El poder sanador de la escucha
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Hay
palabras que se pronuncian con fuerza, pero hay silencios que gritan
más que cualquier discurso. Vivimos en una sociedad saturada de
mensajes, opiniones y prisas, donde lo más difícil no es hablar,
sino escuchar. Escuchar de verdad: con el corazón abierto, sin
juicios, sin respuestas prefabricadas. Porque detrás de cada persona
que sufre hay un clamor callado que pide auxilio, y muchas veces no
lo oímos porque estamos demasiado ocupados en nuestro propio ruido.
El
Papa León XIV, en su intención de oración para este mes, nos
recuerda algo esencial: hay hermanos que “viven en la oscuridad y
la desesperanza”, combatiendo pensamientos suicidas. Su invitación
es clara: que encuentren en la comunidad el apoyo, el cuidado y el
amor que necesitan para abrirse a la belleza de la vida. No es una
frase piadosa, es una llamada urgente a la escucha; a la escucha
auténtica que no busca controlar ni resolver de inmediato. Busca
acompañar. Y acompañar, precisamente, es lo que más falta hoy.
Cuando alguien se siente escuchado sin condiciones.
Quizá
este sea el gran desafío para nuestras comunidades; pasar de ser
lugares donde se habla mucho a ser hogares donde se escucha más. Que
nuestras parroquias, grupos y familias sean espacios donde el
silencio no sea vacío, sino acogida; donde la palabra no sea
sentencia, sino consuelo. Porque escuchar es evangelio puro: es sanar
heridas invisibles, abrir horizontes y devolver esperanza.
En
tiempos de desesperanza, la escucha es profecía. Tal vez hoy alguien
cerca de ti necesita eso: que le escuches. Sin más. Porque, como nos
recuerda el Papa, la belleza de la vida se descubre cuando alguien
nos hace sentir que no estamos solos.




