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Author: La Montonera prod.
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© 2026 La Montonera prod.
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Un podcast donde damos rienda suelta al triángulo de nuestras cosas favoritas: la política, la cultura pop y la actualidad. @podcastpol
Política en serio en tiempos de memes, whatsapp y gifs de gatitos.
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Quedan aún doscientos años para que nuestro calendario empiece a contar los años hacia delante. En el territorio de la actual India, redes de iniciados budistas y jainistas perfeccionan un complejo conjunto de técnicas para liberarse del sufrimiento y de una condición miserable bajo la hegemonía de la religión védica de las élites. Su problema no es menor, ni en el terreno político ni metafísico. Se trata de sustraerse del encarcelamiento en el samsara, un ciclo de reencarnaciones al que se entienden sujetos en tanto no sean capaces de librarse de su yo, en favor de un Sí abstracto y cumplir, de este modo, su verdadero propósito en el mundo. Se trata de abandonar la falsedad del reflejo fenomenológico de lo mundano y dominar los sentidos en una dirección muy distinta.
En 2026, redes de practicantes de unas técnicas que hunden su linaje en aquéllas no quieren sustraerse de ninguna vuelta al mundo sin final. Lidian, más bien, con la ansiedad, un laberinto de complejos, la abulia o la pérdida de sentido. Si quieren dominar su cuerpo y sus sentidos es para, primero, conocerse y, con ello, perfeccionarse. Quizá también con ciertos indicadores de productividad y los cuerpos que ven en Instagram. Quieren evolucionar para imponerse a esas condiciones mundanas o al menos para adaptarse a ellas, para aceptarlas o, mejor, ser resilientes. Si nada de esto es finalmente posible, el esfuerzo les rentará como un rato de desconexión, mejor coordinación y un vientre -ojalá- un poco más plano. Nadie tiene en mente retirarse del mundo, más allá de 10 días en Semana Santa, pero sería deseable defender algo de paz interna en mitad de todo este ruido.
En nuestra serie de episodios sobre subjetividades contemporáneas, ponemos otra baldosa a partir del libro de la filósofa y maestra de yoga Zineb Fahsi, Zineb (2025), El yoga, nuevo espíritu del capitalismo, publicado por La Cebra y traducido por Elina Kohen. Respecto a esta gran reformulación del yoga, lo primero que deja claro Fashi es que no tiene sentido analizar dichos desplazamientos en términos de (pérdida de) autenticidad. El yoga auténtico, si por ello se entiende el producido en el contexto indio, ha vivido también numerosas transformaciones que lo han aproximado a cuestiones tan poco espirituales como el control postural, el autogobierno, la virilidad o el nacionalismo.
Tampoco el objetivo es desvelar algo así como la gran conspiración del yoga. Es decir, denunciar por fin que esas personas cercanas que hacen todo lo posible por rebajar los dolores de espalda y del espíritu son en realidad agentes infiltrados del neoliberalismo y del desprecio por la justicia social. Al contrario, Fashi cita estudios sociológicos en el contexto norteamericano y francés que muestran una fuerte afinidad cultural, axiológica y política de esas poblaciones con las nuestras. La cuestión es entender, más bien, de qué manera esas prácticas de liberación han trabado afinidad con otras espiritualidades y éticas afines al neoliberalismo, como el nuevo pensamiento, la teosofía o la biomoral y han llegado a conformar una masa de sentido en la que prima la psicologización del bienestar, la autorresponsabilización por las condiciones de vida y las emociones asociadas o un optimismo desaforado en la capacidad del yo para influir sobre el despliegue de la realidad.
En un mundo en el que no es posible concebir la vida social sin su catálogo de prácticas de sí, la preocupación de Fashi, a la que sumamos la nuestra a lo largo de esta serie de episodios, se refiere no a cuánto de esas prácticas de sí sustraen fuerzas de una acción más explícitamente política, sino a cómo esas prácticas se pueden vivir y orientar de otro modo: a la construcción de comunidad y no de la fantasía de un yo todopoderoso, al discernimiento de lo real para su transformación y no solo a métodos para adaptarnos o para prevalecer sobre otros. Namasté.
23F: Anatomía de un mito
En 2025 se ha cumplido medio siglo de la muerte de Franco. Ahora que el año se acaba, ya puede confirmarse que, sea por indolencia o por impotencia, no se ha producido ningún acontecimiento ni discusión política de impacto relacionadas con el tema. De manera aproximada, la única excepción a todo esto ha sido una serie, Anatomía de un instante, dirigida por la mano de referencia en el cine social o político español, Alberto Rodríguez, producida por Movistar, no en vano, el mayor grupo de comunicación privado con una participación pública significativa, y basada en una novela de Javier Cercas, quizá el exponente más claro de lo que a estas alturas sea un intelectual orgánico de toda la vida. En síntesis, lo que se quiere subrayar con esta fotografía es que la serie que se estrenó el 20 de noviembre no es una perspectiva sobre el franquismo y la transición, sino la perspectiva sobre el franquismo y la transición, lo que nos permite examinar en qué situación está la mirada hegemónica sobre estas cosas.
Estructurar el relato en torno a un puñado de personas y a un momento -como se sabe, esta obra toma la entrada de Tejero en el Congreso en 1981 para analizar el cómo se llegó aquí desde la perspectiva de Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado- hace posible hablar de la historia reciente de España mientras se elude el problema del desgaste de sus otros elementos fundacionales. Desde hace años, la transición no vive revisiones que no sean críticas y los héroes de su lectura canónica han experimentado un proceso de desprestigio y extrañamiento del que Juan Carlos o Felipe pueden ser buena medida. Por su parte, la Constitución, elemento irreformable pero al mismo tiempo compatible con cualquier estrategia política, ha devenido de facto irrelevante y ha desaparecido del campo de discusión.
En cambio, el 23F mantiene buena salud como mito fundacional de la democracia española. Cuenta con sus héroes, con sus distintas tramas superpuestas -a las que alude el último capítulo de la serie, “Todos los golpes del golpe”- y con profundas conexiones históricas e identitarias. Es el asunto histórico, pero también mítico, destinado a moralizar a cada generación que lo vive o lo escucha. En su momento, como el truco de Ozymandias, dibujó el límite de lo político que se operativizó enseguida con los Pactos de la Moncloa. Seguramente hoy la mirada palaciega y a la Sorkin sobre algunos pocos hombres de Estado que hace la serie sea un llamado a los dos partidos alfa para que abandonen sus proyectos de hegemonizar a una parte del país y vuelvan al redil de la gran coalición, del que la política nunca debió sacarlos. Y a nosotros, como espectadores, a que vayamos entendiéndolo.
Anatomía de un instante es una política elevada hecha con muy pocos ladrillos. Un homenaje a la sala de los adultos, en el momento en el que más dudas tenemos sobre la capacidad de sus ocupantes y menos sobre que vayamos a ser invitados alguna vez. Una fábula que nos enseña que el peligro está ahí afuera, pero que no tenemos nada que temer si nos ponemos en manos de gente que sabe lo que hace, esto es, que sabe aparcar sus diferencias -esto es, que sabe aparcarnos - en pos de un bien mayor. Anatomía de un instante es, al mismo tiempo, la reedición del mito fundacional del 23F, nuestra serie del año y el mensaje del rey emitido este año en cuatro capítulos. Pásenlo todo lo bien que puedan.
(edición de audio a cargo de Marco Flecha)
“Eres el CEO de tu vida”. En las postrimerías del siglo XX, Tom Peters colaba esta maldición dentro de su libro, pionero, “50 claves para hacer de usted una marca”. A partir de ahí, usted ya no es quien trabaja por un salario en ese asunto tan aburrido de explicar, usted es a la vez el producto y quien lo produce. Con pasión, sin confort; con followers, sin derechos. Queda inaugurado el siglo.
25 años después, cuando el humor observacional y cínico de Pantomima Full representa un espacio de trabajo, el punto álgido de la fiesta ya ha pasado y donde había épica queda comedia, patetismo y cringe. Quienes trabajan ahí ni siquiera han conocido de segunda mano los beneficios de todo eso. Algunos están jugando con el dinero de sus padres -que ya venían jugando con el dinero de Hacienda-, unos pocos se lo creen, otros más están perdidos y la mayoría comparten oficina con la fe en el emprendimiento que tiene en la comundiad quien comparte piso a partir de lo 35.
En este episodio hemos convocado a Javier Zamora García, autor de “Brillar para existir. Neoliberalismo y marca personal en la era de las redes sociales digitales” (CEPC, 2024) para hablar de esta cultura empresarial y de sus daños colaterales. Su investigación hace correr en paralelo las transformaciones económicas y laborales asociadas a la financiarización y al posfordismo con las innovaciones en el campo de la subjetividad de los pobres, es decir, quienes no tenemos más remedio que ser el CEO de nuestra vida. En un contexto de derribo de la seguridad laboral y vital, todos estos mensajes sobre la épica del emprendimiento y la construcción de la marca personal ofrecen un salvavidas - pinchado - a los trabajadores más desclasados y un marco de legitimación bien inyectado de PR al destrozo global. La cuestión es qué efecto ha tenido sobre el alma y las espaldas de todos esos cuerpos 25 años de tormenta discursiva, cuál es el balance de heridos del choque entre el mindundi con internet y las ideologías diseñadas para tecnomagnates y – usted está aquí - qué queda cuando la farsa se desvela pero los actores no pueden salir del teatro.
En el coworking de Entrepreneurs hay de todo, pero en el mercado no. La nueva economía se ha reducido a las plataformas para las que trabajan en la práctica todos esos nuevos CEO y a la creación de momentos de atención en los que colocar los productos de siempre. Es decir, trabajo subordinado y servicios de publicidad. La materia prima de todo ello son una mayoría de trabajadoras a quienes les cambiaron las reglas de juego a mitad de partido: del fórmate del instituto hasta el “tu visibilidad es más importante que tu habilidad”, de Montoya y Vandehey en “La marca llamada Tú” (2003). Y una minoría creciente de juventudes descreídas, huyendo de las cosultoras, como sus progenitores de las oficinas, como sus antecesores de la fábrica y del campo. Un capítulo más en la historia de fuerza, cuentos y fingimientos.
El montañismo o “hacer montaña” es una actividad extraña. Usted está aquí y la cima está ahí, bastante lejos en tanto que bastante alta respecto al área en la que usted desarrolla su vida cotidiana. No tiene utilidad subir porque arriba no hay nada. De hecho usted se encuentra abajo porque gente más antigua que usted prefirió construir, sembrar y pastar donde efectivamente el terreno era algo más plano y algo más verde, cada cual según sus circunstancias. Y sin embargo se sube. A veces, como parte de una competición, supersticiosa o esponsorizada, con uno mismo o con otro grupo rival. A veces, como procesamiento de una verdad sobre lo que somos juntes, en tanto comunidad y ecosistema.
En todo caso, se sube con unas implicaciones interindividuales pero también políticas. La propuesta de hoy es, de hecho, hablar con Pablo Batalla Cueto sobre “La bandera en la cumbre. Una historia política del montañismo”, donde, como el propio nombre del libro y al ubicación de este texto indican, se politiza -ese gesto que enfurece a cualquier director de vuelta ciclista- el montañismo.
La tesis de Batalla no es que la gente haya subido o suba montañas por política. Cosas más “inútiles” se hacen con ese objetivo, pero mucho hay que forzar la mirada para ver el alpinismo como una actividad principalmente política. La tesis es, más bien, que hacer montaña se sincroniza con procesos y acciones explícitamente políticas, las traduce también en valores y arquetipos de mejor circulación, a veces como héroes y heroínas y otras veces como metáforas. Y, por supuesto, mientras se hace montaña se produce un impacto sobre las personas y las cosas que es politizante. Ahora bien, como ya ocurría en un ensayo anterior, La ira azul: El sueño milenario de la Revolución (Trea, 2023), los procesos y las acciones políticas no tienen ni un solo color ni una sola motivación, sino distintas capas entre las que se desliza el sentido de lo que ocurre y de lo que se hace, que, como todo lo que ocurre y lo que se hace, cambia por la propia acción del ocurrir y del hacer. Por eso, es posible encontrar un montañismo liberal y neoliberal, nacionalista, conservador y fascista, feminista y LGTBIQ+, islamista, cristiano, judío, comunista, anarquista, ecologista, animalista, anticapi o socialdemócrata. Una visión de la montaña y de “hacerla” que es una visión del mundo en función de valores estrella de cada posición: la montaña como espacio de fraternidad, igualdad y equilibrio, pero también de violencia, individualismo y jerarquía.
Nuestra intuición es que la montaña, como forma territorio, sirve como escenario de nuestra genealogía política pero también de nuestros dilemas contemporáneos. Entre las visiones que quieren poner al territorio al servicio del bien común en abstracto y las que identifican el riesgo de mercantilización y profanación de su sagrado que eso implica. Entre la masificación y la jerarquía. La vida y la identidad. Por ahí cabe seguir el ascenso.
Una novedad radical
El largo camino hacia la emancipación ha estado sazonado e incluso enmarcado en un extenso catálogo de metáforas destinadas a enfatizar la idea de continuidad de un proyecto que venía de tan atrás como de desobediencia a un poder injusto y que no concluiría hasta la liberación completa de la vida. Este ethos, de análisis y de trabajo geológicos pero también de aceleraciones volcánicas, introducía las pequeñas victorias en la narración de enormes avances y ponía las derrotas y las sequías en un juego pendular, nunca definitivo.
Si el libro de Xan López “El fin de la paciencia” (Anagrama, 2025) tiene un mensaje, es que esa vieja virtud carece hoy de sentido. Que la senda de la emancipación, si quiere discurrir por contextos fieles a tal idea, no puede ser larga porque, más allá de determinadas condiciones climáticas, no hay camino como tal. Por supuesto, no somos la primera generación que sienten esta tarea como urgente. Otras se han jugado, en procesos históricos acelerados, su supervivencia o sus formas de vida, pero sí tenemos hoy todo tipo de certezas de que, de no invertir de forma abrupta algunos resultados de nuestra organización social, como las emisiones de carbono, el campo de posibilidades políticas se reducirá tanto a la supervivencia y la guerra por recursos y hábitats escasos que el juego completo habrá cambiado a uno mucho más difícil de ganar.
López deja claro que nuestras posibilidades de hacer política climática están trenzadas por la confluencia de dos tradiciones: nuestra tradición política y nuestra tradición científica. Mientras que la segunda ha evolucionado hasta darnos la oportunidad de desatar algunos nudos que eran insalvables hace un tiempo, la segunda permanece constante en sus métodos y respuestas. Nuestra tradición ha delimitado la cuestión climática como irresoluble dentro del capitalismo, tanto por falta de medios técnicos como de opciones políticas, pero los avances en las posibilidades de electrificación sin emisiones y la misma reconfiguración del campo político en las ruinas del post-2008 del neoliberalismo han cambiado el escenario. El problema se ha vuelto por entero político.
Si no estamos ante un déficit de conocimiento ni ante una barrera tecno-científica inevitable ¿qué nos impide morder la cuestión climática con la pasión, la inteligencia y el pragmatismo de aquellos seres a quienes les va la vida en ello? En una dimensión individual, solemos despreciar la digestión personal e incluso espiritual de esta vivencia política de la incertidumbre. Aunque nuestros marcos de análisis son socialistas, las vidas cotidianas de quienes conocemos se sustentan en premisas de continuidad y pactos íntimos de estabilidad con el futuro. Están llenas, de hecho, de ejercicios espirituales que performan nuestra capacidad de mantener el mundo tal y como es, e incluso de intervenir sobre él, desde la banalización del estoicismo a tip list, hasta decisiones profundas sobre estudios, crianza y cuidados.
Por otro lado y contra lo apremiante de la situación, la discusión política se mueve entre la reiteración de la espera en marcos analíticos y activistas heredados, la pulsión esquizogenética de una existencia política por distinción entre las pymes de la izquierda, el enaltecimiento del término medio como ingrediente secreto de las grandes alianzas y una lectura abstracta de cualquier avance concreto como un “hacerle el juego” al capital. Hay, entonces, razones para el optimismo en espacios técnicos, económicos y de opinión pública donde nunca los hubiéramos sospechado y enormes debilidades en los cimientos de nuestras formas políticas de estar y actuar sobre el mundo. Una paradoja que no tenemos mucho tiempo para desanudar. Bienvenides a la séptima temporada.
Ningún debate político es ingenuo. Desde luego no lo es el que arrastramos en los últimos tiempos sobre la vitalidad del ciclo político iniciado en las plazas hace casi 15 años: ¿se cerró con el gobierno de coalición? ¿o antes, con la Conjura de las Madalenas? ¿o antes, en Vistalegre II? ¿o en el I? ¿o estamos hablando más bien de una ficción nacional que hemos elevado al nivel de la Transición? Cada respuesta viene con su pliego de cargos, su picota, su ya-lo-decíamos-nosotros y su solución sospechosamente parecida a la misma que el hablante ha enunciado durante las últimas décadas. Sin embargo, si las lecturas de mayor circulación sobre el cierre del ciclo resaltan por algo es por su contribución a abonar el lema de nuestro tiempo: no se puede, con su involución largoplacista ‒creceremos en la derrota‒, tan movimientos fin de siglo, o con su presentismo sanchista ‒no se puede ganar: soñemos con el empate‒, tan cara a los partidos de la Transición.
Al hablar, en el último capítulo de esta temporada, con Vicente Rubio Pueyo sobre su libro, Un país entre dos tiempos (Lengua de Trapo 2025), queríamos hacer lo contrario, como ya hicimos en nuestra charla con Marta G. Franco sobre las victorias y robos de internet (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/podcast-or-reconquistar-internet-otras-historias-politicas-digitales-frente-internacional-del-odio). Queríamos repasar algunas victorias. Las victorias de esta época no son grandes avances, consolidados después en cambios constitucionales, nuevas infraestructuras sociales y vidas más tranquilas por generaciones, sino innovaciones epistémico-políticas que abrían escenarios y relaciones antes imposibles.
Muchas de estas relaciones se formaron en torno al municipalismo. Aquí se produjo una identificación, incorporada ya al acervo político, de la ciudad como una capa relevante de la máquina de crecimiento y expolio, de cosas y de almas, pero también más dependiente de la acción popular. La apuesta municipalista puede verse como la realización, hasta el último rincón del país, de un caudal político desbordante, pero también como un elemento clave de la reforma democratizadora y plurinacional del país, que intenta atraer más asuntos políticos hacia las esferas en las que más evidente es el devenir plebeyo del poder ciudadano-vecinal desde el siglo XIX (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/hace-150-anos-todo-esto-era-republica).
Otras se sustanciaron en Podemos y el asalto al poder territorial autonómico y estatal, de corte tan populista como tecnocrático. Tiene sentido pensar hoy que esta hipótesis se formula como la inversión del no se puede, es decir, como el conocimiento de que la crisis no solo se transforma en shock y desposesión, sino que puede tener una salida maximalista o que puede tenerla solo en esos términos sin techo. Esta apuesta no ha sido capaz de sostenerle al PSOE y a otras opciones progresistas el pulso de ser una alternativa capaz de canalizar hacia una segunda Transición a fuerzas políticas que se movieran dentro y fuera del espacio conocido de la izquierda, pero sí ha podido medir las lindes del régimen del 78 y expandirlas un tanto. Sin ese intento ingenuo, en el sentido literal de pensarse y operar como si no hubiera límites, no hubiéramos sumado, a lo que sabíamos de los bancos y la gran trama financiera-UE, lo que sabemos hoy de los medios de comunicación, el lawfare o las interioridades del Estado. En último término, lo formado desde 2020 dibuja, con una claridad ausente en el bipartidismo, que existe en el país un bloque político viable de transformaciones a largo, en el que eventualmente podemos ser minoría, pero que solo vive en tanto lo empujamos.
Cerrar un ciclo no es, en este caso, motivo de alegría, pero sí el inicio de una conversación sobre el presente y lo que sigue. Si las derrotas son siempre sufridas, más odioso resulta no poder identificar, ni cuando se tienen delante, las victorias. Buen verano.
Más complicado que arrebatarle el poder a alguien es conseguir que te lo entregue desde el convencimiento de que es lo mejor que le ha podido ocurrir. Existe, de hecho, una larga y bien financiada corriente de pensamiento destinada a indagar sobre cómo recibir ese poder, cómo gobernar mejor, con menos fricciones. Y existe otra corriente, especular a aquella, sobre cómo es posible que nos entreguemos a menudo a esta servidumbre voluntaria, así como cuándo, cómo, qué ocurre al romperse su hechizo.
En su libro, “El algoritmo paternalista. Cuando mande la inteligencia artificial” (Katakrak, 2024), Ujué Agudo y Karlos g. Liberal han inscrito al dispositivo algorítmico y sus mutaciones automatizadas en esa discusión. La fantasía del algoritmo continúa el sueño paternalista y reformista de la modernidad respecto a un mundo que por fin haya dejado atrás la irracionalidad y la violencia. Un mundo que es ordenado sin que nadie tenga que poner orden. Si gobernar es condicionar el campo de acción de los otros, como decía Foucault, automatizar y escalar digitalmente esas mediaciones las eleva a otro nivel, del que solo podemos ser conscientes si hemos pasado el tiempo suficiente en Internet. En el postfordismo, el hábitat digital se ha convertido en el espacio de explotación científica de las emociones en el trabajo y en el consumo.
¿Cómo se ha podido, entonces, al grito de la libertad individual, externalizar hasta este punto nuestra capacidad de decidir? El libro apuesta por la conjunción de dos enfoques ideológicos, hoy naturalizados. En primer lugar, la impugnación de la capacidad humana para entender y decidir de forma racional y correcta. Ni 20 años llevábamos sosteniendo que el homo economicus éramos la cumbre de la evolución, de tal modo que comunalizar cualquier proyecto de vida era fundar una SL con 40 millones de parásitos, que el conductismo de mercado tuvo que ponernos en su sitio, demostrar que teníamos la cabeza llena de sesgos, la atención de Homer Simpson y que, por nuestro bien, le entregáramos las llaves. Esta idea de que siempre somos lo insuficientemente algo como para que resulte razonable que decidamos sobre las cosas que nos afectan es la base de nuestra civilización. Siempre somos demasiado nosotros/as como para decidir sobre nosotros/as.
Pero, claro, por otro lado, la tecnocracia old school ha hecho una stage en Silicon Valley y ha conocido el solucionismo, esa forma de optimismo por arriba que confía en que cualquier problema se puede y se debe simplificar e individualizar lo suficiente para que quepa en una app -hola, 2005- o se le encargue a una IA. Así, cada vez más procesos socioafectivos, económicos y políticos se mueven dentro de una arquitectura de decisión predefinida que no podemos entender, pero que tampoco parece que tenga sentido discutir porque, total, la máquina lo va a hacer mejor. En la automatización late también el viejo deseo popular de dejar de lado la necesidad de acometer tareas absurdas y tediosas. Sin embargo, como ya mostraron Hester y Srnicek en “Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre” (Caja Negra, 2024), toda máquina introducida para ahorrar tiempo en el hogar se corresponde con un desplazamiento del estándar sobre los resultados del trabajo que mantiene constante, en el mejor caso, el tiempo invertido. Ese deseo debería empujarnos a ver que, si solo se trata de máquinas y reglas, somos perfectamente capaces de conocerlas y reconfigurarlas. Es decir, que si se trata de poder, se trata de un asunto que se nos da, digan lo que digan quienes viven de las máquinas, estupendamente.
Túmbate en la cama. Separa y estira tus miembros lo suficiente para que no lleguen a tocarse con ningún otro objeto o extremdidad. Relájate. Empieza en 100 y ve bajando: 99, 98, 97… hasta 0. Si aún no ha llegado tu tren, empieza de nuevo: 99, 98, 97… Súbete al tren en cuanto pase y visualiza dónde quieres ir porque, al bajarte, habrás llegado a Hogwarts, con Hermione, Pícara, Katniss Everdeen o el personaje de sitcom que prefieras. Antes debes haber elaborado con precisión tu guión, la base de tu nuevo yo en tu nueva realidad: rasgos, complexión, personalidad, interacciones, tiempos y hasta alguna palabra de seguridad para volver al cuerpo que dejaste en tu cuarto, en la deprimente realidad real, o realidad actual.
La cosa va más allá del sueño lúcido, de la meditación y del viaje astral. Lo que los shifters proponen es un verdadero salto a otra realidad. Sea porque sus consciencias han alcanzado tal experiencia, sea a cuenta de una performance global que crea comunidad desde hilos de reddit hasta y las fyp de medio planeta, lo que millares de postadolescentes proponen es un catálogo de técnicas de sí capaces de hacerte transcender tu realidad, valorada desde lo meh hasta lo insoortable, para vivir de forma plena en otra diseñada a tu gusto.
Si una eventualidad tan poco creíble ha podido sentar la base de esta subcultura es por motivos similares a los que explican que millones sigan semanalmente un programa de televisión que combina geopolítica de extrema derecha, abducciones, criptozoología y fotos a humedades. Porque el medio es el mensaje y el algoritmo de Tiktok iguala divulgación low cost de física cuántica, misticismos orientales y occidentales y toneladas de cultura pop que, si han dado para la fan fiction, ¿por qué no van a dar para la fan reality?
Gabriel Ventura ha recogido todos estos elementos en “El mejor de los mundos imposibles: Un viaje al multiverso del reality shifting” (Anagrama, 2025), donde describe, con extrañeza y ternura, los elementos y antecedentes de estas comunidades como lo más propio de nuestro tiempo, si se atiende a sus condiciones de encierro, aislamiento y espectralidad. Nosotros hemos visto además una invocación hegeliana que no podemos dejar de compartir. Si algo queda claro en “Fenomenología del espíritu” es que la conciencia está llena de cosas, que pueden ser – y no es poco – hasta experiencias, pero que todo eso solo puede realizarse verdaderamente en el mundo exterior, que es donde las ideas tienen efectos. En ese mundo, cualquiera que haya intentado llevar a término una idea se habrá dado cuenta de que esto plantea múltiples problemas: el mundo exterior tiene sus propias características, que no se afectan por tus ideas como éstas querrían o habían diseñado. Incluso es habitual encontrarse con otras personas que también albergaban sus propias ideas, dispuestas a producir sus respectivos efectos sobre el mundo, a menudo en conflicto con los tuyos. Un lío, y una porquería cuando la efectividad de tus ideas es baja, dadas tus condiciones y las del mundo. Por eso, llevamos siglos diseñando vías para enfrentar esta tensión. Caminos como la desafección del mundo – el estocismo -, la negación del mundo – el escepticismo – o el traslado a otro mundo – el reality sifhting para nuestro caso -.
Por una parte, esto plantea enormes problemas. En último término, se abre una brecha irrecuperable entre lo que tiene valor en mi consciencia pero no produce efectos en el mundo y lo que sí produce efectos, la realidad actual, pero carece de cualquier valor, es despreciable o insoportable. Cuando el mundo social -lo político, lo colectivo- aparece tan obturado que no parece posible afirmarse y realizarse en él. Y, en esa brecha, hay un riesgo enorme de enajenación, de crear mundos fantásticos de alto valor pero impotentes para operar efectos sobre el mundo y los otros. Algo que no les puede resultar extraño si habitan nuestras subculturas políticas.
Sin embargo y, por otra parte, todas estas operaciones resultan de lo más razonable ¿Cómo vivir en este mundo no va a requerir altas dosis de enajenación, artificialidad y fugas? ¿Cómo no intentar introducir un tiempo imaginado como una cuña en el tiempo de trabajo o en el tiempo de vida ahora también invadido por el capital? La clave es que existe un quiebre que podríamos situar en la pandemia de 2020, es decir, en la crisis del neoliberalismo, a partir del cual la consciencia no trata de alterar la realidad que tiene fuera. Ya no busca atraer lo bueno o manifestar lo que sucederá antes de que le suceda, para inclinar el mundo en esa dirección, sino que acepta su condición delirante e inefectiva sobre lo real inmediato para constituir otra realidad deseada que habitar, pero desconetada de la actual. Habitan, así, en esta subcultura postadolescente, los rasgos más significativo de la época, lo que supera con mucho la anécdota.
Vigilar y castigar 50 años después
Es 1968 y hay movida. Solo que no sucede en París ni en ninguna capital europea. Sucede en Túnez y afecta a un profesor francés que, después de recibir una soberana tunda de la policía por su apoyo a las movilizaciones estudiantiles vuelve a Francia. Proceso acelerado de politización personal y contextual, cuenta Didier Eribon (link). El contexto político del 68 es el del paso digno bajo el arco de la filosofía de temas y grupos antes minoritarios: el género, el manicomio, la cárcel, la sexualidad…
Como se sabe, el 68 empieza bien y acaba peor, aunque da la razón sobre la importancia de los nuevos temas en juego. El del castigo entre ellos. El pacto de Estado entre las elites políticas, empresariales y sindicales da inicio a una ola represiva y a un fuerte movimiento anticacelario que lideraban aquí y allá los presos políticos del 68 interruptus. Nuestro escritor participa en uno de estos grupos, el de Información de las Prisones (GIP), allá por 1971, en la elaboración de lo que nos ocupa.
Vigilar y castigar parte de una duda que se plantea el encarcelado ¿cómo hemos llegado a esto? ¿cómo se ha pasado a normalizar y entender como civilizada esta tortura del pagar tiempo fuera de la sociedad? ¿es posible que la nueva racionalidad que rige la prisión solo impere en este espacio o más bien hay, si se mira hacia cualquier lado, pequeñas prisiones por todos sitios? Vigilar y castigar trata de la lógica punitiva moderna, que es la disciplinaria y que no es -sus cuerpos lo sabrán- solo la carcelaria. Al contrario, penitencias, ejercicios, exámenes y disciplinas varias vertebran nuestra vida pública, desde la escuela a la fábrica, pasando por sus variaciones hospitalarias, residenciales, reformatorias o manicomiales.
Para más detalles, conviene consultar la obra. Nosotros hemos invitado a Emmanuel Chamorro, que publicará en breve “Foucault, el poder y la política” (ed. Universidad de Granada) para que nos ayude. Ahora bien, toda esta historia no acaba con la exposición de la omnipotencia disciplinaria, sino con la propuesta de que tal programa es tan apabullante como ineficaz. La disciplina se relaciona, desde su razón de nacimiento, con una resistencia constitutiva que, como ella, se recompone y la bloquea. Esa historia está también en Vigilar y Castigar, junto a los residuos de esas luchas en formas de categorías científicas y de innovaciones criminológicas.
Y de esta ineficacia de las instituciones que más se reclaman cuanto peor funcionan, nace la incomodidad de acercarse al texto 50 años después. Que no hemos dejado atrás las disciplinas, pero ya no somos esa sociedad disciplinaria. A lo largo de nuestras mismas vidas, hemos asistido a cambios tan profundos en las relaciones de poder que algunas formas de libertad son más absorbentes que las disciplinas más duras, mientras que estas últimas se han expandido a lomos de la digitalización y de una verticalización creciente de la cadena de mando global. Hay mucho que discutir aún sobre esta obra, pero dejamos algo para el programa. Adelante.
Nuestras sociedades son desiguales. Las invocaciones solemnes a una dignidad universal contrastan con pruebas indiscutibles de lo contrario: vidas que se protegen, vidas que se desprecian. Se apela al esfuerzo y a la virtud como tácticas para contener la incertidumbre, al tiempo que la riqueza se concentra en una minoría de clanes que legarán su poder y ampliarán esa brecha en las generaciones futuras. Los procesos de decisión e incluso de simple deliberación nos involucran en una proporción mínima de los asuntos cotidianos. De este modo, cuando nos tomamos la resistencia de pensar sin naturalizarlo el presente de concentración de la riqueza, castas más o menos explícitas e inercias tecnocráticas, suele aparecer la cuestión del origen ¿cómo hemos acabado aquí?
La cuestión del origen es crítica para la manera en que las comunidades se narran a sí mismas. Como ocurre en los arcos del héroe, en el origen está el destino de esas comunidades, a través de un sentido teleológico y unidireccional del cambio en los grupos humanos. Es decir, cuando la historia se entiende como un tobogán que lleva a que cualquier grupo, conforme alcanza cierta complejidad, adquiera formas jerarquizadas y bastante fijas. Por este tobogán se llega al primado de una minoría que te dice qué hacer y con cuánto de tu dinero y trabajo se va a hacer, mientras se acompaña de algunos seguidores que te explican que nada resulta más conveniente para evitar una violencia masiva y ubicua y de otros que te dan de hostias de forma igualmente masiva y ubicua si cuestionas cualquiera de las posiciones anteriores.
Se ha construido, así, un relato de la evolución humana como un núcleo gravitacional que nos arrastra a la equivalencia entre complejidad y desigualdad y, frente a ella, una historia cada vez más trufada de datos, restos e indicios que muestran caminos hacia la urbanización, con especialización pero con menos jerarquías, episodios ganaderos y agrícolas que se intercalan con el nomadeo y la búsqueda de forraje, comunidades excedentarias que agotan gran parte de sus provisiones en festivales para satisfacción y solidaridad de la comunidad y otras enormemente “subproductivas” en tanto la presión demográfica no apriete. Es decir, de una complejidad que obtura, más allá de un puñado de mecánicas reiteradas, la idea de la historia como un tobogán desde el origen primitivo a esta distopía cyberpunk en beige que nos rodea.
No deja de ser curioso, entonces, que cuanto más peso tiene la divulgación histórica, menos circulen estos relatos. Por eso, contamos en este episodio con Rodrigo Villalobos, que acaba de reeditar “Hoces de piedra, martillos de bronce. Comunismo originario y lucha de clases en la prehistoria”, en Ático de los libros. Villalobos hace un enorme esfuerzo de divulgación para trasladar los últimos métodos y hallazgos de la prehistoria reciente (10.000 a.C. - escritura) al público no especialista, a través de ejemplos de sociedades complejas y (que no pero) igualitarias en la Península Ibérica. Esta mirada descarta hacer comparaciones, al modo de los enfoques leviatanescos del mal menor sobre todas las libertades y horizontalidades perdidas para mantener a raya la violencia y la escasez. En cambio muestra que nuestro presente no es inevitable y si la historia ha sido de muchas formas, puede ser aún de muchas otras. Os esperamos.
En la última novela de Sara Mesa, Oposiciones (Anagrama, 2025), la protagonista expone los consejos de su mentora en el empleo al que acaba de acceder en estos términos:
“[su mentora] entendía que aquel, el de las oposiciones, no era el plan más apasionante del mundo, que a lo mejor a mí, una chica en la flor de la vida, me tentaban más otros caminos, pero que lo que había ahí fuera era muy hostil, muy inestable, mientras que allí dentro, al menos, tenía una tranquilidad, eso era innegable. Yo se lo digo a la gente que aprecio, dijo, y por eso también te lo digo a ti, que lo importante en el trabajo es la seguridad y que luego, en el tiempo libre, vienen las aficiones, las distracciones y las pasiones, que normalmente no te dan de comer” (p. 62).
Lo interesante de este intercambio confesional, que revela una clave sobre la decisión de vida es que se ha desplazado desde hitos que fueron parteaguas de otras trayectorias (la estrategia matrimonial, trabajar o estudiar, qué en ese segundo caso, cuándo tener hijos...) a la decisión de ponerse con las oposiciones.
La protagonista de la novela ha accedido a un puesto eventual en una Administración autonómica que encaja con la definición de “trabajos de mierda” de Graeber (https://www.ivoox.com/pol-pop-01-politica-tiempos-de-audios-mp3_rf_49163362_1.html). No un trabajo precario, sino un trabajo sin sentido.
Como toda persona que accede a un empleo de este tipo desde una clase inferior, la prota de nuestra novela no sabe si le ha caído el gordo o una condena. Duda de que, en cualquiera de los dos casos, lo merezca. Por otra parte, no ha adquirido experiencia alguna en el dinámico sector privado español y, como suele pasar con las protagonistas de Mesa, tampoco es la mejor campeona de su propia causa, así que encuentra pocos incentivos para querer perpetuarse en la función pública. En nuestra generación, nadie necesita cocinarse al fuego de las oposiciones por inducción. Más bien la gente se tira en largas filas y con toda fe a la olla, por lo general saltando de otra en ebullición desde el empleo privado. Al último lloro de clickbait liberal destacando que 7 de cada 10 trabajadores del sector privado cambiarían su puesto por uno en el público, Raimundo Viejo señalaba una evidencia: “¡los esclavos de las pirámides quieren ser escribas del Faraón!”.
Si esta es una descripción fiable de las trayectorias vitales de nuestra generación, al menos en provincias y con todos las líneas de desigualdad de clase, género y situación administrativa que vertebran este campo, la cuestión es qué lectura política cabe. Si la expansión del empleo público es la única política socialdemócrata posible ¿cómo nos pensamos?
La expansión del empleo público es parte de un conflicto central por la desmercantilización de espacios fundamentales para la vida. No cabe pensar en una mínima efectividad de nuestros derechos sin esa tendencia, como tampoco puede decirse nada malo de las estrategias de cada cual para reconquistar nuestra propia vida y producir algo con valor social. Sin embargo, a la buena salud de estas políticas contribuye también su alineamiento con la subjetividad neoliberal hegemónica, que sigue caminando sin descanso, una vez se ha bloqueado el afán globalista del neoliberalismo económico.
Piensa la protagonista de la novela de este episodio:
“Ahora entendía por qué quienes se presentaban a una oposición no hablaban de aprobar, sino de alcanzar una cima y ganar. Una oposición es una competición donde hay vencedores y vencidos, como una carrera de obstáculos, como una guerra. Solo ganan los más rápidos, los más listos, los más eficientes, los más disciplinados, los más obedientes, los que no se distraen, ni dudan, ni se entretienen ni se equivocan, los que nunca dan rodeos y ni jamás se entregan a ninguna flaqueza” (p. 116)
Una política socialdemócrata consagrada a la responsabilidad individual, la competitividad, el sacrificio y la derrota de sí como puerta para la derrota de otros. Un compromiso entre conquistar espacios al mercado, garantizar derechos, cuidarse y cuidar, salvar la posición de las clases medias, sortear algún pase VIP entre las clases populares y mantener alta la valoración de activos como el mérito y la capacidad en tiempos de poder imperial. Entre el cierre de ciclo y el posicionamiento de piezas para el siguiente. Del que se vayan todos al que nos saquen la plaza. Ánimos sinceros con el estudio.
¿Qué pasa si juntas, en un espacio de difícil acceso y escasamente dotado de recursos, a una población ya reacia a las instituciones públicas, a libertarians llegados de todo Estados Unidos y a un grupo creciente de osos más hechos a los humanos que Yogi? En este episodio, hablamos de actualidad, pero también de las crónicas que Mathhew Hongoltz-Hetling ha juntado en “Un libertario se encuentra con un oso”, que ha traducido Carolina Santano para Capitán Swing (2024), y que puedes escuchar pinchando en la cajita de arriba.
Como experimento ancap, cuenta con condiciones bastante difíciles de reproducir. El lugar en cuestión, Grafton, el pueblo de New Hampshire, de apenas 1300 habitantes, en el que se mezclan estas vidas, contaba con una tradición anti-impuestos y de bajo desarrollo de servicios públicos que ya era excepcional en un Estado que, según cuenta el periodista, carece de impuesto sobre la renta. O sobre los beneficios empresariales. O de impuestos al consumo. O, ya puestos, e incluso de la obligación de tener un seguro de responsabilidad civil ante terceros en el coche. Sin contar con la cantidad de gente con amplias licencias de armas que te puedes encontrar al otro lado del coche sin seguro. Y a disfrutar de la convivencia.
Este Grafton de la desregulación urbanística y ambiental, de casas dispersas sin civilización entre ellas, es disneylandia para los osos que combinan sus formas de vida con los humanos, con sus sobras, sus gallineros o con el mero entretenimiento de echarles rosquillas. Si esta situación adquiere el tono tragicómico que recoge Hongoltz-Hetling es porque, además, el lugar es seleccionado como el espacio de creación de una ideal free town, modelo de reino ancap, por parte de los elementos más activos del singular ecosistema de foros anarco-capitalistas del internet de la primera década del siglo XXI. La mudanza de decenas de estos sujetos a Grafton, algunos enriquecidos y propietarios de pleno derecho, otros moradores de campamentos al borde de la indigencia y pequeños empresarios del comercio minorista de cosas con las que el Estado te impide comerciar a ninguna escala porque you know, acelera un círculo vicioso de deterioro de los servicios locales, erosión de la cohesión social y un constante ponerse pocha la libertad que se buscaba y que se descubre imposible en tal escenario.
Si a un podcast de provincias como este le interesa discurrir sobre las utopías ancap al otro lado del mundo es por la manera en que esta racionalidad también ha reconfigurado nuestro espacio político. No nos parece que la dirección política de la derecha sea realmente ancap, principalmente porque las élites que sobredeterminan el escenario adoptan más bien posiciones de un neoliberalismo pasado de rosca, con una puesta al servicio de sus intereses monopolísticos más intensa si cabe de los Estados, incluido el plus autoritario o iliberal si llega el caso; caso que, por cierto, suele llegar porque no hay otra manera de mantener la aceptación social con esa distribución tan desigual de los pesos.
Sin embargo, los enfoques libertarian, esas formas andro-capacitistas de hiper-racionalismo del corto plazo, que identifican libertad con no ser tocado, mucho más que con poder hacer, sí son una fuente mucho más transversal -tan poco elitizada como la audiencia de cuarto milenio o de cualquier medio “crítico”- y, por lo tanto, un motor de renovación y agitación de las bases populares de los proyectos de derechas.
Más allá de la capacidad de negociación que alcancen con sus jefes dentro de esa gran familia de la derecha (ver nuestro primer episodio de la temporada), introducen una racionalidad sobre qué es la libertad, cómo afrontar los problemas sociales o las relaciones con las normas, las instituciones y las decisiones democráticas que desplazan el sentido común. Esas percepciones acerca de los impuestos, de las agencias públicas de control de los mercados o de regulación de la vida social o incluso conceptos de amplía circulación en nuestro contexto político, como “chiringuito”, “paguita” o la caricaturización del funcionariado de primera línea -sobre todo de las funcionarias- no se entienden sin esta fuerza de tracción política popular.
Al mismo tiempo, entre esos ancaps que protagonizan el libro, no podemos dejar de reconocer rasgos de todo movimiento social incipiente más allá de la intersección entre maldad y estupidez que caracteriza a estas historias. Rasgos de ingenuidad, de buenas intenciones, mala gestión de las emociones, formas de intensidad que escapan a toda estrategia, de escalada súbita de popularidad que acaba de un día para otro y, en general, de amplia distancia entre el maximalismo del discurso y lo mínimo de las prácticas concretas, de la traducción de las intenciones políticas a los asuntos de la vida cotidiana. Esa escala mucho más puñetera. Porque toda intervención del estado o lo colectivo es opresión pero, mira tú, un día puedes necesitar a los bomberos voluntarios pero que están en su horario de oficina o tener que lidiar con el oso enganchado al azúcar que te espera en la cocina.
En un tiempo y un contexto lejanos, donde el neoliberalismo progresista, el multiculturalismo y las políticas de la identidad tuvieron mayor peso, la derecha construyó un concepto, la cultura de la cancelación, con el que dar la vuelta a uno de sus principales problemas: la democratización de la esfera pública, es decir, la incómoda tendencia a que otras voces aparezcan en el espacio público con un estatuto más o menos equiparado al de quienes han manejado de forma tradicional los límites y el contenido del decir político.
Con el asunto se ha hecho mucha carrera (también desde tribunas de izquierda), se han inventado ejércitos de enemigos de paja con LAS que no se podía ni hablar porque todo era hiper-sensibilidad y escándalo y se ha abierto una pipeline de radicalización, desde el yanosepuededecirnada hacia la autocracia tecnobro, al tiempo que la verdadera supresión del discurso tenía forma de tipos penales, querellas y exclusiones de instituciones privadas que solo cortaban por uno de los filos del campo político.
Sin embargo, y a pesar de lo efectivo de esta distorsión ofendidita (Lucía Lijtmaer, 2019), la cancelación se ha incorporado al catálogo de técnicas de intervención en la esfera pública de forma transversal. En un campo que se constituye desde la disputa, el término es sonoro pero también exagerado. Se trata de la pretensión de expulsar de esa esfera a enunciados, y a quienes los detentan de forma más reconocible, que lesionan el reconocimiento legítimo de un grupo de participantes en ese campo. La cuestión es, entonces, trágica porque esa comunidad debe encontrar formas de hacer efectivas unas reglas básicas de funcionamiento de la esfera pública, al tiempo que las condiciones materiales de ésta incentivan cada vez más las conductas incendiarias, polarizantes y capaces de acumular atención sobre perfiles individuales.
En este contexto, hemos invitado a Antonio Gómez Villar porque su libro (Transformar no es cancelar, Verso, 2024) propone un debate centrado en los efectos de la expansión de esta técnica. Por una parte, la ubica como un síntoma del contexto de impotencia política, en el que la ilusión de cancelar ofrece una vía de reacción cierta hacia lo indeseable, pero también delimita el malestar final de esa estrategia, que no puede hacer retroceder con la misma facilidad a las fuerzas que alimentan al discurso o al objeto cancelado. Esta insatisfacción contrasta con la efectividad de otras prácticas, como los escarches o el me too, que sí arañan los límites de la acción política en contextos que se encontraban varados y alteran del campo de lo decretado como “normal” hasta entonces. No se trata, por lo tanto, de eliminar herramientas de la caja, de, digamos, cancelar la cancelación, sino de mirar más allá de “lo que nos sale” dentro de un campo político diseñado para esas formas fijadoras de acción – reacción. Propone, en cambio, pensar en cómo puede operar una potencia plebeya capaz de ganar el sentido común no a través de la reducción de la política a un único campo, identidad o lucha central que define lo político, sino de singularidades valientes que amplían el campo de lo posible para todas las formas de vida. No es el paseo más cómodo, pero merece la pena recorrerlo.
Disputar la nostalgia
Resulta que algo tan viejo como echar de menos lo que no volverá se inventó un día. Un aspirante a médico suizo la encapsuló, en 1688, en el campo de las enfermedades atribuidas a los soldados que habían sido arrancados de sus casas para pelear las guerras de otros. Desde ahí, cuenta Grafton Tanner, en “Las horas han perdido su reloj” (Alpha Decay, 2022), que la noción ha seguido dos caminos hasta llegar a lo que nos parece obvio hoy. De una parte, su objeto de añoranza ha pasado de ser, de forma principal, un lugar a un objeto poliédrico. Sobre todo, a ser un asunto pasado que no se puede recuperar, pero no solo relativo a un momento o a una ubicación, sino a una identidad y a una forma de estar en el mundo. De otra parte, el problema de la nostalgia ha ido dando saltos del registro médico más fisiológico al emocional, con paradas en todas las ciencias de la conducta positivistas que han buscado que una cantidad creciente de personas entregaran sus cuerpos y sus almas a los intereses de otros pocos con las menores fricciones posibles.
Está de más señalar que, hoy en día, la nostalgia no cuenta con la mejor prensa entre la izquierda por implicaciones reaccionarias sobre las que hemos dado recurrente matraca también aquí (por ejemplo, a propósito de Neorrancios, editado por Begoña Gomez Urzáiz, Península, 2021: https://www.ivoox.com/3xe16-neorrancios-la-seduccion-nostalgia-y-audios-mp3_rf_86738406_1.html), pero este sentimiento de desacople con la espacialidad y la temporalidad civilizadas, industriales y, en definitiva, capitalistas ha sido también un problema para los agentes de la modernidad desde su invención. Esto ha cambiado, como destaca Tanner en el ensayo que da continuidad a Las horas han perdido su reloj, “Porsiemprismo” (Caja Negra, 2024): “¿Qué ocurrió con la nostalgia? ¿Cómo pasó de ser una condición de anormalidad, incluso de criminalidad, a comienzos del siglo XX, a constituir una táctica de marketing en la actualidad?” (p. 35).
Cualquiera percibe hoy la ubicuidad de las industrias de la nostalgia, sobre todo en los medios culturales. El título del libro, ese porsiemprismo, habla de esa estrategia de mantener siempre vivos, abiertos, en beta, en un chorreo de reboots, remakes, secuelas, precuelas, spin-offs y sagas inspiradas en, los productos reconocidos del pasado. Algo que tiene poco que ver con la recuperación o conservación de una cosa de otro tiempo y más con saturar el presente y obturar otros futuros posibles con ejercicios de congelación y deshielo de momentos e imaginaciones de nuestro pasado.
Tanto en la cultura como, añadimos, en la política, esto ocurre, nichos comerciales aparte, por la cancelación de cualquier línea de progreso, la intuición de que la siguiente tirada de dados será peor y otras formas de conservadurismo virgencita virgencita más o menos realistas o inducidas. Ahora bien ¿todo anhelo de emancipación y transformación debe ser antinostálgico o hay una historia distinta posible de la modernidad y del progresismo? Una mirada más larga a la historia común del despojo muestra cómo, en la nostalgia, también laten reinvindicaciones de lo que se fue y recuperaciones de lo perdido que alimentan movimientos por un lo que se será distinto, capaces de interrumpir el presente continuo del marketing. Por supuesto y aunque tendamos a comprar una idea de nostalgia abstracta y desclasada de la cultura popular, cada grupo tiene sus nostalgias. Conviene distinguir esas pulsiones y sus proyectos para señalar bien los perniciosos y no regalar, en cambio, el conjunto de un campo tan importante como el pasado. Feliz primer programa del año.
Cuenta Michel Nieva, en “Ciencia ficción capitalista”, que es de lo que va este episodio (la verdad por delante) que los trajes de los turistas espaciales de Musk se han alejado mucho de los primeros trajes espaciales para aproximarse, bienvenidos a la tecnocracia sensata, a los de los superhéroes de Marvel. Como la pasará a tu sobrino el 6 de enero, si no puedo ir vestido de Iron Man, no es mi revolución. Hubo un tiempo en el que se llamaba hiperstición a ese evento creado por la imaginación que la realidad imitaba después. En los tiempos del capitalismo crepuscular, la producción tecnológica no imita al arte, sino que lo satura, le ocupa todos los posibles y lo depone, como continuación intensificada y delirante de las prácticas que mejor cotizan ya en el Nasdaq.
En realidad, en esto, no hay desvío o anomalía de la ciencia ficción. Al contrario, la tradición canónica de la scifi, la scifi de caño gordo era la hard-scifi. No te ponen hard por ser particularmente divertida. Eso es algo que te ganas por ser verdad o, al menos, una especie de anticipación de verdad, una forma de creación que no está allí solo para hacer bonito o ampliar nuestras posibilidades sensibles (el terreno de lo soft, que ya se ve por dónde vamos), sino que está ahí para servir al avance técnico, abrir camino, darle al héroe del capitalismo (el emprendedor) un héroe a su medida, enfrentado al Estado (es decir, a las mayorías) para encontrar una solución imposible que salve al mundo. Verne lo decía en francés pero con tono de bebida polaca hecha de huevo crudo: se trata de escribir en papel lo que otros esculpirán en acero.
El problema es qué imagina la ciencia ficción de un capitalismo que llega al final de la carretera. Pues, claro, más carretera. Al final, dice Nieva, si este puñado de superricos os hemos traído hasta aquí, si somos los 12 terminators del zodiaco, pues os vamos a llevar de la mano al otro lado de la supervivencia. Es obvio, que este tipo de procesos rupturistas guiados por las élites producen monstruos: el canon de la scifi contemporánea está preñado de estas reduplicaciones morbosas. Las mismas prácticas carbono-expansivas del capitaloceno llevadas ahora a Marte para proporcionar ahí una pequeña atmósfera habitable. Los mismos colonos blancos conquistando otros planetas… o temiendo ser el objeto de conquista ufológico en aquel.
Como siempre y llegados a este punto cabe preguntarse si toda la imaginación científico-ficcional está agotada por el capitalismo. En otros episodios, hemos llenado esto de propuestas de scifi latina, feminista o de hopepunk, el gemelo guapo del primo cyberpunk. Hay de sobra. De hecho, si nuestras instituciones tecnológicas tuvieran la consistencia de nuestra imaginación, otro gallo rojo cantaría.
Volveremos a las redes. La reconquista de la vida y la política digital
Hemos creado el mundo digital tres veces. Hicimos funcionar internet en la última parte del siglo XX. Lo llenamos de mundos otros y espacios colaborativos en el cambio de siglo. Y lo dispusimos como una máquina política formidable en las primeras décadas del XXI: conectamos, creamos, transformamos.
La nostalgia puede ser añoranza del futuro que pudo ser. Ni la venganza en diferido de quien auguraba que toda innovación era inútil, ni la medalla de quien tuiteó delante de los grises, desgastada ya en sus efectos. Hablamos con Marta G. Franco, autora de Las redes son nuestras. Una historia popular de internet (y un mapa para volver a habitarla), ed. Consonni, 2024, sobre esas tres creaciones y esas tres derrotas de internet: de las redes colaborativas al monopolio de las infraestructuras, del multiverso digital a las big tech, de la autocomunicación de masas libre de escala a la hegemonía de la internacional del odio. Pero, como dice Francco, esa historia es una fuente de conocimiento y de amor para las nuevas rupturas: “Repasar esta historia de victorias ‒porque si nos robaron y perdimos tres veces es porque un rato antes, tres veces, íbamos ganando‒ no es un ejercicio de nostalgia impotente, es una herramienta para recordar que se puede ganar. Que internet puede ser un territorio donde aprender, colaborar y avanzar hacia algo que se parezca mucho más al mundo en el que nos gustaría vivir” (p. 13).
Para ello existe un doble obstáculo que la obra busca superar. Un problema, primero, de memoria. En tanto se ha perdido ese hilo de nuestra historia instituyente en lo digital (diversa en los cuerpos y culturas que la han protagonizado), parecemos poca cosa, y una cosa pasiva en todo caso, frente a los chicos listos de Silicon Valley. Así, como gente a la que internet le ha pasado en lugar de la gente que lo ha hecho, nada sustancioso podemos conocer y mucho menos decidir sobre su funcionamiento.
A este obstáculo cognitivo se le suma el político. No se valora de forma suficiente lo que se ha perdido o lo que nos jugamos. La esfera digital no es un añadido a la realidad donde matar la espera y los trayectos en bus. Es un espacio político y de politización predominante. Es el medio de transmisión del bulo de las represas y un espacio conversacional que ya no tiene sustituto. La forja de las subjetividades que postceden al neoliberalismo. Es decir, un asunto basal de la democracia que no se agota en la toxicidad de tal o cual red social y del que no hay una desconexión productiva posible.
Es cierto que, frente a esos obstáculos, Marta G. Franco expone un programa de reformas profundo y levanta acta del malestar digital: un clima de desafección, deterioro de la atención, depreciación de sus mecanismos de captura, deserciones y colapso de la esfera social digital aquí y allá que coincide con una aceleración en la inauguración y recreación de mundos que podría ser la cuarta victoria en internet. Los medios para ésta son desiguales, pero la partida continúa y hay sitio para que entréis.
De la lectura de “El Estado feroz”(Verso, 2024) y de la conversación Pablo Elorduy, no se desprenden los conceptos más trendy de la politología patria ni de la internacional tertulianista -¿Ha dicho uted “inquiocupa? ¿inqué?-. Se sigue, más bien, una fascinación por la reciente ubicuidad de algunos conceptos -¿de verdad está el señor ministro hablando de lawfare en la Ser? ¿a partir de qué número de podcast de éxito las cloacas pasan a ser vertederos a cielo abierto?- junto con el temor a que se despoliticen por completo en el mercado de las ideas. Donde hay más mercado que ideas y cotizaciones sobre todo a la baja.
Jugar a la antropología del Estado es bajarlo del pedestal de héroes y santos para ponerlo en tierra. A pie de lobby, de cultura profesional y de familia extensa -Enhorabuena, después de dos abogadas de Estado, por fin han tenido ustedes el técnico de comercio que tanto buscaban-. Implica tomar el Estado no como lo que debería ser, sino como lo que es. Y el Estado es primero una organización estable, y, ya luego si eso, democrática. El “ya si eso” es el artista anteriormente conocido como política, donde nos jugamos ciclo a ciclo, si gana a) la tendencia democratizadora que subordina el estado a la soberania popular y nutre el circuito virtuoso de derechos, garantías y ampliaciones de la vida o b) el sentido patrimonialista y censitario de quienes ponen orden cuando la cosa se desmadra.
Estado feliz y Estado feroz, dice Elorduy. En España ha habido mucho del segundo y menos del primero. Sin licenciarse nunca, el Estado feroz sale a pasear sobre todo cuando la tensión entre esas dos tendencias se desborda y la democracia amenaza la continuidad en la dirección política del Estado y el poder de los dueños de las cosas. Que seamos sinceras/os: se asustan con cualquier cosa. Con cositas muy pequeñas. Con cualquier cosa que se considere una amenza o una posibilidad, quién lo hubiera dicho, de que la dirección se aleje de la influencia exclusiva de los viejos grupos titulares de la administración (ya sea del estado o de las empresas) y ese poder se derrame de forma más distribuida.
Por eso los tiempos de crisis son tiempos de Estado feroz. Y crisis no nos faltan. Si usted lleva algunas décadas con los pies en algún territorio del Sur, incluso del Sur de Europa, no le resultarán extrañas las últimas actualizaciones del sistema operativo del Estado, especialmente diseñadas para poder implementar una decisión política dura “venida de arriba a la derecha”, es decir, indeseada. Para estas funcionalidades de excepción, de traducción y regular administración de un dolor cíclico, el ingrediente democracia debe limitarse.
El golpe de realismo al leer este manual de instrucciones sobre el Estado Feroz tiene, como muchas discusiones sobre lo real, un efecto ambivalente: ilumina pero asusta, esclarece pero puede paralizar. La amenaza de un shock impolítico por exceso de verdad. Si esto es así, no debe extrañar que la digestión masiva de todo esto se haga más en los programas del corazón y en el true crime que en las tertulias políticas, pero si lo primero le sabe a poco aquí dejamos que nos apriete la manita cuando vengan los sustos.
Estamos de vuelta. 6ª temporada. De las cosas que empezaron durante la pandemia porque, recordarán, confinamiento, pocas subsisten. El podcasting ha devenido mainstream y nosotros hemos visto pasar ese tren como lo hace una vaca o un olivo. A lo suyo. Este verano, el particular lo suyo en el que interseccionan la cultura pop y lo político ha sido la conversación pública: el despliegue plaza en internet ahora reconquistada por lo tóxico y lo privado. Así que, a este lo suyo, le vamos a dedicar algún tiempo.
Primera parada, un texto canónico de la lectura contemporánea sobre las nuevas derechas y su impacto sobre las viejas. El conocido ¿La rebeldía se volvió de derechas? De Pablo Stefanoni, editado por Siglo XXI y Clave Intelectual. Texto útil porque incorpora la perspectiva latinoamericana del asunto, siempre demasiado norteña. Y texto premonitorio, que en 2021 ya se preguntaba si esos tertulianos paleolibertarios, como Milei, minoría en la política de masas, pero buenos animadores del share, no serían algo más algo pronto.
La premisa del libro es de una aceptación extendida: existe una debilidad en la familia conservadora tradicional (old right, tories del mundo, democristianos, conservadores en lo social y neoliberales en lo económico, en definitiva) que da oportunidad a y se aviva por la acción de derechas periféricas pero agitadas que mueven el tablero e incluso acaban por llevarse las piezas a casa.
Desde ahí, hemos querido jugar con el motor del libro, que opera a partir de una paradoja fundamental en el funcionamiento de esta constelación. Esta es, una enorme variedad de familias, con planteamientos y fobias fundantes contradictorias que, sin embargo, produce efectos con una unidad y consistencia de sentido intensas. Si una leyenda-¿cuñadez? urbana dice que los inuit usan 40 palabras para designar 40 tipos de nieve, nos vemos en la necesidad de adaptarnos al entorno y manejar un reguero de nombres para identificar -y explotar- las diferencias de estos grupos. Etnonacionalistas del gran reemplazo contra el islam. Derecha populista de las élites globales me quitan el bocadillo, siendo las élites personas que se mueven para trabajar y siendo lo global una sucesión infinita de fronteras. Neofascistas que se pasaron al posfascismo porque el primer disco se vendió fatal. Paleolibertarios que combinan sin atragantarse un control natalista del cuerpo con el estímulo de los mercados de órganos. Anti-progres de todo tipo, masculinismos rancios y nazis del misterio que hacen match en la crisis occidental de la mediana edad. Es decir, un paseo de impacto por las estanterías del mercado de las ideas.
Estando así la cosa y siendo la cosa nuestra continuidad más o menos alegre en el plantea, surgen muchos comentarios. Empezaremos la temporada con uno: ¿cómo es posible que estas alianzas contra natura conserven una cierta unidad estratégica que modifica el campo incluso de sus adversarios y enemigos? ¿Cómo contrasta con esto nuestra metáfora estructurante de la pureza ideológica y su rebaje pragmático? Bien, pasen, disfruten y discutan, que viene fuerte la temporada.
Lleva unos meses rondándonos la teoría de los tres estados. Como cuando se cuenta en el cole la Edad Media, la teoría explica que hay tres sociedades superpuestas: gente que maneja lana para comprar a mucha otra gente y aún le sobra; gente que es comprada y con esfuerzo puede comprar a alguna otra de vez en cuando; y gente que es comprada y solo le queda apretar los dientes pa tirar palante. Esta imagen contiene muchas incógnitas. En el programa con Emmanuel Rodríguez a propósito de su libro sobre la clase media (https://www.ivoox.com/3x17-en-este-pais-todo-mundo-es-audios-mp3_rf_87316776_1.html) nos preguntábamos ¿ cómo es posible que ese segundo estado identifique al 60% de la población y a casi a la totalidad de la esfera política? Cuando Anna Pacheco retoma el problema de la clase en el trabajo contemporáneo en “Estuve aquí y me acordé de vosotros” (Anagrama, 2024), libro al que dedicamos este último programa de la temporada, se pregunta cómo esas personas -casi clase media, media media, media baja, media bajita, casi pobres- que dispensan sus servicios en la hotelería de lujo no desarrollan, al servicio de la clase alta global, las formas más depuradas de rencor. La imagen de los tres estados devuelve también la incógnita de las alianzas ¿con qué clase es más probable el acuerdo estratégico? ¿con aquella a la que hay más posibilidad de volver o caer o con aquella a la que se aspira a llegar?
En el contexto español el turismo -en otros lugares una actividad excepcional y residual en el ámbito productivo, aquí eje vertebrador del modelo de país- resulta ser bien explicativa del estado de las cosas. En ella se refleja con precisión la teoría de los tres estados: el 33,1% que no puede irse de vacaciones al menos una semana (ECV 2023), el 60% que trabaja aspirando a la vida-vacaciones y el 7% que se forra con todo esto. El problema de esta imagen, icono del clasemedismo español, es cómo se mueve. El turismo ha vivido la transición desde un sector servicios-industrial que coquetea con las grandes constructoras y financieras a un sector devorado, al igual que el conjunto de la producción social, por estas últimas. De hecho, la conflictividad social creciente, como hemos visto en las últimas manifestaciones contra la turistificación de nuestras ciudades y territorios, uno de los movimientos populares más vivos hoy, no estalla solo por la captura territorial y laboral del sector clásico ho(s)telero, sino por el giro rentista que incorpora la vivienda turística y agota todas las formas de vida urbana e insular.
Si situamos el turismo en esta esfera productiva y sistémica, más que en una esfera de gustos, consumos y estilos de vida, el marco de críticas y de alternativas se desplaza también ¿es lo mismo un sector turístico que el otro?, al igual que cabe preguntarse ¿es lo mismo la explotación laboral que la expropiación rentista?. ¿Cabe alguna forma de nuevo pacto social por el turismo, que incluya su desmercantilización, decrecimiento y profesionalización? ¿Será posible otro turismo mientras sea imposible otro trabajo? Nos vemos en septiembre y, mientras tanto, en las piscinas. Un abrazo.
En la escala europea, el resultado de las elecciones ha señalado una tendencia de agitación y sustitución en las derechas y un argumento más para la desorientación entre las izquierdas. Es el momento de renovar tesis y conocer el campo.
Tesis 1. Alcanzado el momento álgido de dispersión en el campo progresista, se ha iniciado un proceso de integración, que no nos está dado decidir si sucederá o no, sino cómo sucederá. Será de manera orgánica y pluralista, es decir, frenteamplista, para organizar, integrar y dar agenda a esta pluralidad que somos, o será en la forma contraria. En el segundo caso, la autonomía respecto al PSOE y la viabilidad del espacio son muy complicadas.
Tesis 2. La capacidad de interpretación e intervención de las dirigencias de los partidos es secundaria ahora. Tienen enormes incentivos para realizar esa tarea en el marco de una nueva batalla por un espacio político decreciente. Así, solo se problematiza aquello que les sitúa en mejor posición ahora. En cambio, el debate por abajo, dentro y fuera de esos espacios políticos, tiene mayor vocación de verdad y capacidad para construir un nuevo sentido común o cultura política compartida en el orden pluralista. De este modo, cuando lleguen las discusiones sobre la materialidad institucional y partidista, discusiones importantes pero ulteriores, ese enfoque se impondrá a los de arriba; y no al revés, como sucede en este todos contra todos digital que nos rodea.
Tesis 3. Si es una discusión centrada en la cultura política, en cómo convivimos y nos reproducimos en un plano político, los matices en los temas sustantivos deben ceder en favor de ese principio de amistad. Y ese principio debe encontrar la forma de defender la pluralidad del espacio frente a la tentación de reducirlo.
Tesis 4. Es el mejor momento, quizá el único, para hacer esto.
Ahora bien, el método no es suficiente. Conviene conocer el campo. Para ello hemos invitado a les amigues de Proyecto UNA, referentes en la comunicación digital y popular. Nuestra intuición era que la percepción del campo politíco-digital está más condicionada por experiencias y aversiones generacionales que por un conocimiento decente del entorno digital. Eso provoca bastantes malentendidos, como que la derecha no para de crecer entre la juventud o que es el nuevo punk o que la comunicación digital es un mercado abierto o un campo plano regido por el mérito, cuando lo que sabemos es que existen montañas de dinero en la liberación de influencers y tertulianos inviables de otro modo, tsunamis de hate para las amplias minorías que se exponen y enormes costes de vida por todos lados, que no se pueden rentabilizar sino en un régimen hiperjerarquizado por el que solo puede quedar uno, y no hay garantía de que conserve la cordura.
Ahora bien, dentro de este régimen hay otra circulación de ideas posible, siempre que se entienda que no cabe espejar directamente la derechista que produce tanta fascinación ahora. Aunque cualquiera que asuma las consecuencias de esa exposición y extreme sus performances puede hacerse con atención y un nicho, no son esas las comunidades que más nos interesan, ni podremos repetirles en cuotas de poder, a esos/as líderes mediáticos/as, el coste de su expedición. Penúltimo programa de la temporada.




