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Pódcast educativo de Historia de España para estudiantes de 2º de Bachillerato y Selectividad.
En El Repaso encontrarás explicaciones claras, cronológicas y completas de todos los temas de EBAU/PAU, acompañadas de música, efectos sonoros y narrativa amena.
Perfecto para estudiar, repasar y entender los procesos históricos sin complicaciones.
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Los yacimientos de Atapuerca (Burgos) constituyen la clave para entender a los primeros pobladores de la Península Ibérica. En la Gran Dolina se hallaron restos del Homo antecessor, con una antigüedad de 800 000 años, considerados los más antiguos de Europa occidental. Este homínido mostraba una mezcla de rasgos primitivos y modernos, vivía de la caza y recolección, y fabricaba herramientas de piedra del tipo Achelense.
En la Sima de los Huesos, hace unos 500.000 años, se han encontrado más de 6 000 fósiles de Homo heidelbergensis, especie más avanzada que ya mostraba comportamientos simbólicos y sociales. La herramienta conocida como Excalibur Podría haber sido una ofrenda funeraria, lo que evidencia las primeras manifestaciones espirituales humanas.
Posteriormente, hace unos 200.000 años, aparece el Homo neanderthalensis, adaptado al frío, experto cazador y capaz de fabricar herramientas más precisas. Finalmente, hace 40.000 años, el Homo sapiens llega a la Península desde África, portando un pensamiento simbólico más complejo y desarrollando el arte rupestre y la cooperación avanzada.
Atapuerca fue, durante más de un millón de años, un escenario único de convivencia y evolución de distintas especies humanas. Sus hallazgos —protegidos por la UNESCO desde el año 2000— confirman que la historia de España comenzó en aquellas cuevas donde nuestros antepasados aprendieron a sobrevivir, pensar y soñar.
Entre el 35 000 y el 10 000 a.C., los primeros Homo sapiens dejaron en la Península Ibérica una huella imborrable: el arte rupestre. La Cueva de Altamira (Cantabria), descubierta por Marcelino Sanz de Sautuola en 1879, contiene pinturas policromas de bisontes, caballos y ciervos, elaboradas con pigmentos minerales y aprovechando los relieves naturales de la roca. Este arte no era decorativo: probablemente cumplía una función mágica o religiosa, relacionada con la caza o los ciclos de la naturaleza.
A partir del 10 000 a.C., el cambio climático dio inicio al Neolítico. Los grupos humanos se sedentarizaron, comenzaron a cultivar cereales y criar animales, y aparecieron las primeras aldeas. Nació la agricultura, la cerámica, el tejido y el comercio. Esta transformación económica originó nuevas formas sociales, una vida más estable y la aparición de la propiedad y los excedentes.
El arte también cambió: surgió el arte levantino, caracterizado por figuras humanas dinámicas, escenas de caza y colores ocres, realizado al aire libre. En paralelo, aparecieron los primeros monumentos megalíticos como los dólmenes, expresión de los cultos funerarios colectivos.
La revolución del Neolítico marcó el inicio de la Historia humana como civilización. De los bisontes de Altamira a los campos cultivados, el ser humano pasó de sobrevivir en la naturaleza a transformarla. Fue el primer gran paso de la Prehistoria hacia la Historia.
Antes de la llegada de los romanos, la Península Ibérica estaba habitada por distintos pueblos prerromanos. Los íberos, asentados en el sur y el este, poseían una cultura urbana avanzada con escritura propia, metalurgia y un arte característico representado por obras como la Dama de Elche o la Dama de Baza. Su economía se basaba en la agricultura, el comercio y la minería, y mantenían estrechas relaciones con fenicios y griegos.
En el interior y norte habitaban los celtas, de origen indoeuropeo, organizados en tribus y clanes. Vivían en castros fortificados, como los de Galicia o Zamora, y destacaban por su dominio del hierro y su religión vinculada a la naturaleza. En el centro peninsular se produjo la fusión entre íberos y celtas, dando lugar a los celtíberos, que desempeñaron un papel importante durante las guerras posteriores con Roma.
La civilización de Tartessos, en el valle del Guadalquivir, fue la primera cultura autóctona avanzada. Rica en metales y abierta al comercio con Oriente, su legendario rey Argantonio simboliza un reino próspero y culto que desapareció hacia el siglo VI a.C. por causas aún desconocidas.
Estos pueblos marcaron el inicio de la identidad peninsular. Su diversidad lingüística, artística y social sentó las bases sobre las que se construiría la Hispania romana.
La conquista romana de la Península Ibérica comenzó en el 218 a.C., cuando Roma desembarcó en Ampurias durante la Segunda Guerra Púnica contra Cartago. Tras derrotar a los cartagineses y tomar Cartago Nova (209 a.C.), Roma inició un largo proceso de ocupación que se prolongó casi dos siglos.
Las etapas principales fueron:
Primera (218–197 a.C.): organización inicial en dos provincias, Citerior y Ulterior.
Segunda (197–133 a.C.): resistencia de pueblos íberos y lusitanos, destacando Viriato y la heroica defensa de Numancia.
Tercera (133–19 a.C.): conquista definitiva del norte con las Guerras Cántabras, bajo el emperador Augusto.
Con la pacificación del territorio, Roma implantó su sistema político, jurídico y económico, integrando la Península en el Imperio Romano bajo el nombre de Hispania.
Se fundaron ciudades como Tarraco, Emerita Augusta e Itálica, se difundió el latín y las leyes romanas, y se construyeron infraestructuras que aún perduran: acueductos, calzadas y teatros.
La romanización transformó profundamente la vida peninsular, marcando el paso del mundo prerromano a la civilización clásica y dando origen a la futura identidad cultural hispánica.
La romanización fue el proceso de integración de la Península Ibérica en el Imperio Romano tras su conquista (218–19 a.C.). Roma impuso su sistema político, su lengua y su modo de vida, creando una nueva realidad: Hispania.
Administrativamente, Augusto dividió el territorio en tres provincias: Bética, Tarraconense y Lusitania. Las ciudades —como Itálica, Emerita Augusta o Tarraco— se convirtieron en centros económicos y culturales con foros, termas, teatros y acueductos. La sociedad se estructuró en ciudadanos, libertos y esclavos, y a partir del Edicto de Caracalla (212 d.C.), todos los hombres libres obtuvieron la ciudadanía romana.
El Derecho Romano estableció leyes comunes, y el latín sustituyó a las lenguas prerromanas, dando origen siglos después a las lenguas romances. En religión, el politeísmo convivió con el cristianismo, que se expandió desde el siglo I d.C.
La romanización no solo cambió las estructuras políticas y sociales, sino que dejó una herencia duradera en la cultura, el idioma y las instituciones europeas. En Hispania nació una nueva identidad: la de un pueblo romano con alma peninsular.
El Imperio Romano entró en crisis en el siglo III d.C. debido a guerras civiles, inflación, caída del comercio, presión fiscal y ataques de pueblos germánicos en las fronteras. Las reformas de Diocleciano (Tetrarquía) y Constantino(fundación de Constantinopla y legalización del cristianismo) intentaron frenar el declive, pero no pudieron evitar la división del Imperio tras la muerte de Teodosio en 395 d.C.
El Imperio de Occidente quedó debilitado frente a las invasiones de suevos, vándalos y alanos, que cruzaron los Pirineos en 409 d.C. y ocuparon distintas zonas de Hispania. Para recuperar el control, Roma pidió ayuda a los visigodos, quienes tras derrotar a los invasores se establecieron como aliados. En el año 476 d.C., con la caída de Roma, Hispania pasó a manos visigodas.
Las invasiones provocaron el fin del mundo romano: despoblamiento de ciudades, caída del comercio y ruralización de la economía. Sin embargo, la Iglesia mantuvo la cultura y la organización social.
Con los visigodos, la Península iniciará su primera etapa unificada bajo un solo reino: el Reino Visigodo de Toledo
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente (476), los visigodos establecieron en la Península Ibérica el primer reino independiente y unificado. Su capital fue Toledo, y durante casi tres siglos consolidaron una estructura política y religiosa estable.
Bajo el reinado de Leovigildo, se logró la unificación territorial al someter a los suevos. Su hijo Recaredo completó la unificación religiosa al convertirse al catolicismo en el III Concilio de Toledo (589), integrando visigodos e hispanorromanos. Los Concilios de Toledo se convirtieron en órganos de gobierno que unían poder político y eclesiástico.
El reino mantuvo una administración inspirada en Roma, con leyes comunes como el Liber Iudiciorum (654) de Recesvinto, base del derecho medieval hispano. La economía fue agraria y el arte visigodo combinó influencias romanas y germánicas, destacando el tesoro de Guarrazar y la obra de San Isidoro de Sevilla.
A finales del siglo VII, la monarquía electiva provocó inestabilidad y luchas internas. Tras la muerte del rey Witiza, el conflicto entre Rodrigo y sus rivales facilitó la invasión musulmana. En 711, el general Tariq ibn Ziyad derrotó a Rodrigo en Guadalete, marcando el fin del Reino Visigodo y el inicio de Al-Ándalus.
El reino visigodo representa el primer intento de unidad política, territorial y religiosa de España, y el punto de transición entre la Antigüedad y la Edad Media.
En el año 711, el general musulmán Tariq ibn Ziyad cruzó el Estrecho de Gibraltar y derrotó al rey visigodo Rodrigo en la batalla de Guadalete, iniciando la conquista musulmana de la Península. En menos de una década, los musulmanes controlaron casi todo el territorio, salvo las montañas del norte.
El nuevo territorio, Al-Ándalus, formó parte del Califato Omeya de Damasco y fue gobernado por un walí con capital en Córdoba. Su sociedad era diversa: árabes, bereberes, mozárabes y muladíes convivieron en distintos grados de integración.
En el 756, Abd al-Rahman I fundó el Emirato Independiente de Córdoba, marcando una etapa de prosperidad económica y cultural. La agricultura, la ciencia y la arquitectura florecieron, y Córdoba se convirtió en una de las ciudades más importantes del mundo medieval.
El Islam andalusí transformó la historia peninsular, introduciendo una nueva civilización que marcaría el inicio de la Edad Media en España.
El Califato de Córdoba (929–1031) fue la etapa de mayor esplendor de Al-Ándalus. Fundado por Abd al-Rahman III, quien se proclamó califa en 929, consolidó un Estado independiente, fuerte y centralizado. Bajo su mandato y el de su sucesor Al-Hakam II, Córdoba se convirtió en uno de los centros culturales más importantes del mundo medieval: contaba con bibliotecas, escuelas, baños públicos, mercados, jardines y la monumental Mezquita de Córdoba, además de la ciudad palaciega de Madinat al-Zahra.
La sociedad era diversa: árabes, bereberes, muladíes, mozárabes y judíos contribuyeron al desarrollo de una civilización avanzada en agricultura, ciencias, medicina, filosofía y comercio. Figuras como Al-Zahrawi, Ibn Hazm y Hasdai ibn Shaprut destacan en esta etapa.
Tras la muerte de Al-Hakam II, el poder real se debilitó. El ascenso de Almanzor mantuvo la fuerza militar del califato, pero a su muerte en 1002 se iniciaron guerras civiles (fitna) que fragmentaron Al-Ándalus. En 1031, el califato desapareció y surgieron los Reinos de Taifas, marcando el inicio de la división política de la Península.
Tras la desaparición del Califato de Córdoba en 1031, Al-Ándalus se fragmentó en múltiples Reinos de Taifas. Estos pequeños estados vivieron un gran esplendor cultural pero eran militarmente débiles y dependían del pago de parias a los reinos cristianos. La conquista de Toledo en 1085 por Alfonso VI aceleró su crisis.
Los Almorávides, un imperio bereber del norte de África, llegaron en 1086, derrotaron a Castilla en Sagrajas y unificaron las taifas bajo un gobierno estricto, pero su poder se debilitó con el tiempo. Surgieron los segundos reinos de taifas, que pronto fueron absorbidos por otro imperio norteafricano: los Almohades, más centralizado y radical. Aunque lograron un resurgimiento político y artístico, fueron derrotados decisivamente en 1212 en la batalla de Las Navas de Tolosa, lo que precipitó el avance cristiano y dejó a Granada como único gran estado musulmán.
Tras la conquista musulmana del 711, el norte de la Península permaneció al margen del dominio islámico debido a su geografía montañosa y a la presencia de comunidades visigodas refugiadas. Allí surgieron los primeros núcleos cristianos: Asturias, Navarra y los condados que originarían Aragón.
En Asturias, la figura de Pelayo y la victoria de Covadonga (722) simbolizaron el inicio de la resistencia. Con Alfonso II, el reino se consolidó y se vinculó a Europa mediante el Camino de Santiago.
En el área pirenaica, el Reino de Pamplona se formó en el siglo IX, manteniendo un equilibrio entre la influencia franca y el poder de Córdoba.
En el este, los condados aragoneses surgieron en la Marca Hispánica y evolucionaron hacia un reino propio bajo Ramiro I.
Estos núcleos compartían una economía rural, fuerte cohesión interna y una identidad cristiana que legitimaba su autoridad. Serían los cimientos de los grandes reinos cristianos medievales.
La batalla de Las Navas de Tolosa (1212) fue uno de los acontecimientos decisivos de la Reconquista. Una coalición cristiana formada por Castilla, Aragón y Navarra derrotó de forma contundente al califa almohade al-Nasir. La ruptura de la guardia negra por la caballería navarra permitió el colapso del ejército enemigo y dejó el sur de la Península desprotegido.
Tras la victoria, los reinos cristianos avanzaron rápidamente: Castilla tomó ciudades como Córdoba, Jaén y Sevilla; Aragón ocupó Valencia y Mallorca; y Portugal avanzó hacia el Algarve.
La repoblación fue esencial para asegurar estas conquistas. Se llevó a cabo mediante tres sistemas principales: la presura, la repoblación concejil basada en fueros y la repoblación nobiliaria y eclesiástica dirigida por órdenes militares.
Este proceso configuró el paisaje, la sociedad y la estructura política de la Península durante toda la Edad Media.
Durante la Edad Media, la Península Ibérica fue un espacio de convivencia compleja entre cristianos, musulmanes y judíos. En Al-Ándalus, cristianos (mozárabes) y judíos vivían como dhimmíes: protegidos pero subordinados. Pese a esta jerarquía, la interacción cultural fue intensa y ciudades como Córdoba o Zaragoza fueron centros multiculturales.
En los reinos cristianos del norte, musulmanes y judíos gozaron inicialmente de relativa tolerancia, pero desde el siglo XIII aumentaron las restricciones y tensiones. Los judíos desempeñaron roles clave como médicos, traductores o administradores tanto en Al-Ándalus como en Castilla y Aragón.
Hubo momentos de colaboración —como la Escuela de Traductores de Toledo—, pero también rupturas severas, especialmente los pogromos de 1391 y las conversiones forzosas posteriores.
La convivencia medieval fue, por tanto, un equilibrio cambiante entre cooperación, jerarquía y conflicto.
La Corona de Castilla se consolidó como una de las grandes potencias peninsulares. Desde la unión de Castilla y León (1230), se expandió hacia Andalucía, desarrolló una monarquía fuerte y generó una economía dominada por la lana y la Mesta. Las instituciones fueron menos pactistas que en Aragón y las tensiones nobiliarias marcaron el siglo XIV.
La Corona de Aragón, nacida de la unión entre Aragón y Cataluña, creó un importante imperio mediterráneo. Conquistó Mallorca, Valencia, Sicilia y Cerdeña, y mantuvo una estructura política basada en el pactismo: el rey debía gobernar junto a las Cortes. Su economía era urbana, comercial y orientada al Mediterráneo.
Ambas coronas siguieron trayectorias distintas, pero complementarias, que acabarían convergiendo con los Reyes Católicos.
El siglo XIV fue un periodo de crisis profunda en Europa y en la Península Ibérica. La Gran Hambruna (1315–1317) debilitó a la población y provocó escasez generalizada. En 1348, la Peste Negra llegó a la Península, causando una mortalidad del 30% al 50% de la población. Las ciudades se vaciaron, los campos quedaron abandonados y la recuperación fue lenta debido a sucesivas oleadas epidémicas.
Las consecuencias fueron sociales y económicas: falta de mano de obra, aumento de salarios, tensiones entre campesinos y nobles, conflictos urbanos y sublevaciones como la de los irmandiños en Galicia. A nivel político, Castilla vivió la guerra civil entre Pedro I y Enrique II, que supuso el ascenso de la dinastía Trastámara. En Aragón se produjeron también conflictos internos y la Guerra de los Dos Pedros.
La crisis aceleró cambios en la economía, fortaleció la Mesta y transformó la distribución de la propiedad. Este periodo marcó el final de la Edad Media tradicional y abrió el camino a nuevas formas de poder y organización que veremos en la siguiente temporada.
A finales del siglo XV, el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (1469) dio lugar a la llamada unión dinástica entre las coronas de Castilla y Aragón. Tras la muerte de Enrique IV, Isabel se proclamó reina de Castilla, lo que provocó la Guerra de Sucesión Castellana contra los partidarios de Juana “la Beltraneja” y Portugal. La victoria isabelina y la Paz de Alcaçovas (1479) consolidaron su posición y fijaron el reparto de áreas de influencia en el Atlántico.
La unión de Castilla y Aragón no creó un Estado único, sino una monarquía compartida por dos reinos con leyes, instituciones, monedas y Cortes propias. En Castilla, los Reyes Católicos impulsaron una monarquía autoritaria más centralizada: reforzaron la Santa Hermandad, extendieron la figura de los corregidores, organizaron la administración en Consejos y mejoraron la Hacienda. En la Corona de Aragón, en cambio, tuvieron que gobernar respetando el pactismo y los fueros de Aragón, Cataluña y Valencia.
La Iglesia y la religión desempeñaron un papel fundamental. En 1478 se creó la Inquisición castellana, posteriormente extendida a Aragón, que actuó como instrumento de control religioso y social, especialmente sobre conversos y, más tarde, moriscos. El papado concedió a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos, reforzando su imagen como defensores de la fe.
Su política interior y exterior sentó las bases de la Monarquía Hispánica: culminaron la unidad peninsular con la conquista de Granada (1492) y la incorporación de Navarra (1512), iniciaron la expansión atlántica y establecieron alianzas dinásticas que desembocarían en el dominio de los Austrias en el siglo XVI.



















