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Author: Comunidad PAS
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© Asociación de los Perdonados para Amar y Servir
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Somos Comunidad PAS. Una iglesia cristocéntrica, moderna, creativa y de espíritu joven, cuyo valor principal es conocer a Jesús y entregarse a los demás para cumplir la misión de llevar la palabra de Dios a todo
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Aunque muchas veces miramos atrás y vemos un año lleno de momentos buenos y también de dificultades, recordamos que en cada temporada Dios estuvo presente. Cada victoria y cada prueba formaron nuestro corazón y fortalecieron nuestra fe. No caminamos solos: seguimos siendo hijos de Dios, esa es y siempre será nuestra identidad. Por eso cerramos este año con gratitud, sabiendo que Él ha sido fiel. Levantamos nuestra mirada hacia lo que viene, confiando en que Sus planes siguen siendo buenos. Que este final de año nos encuentre firmes, expectantes y llenos de esperanza en Cristo.
“Celebrando al Salvador” nos recuerda que Jesús no vino solo a darnos un destino, sino a guiarnos en el camino. Como un Waze perfecto, Él ve lo que nosotros no podemos ver: los desvíos, los peligros y las rutas que realmente llevan a la vida. Su dirección no siempre coincide con nuestros deseos, pero siempre es mejor que nuestros propios mapas. Celebrarlo es confiar en Su guía incluso cuando el camino parece incierto. Es rendir nuestra agenda para seguir Su voz. Y es reconocer que solo Él puede conducirnos a casa.
Desde el inicio, Dios no solo creó el mundo, creó un plan con tu nombre.
Aun cuando el ser humano se perdió, Dios nunca se fue; Él se acercó más.
La historia no es sobre nuestro fracaso, sino sobre Su fidelidad constante.
Dios no improvisa, Él redime, y convierte el dolor en propósito.
En Jesús vemos a un Dios que corre hacia nosotros, no que nos señala.
La cruz nos recuerda que nunca estuvimos fuera del plan.
Desde el inicio hasta hoy, Dios ha estado contigo, y siempre lo estará.
“Dios levanta mi cabeza cuando el pasado quiere definirme y el miedo quiere detenerme.
David aprendió que, aun perseguido y rechazado, Dios era su gloria y quien levantaba su cabeza.
Pedro entendió que, después de fallar y negar a Jesús, el amor de Dios no lo descartó.
Dios no termina con nosotros por nuestros errores, sino que nos restaura con su gracia.
Así como David fue afirmado como rey y Pedro como líder, Dios cumple Su propósito en nosotros.
Cuando caemos, Él no nos humilla, nos reconstruye.
Dios nos vuelve a levantar con identidad, autoridad y esperanza nueva”
Muchas veces esperamos que Dios se mueva según nuestras ideas y no según su voluntad.
Naamán esperaba un milagro impresionante, pero Dios le pidió algo simple y humillante.
Al principio se ofendió, porque no era como él lo había imaginado.
Así funcionan muchas falsas expectativas con Dios.
Él sana, restaura y obra, pero de maneras que no entendemos al inicio.
El milagro de Naamán llegó cuando soltó su orgullo y obedeció.
Dios sigue haciendo milagros, pero rara vez como los esperamos, siempre como lo necesitamos.
El camino hacia la gloria bíblica siempre contrasta con la gloria del mundo.
Mientras el mundo busca reconocimiento inmediato, Jesús eligió la obediencia silenciosa.
Antes de llegar a la gloria eterna, pasó por el jardín de Getsemaní, donde su alma fue quebrantada.
Ahí entendemos que la verdadera gloria no se mide en aplausos, sino en entrega.
Getsemaní fue el lugar donde Jesús dijo “sí” al propósito, aunque costara dolor.
Y gracias a ese “sí”, hoy vemos que la gloria real es estar eternamente con el Padre.
Su sacrificio nos abre una esperanza viva y un futuro lleno de propósito.
Así, la cruz nos recuerda que la gloria de Dios siempre nace del sacrificio y del amor perfecto.
“Cuando Jesús nos pregunta: “¿Quién soy para vos?”, no es una simple pregunta; es una invitación profunda a examinar el corazón.
Él nos llama a definir no solo lo que creemos intelectualmente, sino lo que vivimos y demostramos con nuestras acciones diarias.
Responder a esa pregunta revela nuestra fe real, nuestras prioridades y el lugar que Él ocupa en nuestra historia.
Es una invitación a confrontar nuestras dudas, reconocer nuestras dependencias y reafirmar nuestra confianza en Él.”
Dormir en medio de la tormenta no significa ignorar el caos, sino confiar plenamente en que Dios sigue al mando. En los momentos donde todo parece incierto, Él nos invita a descansar en Su fidelidad. El silencio no es ausencia de respuesta, sino el espacio donde nuestra fe se fortalece. Cuando no escuchamos nada, aprendemos a creer que Él sigue obrando. En el reposo, Dios nos enseña que Su paz no depende de las circunstancias. Dormir en la tormenta es el acto más profundo de confianza en Su amor y soberanía.
La fe en Jesús y en su poder transformador tiene la capacidad de mover montañas dentro de nuestro corazón. Cuando confiamos verdaderamente en Él, su amor puede arrancar de raíz todo rencor, dolor o herida que nos impide reflejar su gracia aquí en la tierra. Hemos sido llamados a vivir como Jesús, a amar como Él amó y a perdonar como Él perdonó. Pero esa victoria no comienza afuera, sino dentro de nosotros. Todo cambio profundo inicia en el corazón rendido. Solo cuando soltamos el pasado y decidimos perdonar, podemos actuar con el mismo amor y compasión con que Cristo lo hizo.
La enseñanza “Él vino a buscarte” nos muestra cómo Jesús tomó la iniciativa de buscar a Zaqueo, un hombre rechazado por su sociedad. A pesar de su pecado y reputación, Jesús lo vio, lo llamó por su nombre y quiso entrar en su casa. Esto revela un amor que no espera que seamos perfectos para acercarse, sino que nos busca justo donde estamos. Así como Zaqueo bajó del árbol para encontrarse con Él, también nosotros somos invitados a responder a ese llamado. Jesús no busca lo que aparentamos ser, sino nuestro corazón. Su búsqueda transforma, restaura y nos lleva a una relación viva con Él.
Me dispongo es un recordatorio de cómo debemos presentarnos ante Dios: con humildad, con el corazón abierto y con la mente dispuesta a ser moldeada por Su verdad. No venimos a imponer nuestras ideas, sino a rendirlas ante Aquel que conoce lo más profundo de nuestro ser. Cada vez que nos disponemos, reconocemos que necesitamos ser enseñados, corregidos y amados. Solo cuando soltamos el control, la gracia puede obrar verdaderamente en nosotros. Porque escuchar Su palabra no es solo oír, sino permitir que transforme cada parte de nuestra vida.
Jesús habló de dos puertas: una ancha, fácil y popular, y otra estrecha, pequeña y poco transitada. La ancha promete libertad, pero deja el alma vacía; la estrecha parece difícil, pero lleva a una vida llena de propósito. Escoger la puerta estrecha es elegir a Jesús, confiar cuando no todo tiene sentido y caminar con fe, no con prisa. No se trata de reglas, sino de relación. De aprender a amar, servir y descansar en Su gracia. Porque lo que el mundo llama pérdida, Dios lo transforma en vida. La puerta estrecha no es un límite, es la entrada a la verdadera libertad.
Un buen líder entiende que el liderazgo comienza con amor, no con ambición. Nehemías no vio un proyecto, vio personas amadas por Dios. Su servicio brotó de un corazón transformado, no de un deseo de éxito. El verdadero liderazgo es una respuesta al evangelio: cuando sabés que fuiste servido por Cristo, querés servir a otros. Un líder así no busca construir su nombre, sino restaurar lo que refleja la gloria de Dios en los demás.
La enseñanza “La actitud correcta” nos recuerda que el verdadero amor se demuestra en la acción. A través de la historia del buen samaritano, Jesús nos enseña que la compasión no se limita a palabras o religiosidad, sino que se expresa ayudando a quien lo necesita, sin importar su origen o condición. Los religiosos pasaron de largo, pero el samaritano se detuvo, tuvo empatía y actuó con misericordia. Así también Jesús hizo con nosotros: se acercó cuando estábamos heridos por el pecado, nos levantó y pagó el precio por nuestra restauración. Tener la actitud correcta es reflejar ese mismo amor en nuestra vida diaria, siendo la respuesta para los que sufren y mostrando el corazón de Cristo al mundo.
Mi Última Carta nos recuerda que la vida pasa rápido y las oportunidades no vuelven.
Pablo, a punto de partir, escribe para dejar lo más valioso: una fe viva y un amor que permanece.
Hoy es el momento de acercarnos a los nuestros, de perdonar, amar y estar presentes.
No se trata de grandes discursos, sino de vidas que hablan, de abrazos y palabras que sanan.
Cada conversación, cada gesto, puede ser una semilla que marque generaciones.
Nuestra mejor herencia no es lo que acumulamos, sino a quiénes amamos mientras aún hay tiempo.
Lo que necesitamos es quedarnos en la luz, cerca de Jesús. No podemos hacerlo solos; necesitamos al Espíritu Santo, necesitamos comunidad, necesitamos gente que nos recuerde quiénes somos en Él. Aislarnos solo nos deja vulnerables, pero en familia encontramos fuerza, perdón y gracia. Vivir en la luz es dejar que el fruto del Espíritu, con amor, gozo, paz, paciencia y bondad, guíe nuestros pasos y nos levante en medio de la crisis. La luz expone, sí, pero también sana y libera. Ahí descubrimos que su amor es más fuerte que cualquier sombra.
La perseverancia es la clave para no retroceder y ver cumplidas las promesas de Dios.
Noé perseveró en lo humanamente ilógico y vio la salvación de su familia.
José perseveró en medio de la injusticia y fue exaltado en el tiempo de Dios.
Job perseveró en el dolor y experimentó restauración abundante.
Pablo perseveró pese a la oposición y el evangelio llegó hasta nosotros.
Ana perseveró en la esterilidad y Dios le entregó respuesta a su clamor.
Cada uno enfrentó circunstancias distintas, pero todos se mantuvieron firmes.
Hoy el llamado es claro: ¡ni un paso atrás en nuestra fe!
La gente en tiempos de Jesús pedía señales, milagros visibles que confirmaran quién era Él.
Pero Jesús respondió que la única señal necesaria sería su resurrección.
Porque si la muerte misma fue derrotada, ¿qué otra prueba podríamos necesitar?
La tumba vacía no es solo un hecho histórico, es la base de nuestra esperanza.
La resurrección valida cada palabra, cada promesa y cada enseñanza de Cristo.
Nos recuerda que el evangelio no es un consejo moral, sino una noticia: Jesús vive.
Y si Él vive, entonces hay vida y poder para nosotros hoy.
La única señal que necesitamos ya fue dada, y lo cambia absolutamente todo.
Aunque todo en nuestra vida cambia, Dios nunca cambia y jamás miente; su fidelidad es una roca firme. Cuando las promesas humanas fallan, las suyas permanecen intactas. Refugiarnos en Él no es un acto de debilidad, sino el reconocimiento de que nuestra esperanza no descansa en nosotros, sino en su carácter inmutable. Esa certeza nos libera del temor y nos sostiene en las pruebas. En Cristo vemos la promesa cumplida: Dios mismo viniendo a rescatarnos. “Siempre fiel” significa que, en cada circunstancia, podemos descansar en un Dios que nunca nos abandona.
El Señor nos llama a caminar juntos.
Nos invita a creer que la verdadera unidad no nace de nosotros mismos, sino del amor que Él derrama sobre su pueblo.
En medio de nuestras diferencias, su Espíritu Santo nos capacita para perdonar, para soltar lo que nos divide y aprender a amar con un amor más grande que el nuestro.
Solo así la iglesia puede reflejar al mundo la belleza del corazón de Cristo.



