias astronómicas han avanzado enormemente. Nuestra tecnología nos permite tener hoy en día una cosmovisión, en un sentido astronómico, muy parecida a la realidad y muy distante de la visión de siglos atrás. Sin embargo, hay preguntas que siguen sin respuesta. Hemos tenido que acuñar neologismos impensables antaño, como la palabra exoplaneta y tenemos naves espaciales que han salido ya de los límites físicos de nuestro Sistema Solar. Uno de esos neologismos acuñado recientemente es la palabra Astrobiología. El término apareció en el año 1960, en un artículo que publicó en Science Joshua Lederberg, profesor de genética en la Universidad de Standford. En cierto modo, Astrobiología es un neologismo que no necesita mucha explicación. De hecho, Lederberg menciona el término pero en ningún momento explica su significado. Es obvio. Pero algunos, hoy en día, siguen dudando de que el tema de estudio de la Astrobiología exista realmente, como por ejemplo George Gaylord Simpson, gran biólogo evolutivo que, también en Science, publicó cuatro años después del artículo de Lederberg uno propio en el que afirmaba: “Esta ciencia tiene que demostrar que su tema de estudio existe”. Han pasado sesenta y cinco años desde el artículo de Lederberg y, en cierto modo, seguimos prácticamente igual: no hemos encontrado vida extraterrestre, ni tenemos restos fósiles hallados en otros planetas que demuestren que existió vida fuera de la Tierra, aunque sea en el pasado. Y eso, a pesar de que hoy, prácticamente todo astrónomo es astrobiólogo. En 2005, la revista Science publicó una encuesta entre varios científicos. Jeffrey Bada, reputado oceanógrafo, indicaba en aquel entonces que “ahora, casi todo el mundo es astrobiólogo. Hace diez años, no había ninguno”. Al igual que con el término exoplaneta, algunos científicos prefieren Exobiología a Astrobiología. Pero esto no deja de ser algo relacionado con el lenguaje. Lo importante es que todos tengamos claro que la Astrobiología se relaciona con la vida en el Universo, en el marco de la Astronomía y de las Ciencias Planetarias y, desde mi punto de vista, sí que tiene un tema de estudio claro. Un tema de estudio que obsesiona a algunos científicos, pero también al público en general. Volvamos a Bada. Si en 1960 se acuña el término Astrobiología y en 2005 todo el mundo es astrobiólogo, es evidente que algo debió de ocurrir entre medias. Y, desde luego, algo ocurrió. Algo que todavía hoy no está exento de cierta polémica. Fue en agosto de 1996, cuando se encontró una roca proveniente de Marte que presumiblemente contenía microfósiles. 1996 es, por tanto, el año en el que muchos fijan el nacimiento de esta nueva ciencia. Y hablo de nueva ciencia, aunque no esté exenta de suposiciones. Pero ciencia al fin y al cabo. Y ciencia que, además, ha conseguido aglutinar para un mismo objetivo a disciplinas muy dispares. Se entiende, por tanto, que la Astrobiología interese tanto a los científicos y también a la gente del común. No quiero ni imaginar qué pasará el día que se descubra un alienígena en toda regla. Pero esta ciencia tiene un gran problema. La vida. La definición de la vida, más bien. Francisco Anguita Virella y Gabriel Castilla Cañamero lo resumen muy bien en su libro “Planetas”, publicado por la editorial Rueda. Virella y Castilla recopilan cinco definiciones de vida dadas por científicos e intelectuales reputados que reflejo a continuación: Según Christian de Duve, Premio Nobel de Fisiología, “la vida es desequilibrio”. Para el astrofísico Carl Sagan, “un ser vivo es algo capaz de reproducirse, mutar y transmitir sus mutaciones”. “La vida es información y ADN replicable, al abrigo de una membrana”, dice Chris McKay, un astrobiólogo. Leslie Orgel, bioquímico, sostiene que “un ser vivo es un objeto complejo que contiene información, se reproduce, y evoluciona por selección natural”. Mientras que el premio Nobel de Fisiología Francis Crick se inclina por lo esotérico: “Por su complicación, la vida es casi un milagro. Pocas cosas hay más complicadas que definir la vida. Algunas de las definiciones anteriores se basan en cómo se transmite la información, o en la capacidad de mutar o de transmitir cambios. Muchos astrobiólogos reconocen que lo importante no es la definición, sino saber reconocer la vida cuando la encontremos. Pero no está claro que la vida extraterrestre se tenga que parecer tanto a la nuestra como para que la reconozcamos si nos damos de bruces con ella. No está nada claro. La definición de vida es un problema, pero es un problema salvable. La Astrobiología, como ciencia, establece una serie de requisitos teóricamente imprescindibles para la vida: agua líquida, carbono, energía y nutrientes, como el nitrógeno, el fósforo y el azufre. También es importante el factor tiempo, ya que todo lo anterior debe operar durante un lapso de tiempo suficiente. Pero no sabemos si todo ser vivo requiere agua como soporte vital. Y no sabemos si sus moléculas se construirán a base de carbono. De ahí que los científicos hablen siempre de “la vida que conocemos”.
Trabajar en la Antártida es muy duro. No sólo para los científicos. Para cualquier persona. Duro y peligroso. El viento frío castiga la piel. En tu mente debes tener siempre presente que no debes tocar nada metálico con las manos desnudas, sopena de sufrir terribles quemaduras. Nunca debe hacerse un movimiento violento. El Polo Sur es tan terrible, que enseguida puedes terminar agotado y desorientado. Y son precisamente las personas agotadas y desorientadas las que cometen los errores más graves. A menudo, errores fatales. Pero trabajar en la Antártida también tiene su recompensa y ese entorno tan duro bien puede revolucionar la ciencia con lo que tiene que decirnos. El 27 de diciembre de 1984, en la región antártica de Allan Hills, se ponía la primera piedra de lo que, posteriormente se convertiría en una nueva ciencia. Aquel día, Roberta Score encontraba la que, sin saberlo, iba a convertirse en la roca más analizada de todo el Sistema Solar: ALH84001, una roca de apenas 9 centímetros de grosor, un pequeño meteorito. Desde finales de la década de los sesenta, son innumerables las expediciones científicas a la Antártida para buscar meteoritos, ya que éstos se conservan perfectamente sobre la superficie del continente helado. Dentro de esos deseos por explorar y encontrar meteoritos en la Antártida, la National Science Foundations presenta anualmente un programa denominado Antarctic Meteorite. Y fue precisamente dentro de ese programa, en 1984, cuando Roberta Score descubrió ALH84001. En un principio, el meteorito parecía ser una diogenita; es decir, un meteorito basáltico del cinturón de asteroides. Sin embargo, 1993, tras una serie de pruebas químicas realizadas, los científicos abandonaron la idea de que era una diogenita y descubrieron que se trataba de un meteorito proveniente de Marte. Es decir, lo que Score había encontrado era un trozo de roca que, en algún momento del pasado, formaba parte del terreno marciano y que, a consecuencia del impacto de otro meteorito sobre el planeta rojo hace unos 16 millones de años, fue lanzado al espacio hasta que se cruzó en su camino con nuestro planeta, cayendo en la región mencionada de la Antártida. Llegó incluso a datarse la fecha del impacto con la Tierra: hace aproximadamente 13.000 años. La roca en sí, tenía una antigüedad de unos 4.000 millones de años, lo que la situaba como una de las rocas más antiguas del sistema solar. Nos enseñaba, por tanto, un Marte extremadamente joven. En 1996 saltaba la noticia: aunque la roca era de origen magmático, contenía carbonatos depositados en sus grietas hace 4.000 millones de años. En Marte, los carbonatos son muy raros. Y en la Tierra, están asociados casi siempre (nunca olvidar el ‘casi’) a los seres vivos. Se encontró también magnetita, un mineral producido por bacterias terrestres y una serie de óxidos y sulfuros que podrían haber sido originados por los desequilibrios químicos producidos por la acción bacteriana. Como nota final no discordante, en el meteorito se hallaron también unas formas alargadas que los científicos interpretaron como bacterias fósiles. Y ALH84001 se hizo famoso haciendo resurgir del olvido el neologismo ‘astrobiología’, palabra que apareció por primera vez en 1960, creando una nueva ciencia, una nueva ciencia que debía encontrar su lugar buscando, primeramente ,alternativas razonables a las biológicas. En este caso, se trataba de dar explicación conjunta a unos hechos observables en el meteorito. La magnetita es un mineral generado por bacterias terrestres: uno puede pensar que bacterias similares la crearon en Marte hace 4.000 millones de años o pensar que fueron las bacterias de la Tierra las que pudieron generar la magnetita de ALH84001 en el periodo de tiempo en que dicha roca ha permanecido en nuestro planeta. Había que sembrar las dudas de la misma manera con todos y cada uno de los hechos observables supuestamente biológicos encontrados en la roca. Si uno recopila todos los artículos que han aparecido sobre ALH84001, llegará a la conclusión de que, efectivamente, se trata de la roca más analizada de todo nuestro Sistema Solar y que la astrobiología nació con fuerza. Y, analizando precisamente los resultados aportados por cada publicación, uno podría afirmar que todas las pruebas de vida extraterrestre del meteorito han encontrado una explicación alternativa que no implica la existencia de vida en Marte. Sin embargo, esto no prueba que las huellas de vida no sean eso mismo: huellas de vida. Por ejemplo, en el año 2004, un equipo del Johnson Space Center liderado por D.C. Golden parecía arrojar dudas sobre los trabajos anteriores que pretendían un origen extraterrestre para las pruebas de vida de ALH84001, afirmando que habían encontrado la forma de generar magnetita exactamente igual a la encontrada en el ALH84001, de manera artificial en un laboratorio. En realidad, los trabajos de Golden no demostraban que no hubiera sido una bacteria el origen de la magnetita. Simplemente demostraba que había otras formas ajenas a procesos biológicos de generar magnetita, además de la acción bacteriana. Por contra, en 2011, un equipo de investigadores del Johnson Space Center liderados por Thomas Keprta volvieron a la carga afirmando que las nuevas tecnologías aplicadas al estudio del meteorito desvelaban que la causa más probable para la generación de magnetita era bacteriana, reavivando el debate.  Aún hoy, para unos, las pruebas de vida de ALH84001 se deben a contaminación terrestre y a procesos inorgánicos capaces de generar los mismos resultados que las bacterias. Para otros, ALH84001 contiene fuertes evidencias de que la vida existió en un Marte joven, un Marte del pasado que, al igual que el Marte de hoy, sigue fascinando a los científicos.
Episodio 12- Milton Humason (1891-1972), el astrónomo que se convirtió en mulero. Hemos hablado ya de Henrietta Leavitt, cuyo excelente trabajo con las variables cefeidas permitió a Hubble establecer las distancias a las galaxias más lejanas al actuar las cefeidas como faros. Posteriormente Hubble descubrió que las galaxias se alejaban de nosotros más rápido cuanto más lejos. Pero nos falta una tercera persona clave para este último descubrimiento: Milton Humason, el mulero. En los primeros años del siglo pasado se estaba construyendo en el monte Wilson, que dominaba lo que eran entonces los cielos transparentes de Los Ángeles, el telescopio más grande del mundo destinado a descubrir el desplazamiento hacia el rojo de galaxias remotas. Había que transportar a la cima de la montaña grandes piezas de telescopio, un trabajo adecuado para recuas de mulas. Un joven mulero llamado Milton Humason ayudaba a transportar equipo mecánico y óptico, científicos, ingenieros y dignatarios montaña arriba. Humason conducía montado a caballo la columna de mulas, llevando a su terrier blanco puesto de pie detrás de la silla con sus patas delanteras sobre los hombros de Humason. Era un hombre útil para todo, que mascaba tabaco, gran jugador de cartas y lo que entonces se llamaba “especialista en señoras”. Su educación formal no había pasado de octavo grado, pero era brillante y curioso, y de natural inquisitivo, interesado por el equipo que había transportado laboriosamente a las alturas. Humason hacía compañía a la hija de uno de los ingenieros del observatorio, el cual veía con reserva que su hija saliera con un joven fumador cuya ambición no pasaba de ser mulero. De este modo Humason se encargó de trabajos diversos en el observatorio: ayudante del electricista, portero, fregaba los suelos del telescopio que había ayudado a construir. Una noche, según cuenta la historia, el ayudante del telescopio se puso enfermo y pidieron a Humason si podía ayudarlos. Demostró tanta destreza y cuidado con los instrumentos que pronto se convirtió en operador permanente del telescopio y ayudante de observación. Después de la primera guerra mundial llegó a Monte Wilson Edwin Hubble, que pronto iba a ser famoso: una persona brillante, refinada, sociable fuera de la comunidad astronómica, con un acento inglés adquirido en su único año con la beca Rhodes en Oxford. Fue Hubble quien proporcionó la demostración definitiva de que las nebulosas espirales eran en realidad “universos islas”, agregados distantes de cantidades enormes de estrellas, como nuestra propia Vía Láctea. Hubble y Humason se llevaron espléndidamente, formando una pareja, quizás impredecible, que trabajaba conjuntamente y de modo armonioso en el telescopio. Siguieron una indicación del astrónomo V.M.Slipher del observatorio Lowell, y empezaron a medir los espectros de galaxias distantes. Pronto quedó claro que Humason era más capaz de obtener espectros de alta cualidad de galaxias distantes que cualquier astrónomo profesional del mundo. Se convirtió en miembro de la plantilla del observatorio Monte Wilson. El análisis de esos espectros conseguidos por Humason fue toda una revelación para la pareja Hubble-Humason: los espectros presentaban un “efecto Doppler” en la luz que nos llegaba de las galaxias. Cuanto más lejos, más rojo (onda más larga): por eso los astrónomos hablamos de “corrimiento hacia el rojo de las líneas espectrales”. Ese efecto Doppler es similar al que se produce con las ondas sonoras. Cuando un vehículo se aleja, el sonido nos parece más grave (ondas sonoras más largas) que cuando se acerca. Así, Hubble puedo establecer la ley que lleva su nombre, aunque el trabajo realizado por Humason fue invalorable, ya que esos espectros fueron la prueba de que las galaxias se alejaban más rápido cuando más lejos. Reconocimientos: Fue Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lund, en Suecia, en 1950. Cráter Humason en la Luna: es muy pequeño, 4 Km de diámetro.
Henrietta Swan Leavitt nació en Massachusetts, el 4 de julio de 1868 y murió el 12 de diciembre de 1921. Se graduó en el Radcliffe College a los 24 años y pasó a trabajar como voluntaria en el Observatorio del Hardvard College, junto con un grupo de mujeres a las que sus colegas masculinos denominaban “computers” por el tipo de tareas mecánicas que realizaban: examinar placas fotográficas, hacer engorrosos cálculos. En definitiva, un trabajo poco reconocido y valorado. De hecho, el trabajo de Leavitt se lo anotaban sus superiores Edward Pickering y Edwin Hubble como propio. En 1908, descubrió la relación periodo-luminosidad de las estrellas variables cefeidas. Tras analizar miles de placas fotográficas, Leavitt publicó un trabajo donde explicaba que, según los datos analizados, esas estrellas palpitaban con un ritmo regular y tenían una mayor luminosidad cuanto más largo era el periodo: consiguió calibrar la relación periodo-luminosidad. El trabajo se titulaba “Periodos de 25 estrellas variables en la pequeña Nube de Magallanes”. Tenía tres páginas y, por supuesto, iba firmado por Pickering. En 1912, utilizando métodos de triangulación, Ejnar Hertzsprung consiguió determinar la distancia a algunas de esas estrellas variables. La unión del trabajo de Hertzsprung con el de Leavitt sirvió para determinar con mucha exactitud la distancia a cualquier estrella variable: al identificar una cefeida en una galaxia y medir su periodo de pulsación, se obtenía inmediatamente su luminosidad real y, al comprar la luminosidad real con la aparente se obtenía la distancia a la galaxia. En 1918 se consiguió medir el tamaño de nuestra Vía Láctea analizando la distancia de las estrellas variables que se situaban en la frontera de la misma. Utilizando las observaciones de Leavitt y buena parte de su formulación matemática, Hubble pudo, por fin, medir la distancia a las galaxias más lejanas, comprobar que se alejaban de nosotros cuanto más lejos estaban (ley de Hubble) y explicar, por tanto, que nos encontramos en un Universo en expansión. Consiguió de hecho dar una primera aproximación al tamaño del Universo, gracias al trabajo de Leavitt.  Henrietta Leavitt dedicó su vida a la ciencia. Sus desarrollos se siguen utilizando hoy en día para conocer las distancias a nuevas galaxias donde se encuentren estrellas variables. Y Henrietta no recibió ni siquiera una medalla, ni premio. Su vida sigue siendo un misterio porque apenas hay libros que hablen de ella. Durante toda su vida, su título oficial fue el de “ayudante” (assistent). Nada más entrar en el Observatorio comenzó a aquejarle una enfermedad que le afectó al oído, dejándola prácticamente sorda el resto de su vida. Y, finalmente, el cáncer la premió acabando con su vida a los 53 años. Cuatro años después de la muerte de Leavitt, el matemático sueco Gösta Mittag-Leffer escribió una carta a Henrietta. Quería proponerla para el premio Nobel por sus trabajos sobre las estrellas variables. Los Nobel nunca se entregan a título póstumo, por lo que Henrietta nunca llegó a ser nominada. La siguiente lista de los bienes legados por Henrietta a su madre al morir da cuenta de su pobreza tras una vida dedicada a la ciencia. Una librería y libros, 5 dólares  Atril, 1 dólar  Mesa, 5 dólares  Silla, 2 dólares  Alfombra, 4 dólares  Mesa de trabajo, 5 dólares  Cama con cabecero, 15 dólares  Dos colchones, 10 dólares  Un bono por valor de 100 dólares, otro por 96,33 dólares, dos de 50 y otro de 48,56 (Total: 344,89 dólares). Y como existen las calculadoras de inflación nos quedarían unos 4200 dólares de hoy en día. A modo de homenaje, Leavitt da su nombre a un asteroide, el 5383-Leavitt y tiene un cráter en la luna, el Crater-Leavitt. Por cierto, estas estrellas variables se llaman “cefeidas” porque la estrella prototípica de este tipo es la estrella Delta Cephei, en la constelación de Cefeo. (delta indica que es la cuarta estrella más brillante de la constelación).
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