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El Oyente de la Palabra
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El Oyente de la Palabra

Author: Padre Luis M Flores Alva

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Este podcast, el Oyente de la Palabra, surge de la convicción de que el Ser Humano solo alcanzará históricamente su realización al cimentar toda su existencia en la Palabra que le motiva e ilumina.
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¡Para eso he venido!

¡Para eso he venido!

2024-02-0403:47

Jesús vivía con proyecto. Se había reunido con sus hermanos en la sinagoga. Había visitado la casa de Simon y Andrés curando a la suegra del primero. Las necesidades de la gente que le buscaba no le eran indiferentes, les había sanado a muchos. Había dormido poco aquella noche y se había levantado temprano para orar. Todo esto, simplemente, porque él sabía para que había venido.
Hoy la Palabra nos revela algo esencial de Dios a través de su nacimiento en la carne: Dios es comunión, Dios es familia, y entra en nuestra historia en una familia concreta.No llega como héroe solitario, ni como maestro aislado: vino a aprender, a crecer, a escuchar y a obedecer entre José y María, a hacerse verdaderamente humano.El Evangelio de hoy nos muestra a José en una tarea que toca toda vida familiar: discernir qué hacer cuando no todo está claro.Herodes amenaza, el peligro es real, el futuro incierto.Y en medio de eso, José no actúa desde sus impulsos ni desde el miedo,  sino desde la escucha obediente.Tres veces escucha en sueños; tres veces se levanta; tres veces acoge la voluntad de Dios.En la Sagrada Familia —tan normal, tan silenciosa, tan cotidiana— vemos el modelo de la vida familiar cristiana: no una vida que lo resuelve todo, sino una vida que escucha a Dios y obedece; una vida donde la presencia de Dios invita a mirar hacia adelante y prepararlo con amor.
La genealogía que hemos escuchado esta noche puede parecernos larga y repetitiva… pero es como si la Palabra nos susurrara: Dios nunca se cansó de nosotros.Un nombre tras otro, generación tras generación, hay fidelidad y hay pecado, hay reyes buenos y reyes malos, hay momentos de gloria y momentos oscuros… y sin embargo, la historia avanza hacia una sola meta: Jesús.Si miráramos esa lista como un retrato de familia, veríamos heridas y gracias, vergüenzas y maravillas, y al final —solo al final— comprenderíamos:Dios es más fiel que nuestra infidelidad,más paciente que nuestra lentitud,más constante que nuestras caídas.La genealogía es una historia de misericordia obstinada.
Estamos a las puertas de la Navidad y la liturgia nos conduce, no al pesebre todavía, sino al corazón del misterio:Dios cumple su promesa entrando en la historia humana.En la primera lectura, el profeta Isaías habla a un rey concreto, Ajaz, en un momento de miedo e inseguridad. El rey se niega a pedir un signo, pero Dios no se retira. Al contrario, Dios insiste en salvar:“El Señor mismo les dará por eso una señal:He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,y le pondrán el nombre Emmanuel.”Aquella palabra tenía un sentido inmediato para aquel momento histórico, pero —como nos enseña la Iglesia— el Espíritu Santo la había cargado de un sentido mucho más grande.Lo que fue promesa en el siglo VIII antes de Cristo se despliega ahora en plenitud: el Hijo de Dios se hace carne en María.
La espera activa del Adviento hoy toma forma: conversión.La semana pasada Jesús nos dijo: “Estén preparados”.Hoy la Palabra nos dice qué significa estar preparados: convertirse.No basta con esperar… hay que dejar que Dios nos transforme.Isaías describe al Mesías con una belleza que estremece:“Sobre él se posará el espíritu del Señor,espíritu de sabiduría e inteligencia,espíritu de consejo y fortaleza,espíritu de piedad y temor de Dios.” (Is 11).Este no es un Mesías débil ni decorativo.Es el único capaz de transformar lo que los hombres no pueden:– transformar la violencia en mansedumbre,– la enemistad en convivencia,– la creación herida en un mundo reconciliado.Por eso Isaías anuncia lo “imposible”:el lobo y el cordero juntos,el niño jugando junto a la guarida de la víbora.No es fantasía poética: es la naturaleza elevada por la gracia.Lo que Isaías describe en la creación —lobos y corderos reconciliados— Dios quiere realizarlo primero en nuestro interior, allí donde aún conviven el miedo y la violencia, la herida y el deseo de paz. La conversión comienza en ese corazón dividido que solo la gracia puede unificar.
Comenzamos el Adviento con palabras fuertes, no suaves:“Estén preparados, porque no saben qué día vendrá su Señor” (Mt 24,42).La liturgia no empieza hablando del Niño en Belén, sino del Hijo del Hombre que vendrá en gloria. Es una sacudida espiritual para despertarnos.Las lecturas de hoy nos enseñan una verdad central:no se puede recibir al Señor sin aprender a esperar.Isaías lo anuncia con imágenes grandiosas:“En los días futuros, el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes… y hacia él confluirán todas las naciones.” (Is 2,2).Ese “al final de los días” no es prisa; es promesa.Es Dios diciendo: Mi obra tiene tiempos. No la aceleres. Déjame actuar.
Al cerrar el año litúrgico, proclamamos la verdad más decisiva: Jesucristo es Rey.En la Biblia, un rey tenía, al menos, tres misiones: defender al pueblo, alimentarlo y conservarle la paz. Y el pueblo respondía con su fidelidad al rey.Jesús cumple todo esto en la Cruz: No baja de ella porque defiende a su pueblo venciendo al pecado y a la muerte. Desde su Pasión y en cada Misa nos alimenta con su Cuerpo. Por la sangre de su Cruz nos da la paz que el mundo no puede dar.Por eso el Buen Ladrón puede decir: “Acuérdate de mí”, y el Rey responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”
Al acercarnos al final del año litúrgico, la Iglesia nos ofrece palabras fuertes de Jesús. No para asustarnos, sino para despertarnos. Mientras algunos admiran la belleza del templo, Jesús anuncia: “Días vendrán en que de todo lo que están viendo no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.”No es un mensaje de terror; es un llamado a mirar más allá de lo visible y a anclar nuestra vida en lo que no pasa.La liturgia de hoy no quiere que vivamos con miedo al “fin del mundo.” Quiere que vivamos con esperanza. Nos prepara para la gran fiesta de Cristo Rey, donde confesamos que solo su Reino permanece.
Hoy la Iglesia nos saca del ciclo ordinario para mirar una basílica concreta: San Juan de Letrán, la catedral del Papa, “madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo.”Podría parecer una fiesta “romana,” lejana. Pero no se trata solo de un edificio famoso, sino de lo que ese edificio significa: el lugar donde Dios es alabado como es debido, el signo visible de que Cristo quiere una casa, un pueblo, un cuerpo donde habitar.Y la Palabra de hoy nos lleva de la mano: del templo de la visión de Ezequiel, al templo que es la Iglesia, hasta el verdadero Templo que es Cristo, de cuyo costado abierto brota la fuente de la vida.
Las lecturas de hoy nos abren una puerta a la esperanza.El libro de la Sabiduría proclama:“Las almas de los justos están en las manos de Dios, y no las tocará tormento alguno.”No se trata de negar el dolor ante la muerte, sino de mirarla con los ojos de la fe.Dios no abandona a los suyos. Aun cuando pasen por el fuego del dolor o la purificación, ese fuego no destruye, sino que purifica, porque el amor de Dios es más fuerte que la muerte.Por eso cantamos con el salmista:“El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace descansar. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.”San Pablo, en su carta a los Romanos, nos recuerda que en Cristo, la muerte ya no tiene la última palabra:“Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él.”Y Jesús, en el Evangelio, pronuncia una de las promesas más consoladoras:“Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.”Esa es la verdad que celebramos hoy: los que amamos y hemos despedido no están perdidos; están en camino hacia la plenitud de Dios. Y nosotros, desde aquí, los acompañamos con la fe, la esperanza y la oración.
La Palabra de Dios hoy nos muestra el rostro de una fe verdadera: no la que presume de sus obras, sino la que se arrodilla para recibir misericordia.El Sirácides proclama: “La oración del humilde atraviesa las nubes.”Y el Evangelio nos lleva al templo, donde dos hombres oran: un fariseo satisfecho y un publicano arrepentido.El primero habla consigo mismo; el segundo, con Dios.El fariseo se justifica; el publicano es justificado.Así, Jesús nos enseña que el camino al cielo no se recorre con méritos, sino con humildad.
Jesús “enseñó a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer” (Lc 18,1). Lo hace con una imagen sorprendente: una viuda frágil, pero incansable, y un juez poderoso, pero indiferente.Esa mujer sin recursos humanos logra, con su insistencia, doblegar al juez injusto. Con esta parábola, el Señor nos muestra el corazón de la verdadera fe: una confianza perseverante que no se rinde, una oración que lucha aun cuando Dios parece callar.“Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Esa pregunta es el examen de cada creyente: ¿sigo orando cuando no veo resultados? ¿Sigo creyendo cuando el silencio se alarga?
Tu fe te ha salvado

Tu fe te ha salvado

2025-10-1205:57

Hoy la Palabra de Dios nos muestra el poder transformador de la fe que sana y agradece. En Naamán —extranjero, leproso y orgulloso— la fe comienza como una semilla que apenas quiere obedecer… y termina como confesión: “Ahora sé que no hay en toda la tierra otro Dios más que el de Israel” (2 Re 5,15). En el Evangelio, diez leprosos son curados por la obediencia de la fe; pero solo uno —un samaritano— regresa a adorar y agradecer, y escucha de Jesús: “Levántate y vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,19). Este domingo, el Señor nos enseña que la fe auténtica no se queda en pedir; regresa a agradecer.
Auméntanos la Fe

Auméntanos la Fe

2025-10-0404:53

“¿Hasta cuándo, Señor?”: con ese grito comienza hoy la Palabra.Habacuc clama frente a la violencia y la injusticia; y Dios responde con una promesa que pide paciencia: “Si se tarda, espéralo… el justo vivirá por su fe.”El salmo suplica: “Señor, que no seamos sordos a tu voz.”Y el Evangelio recoge el mismo clamor, esta vez en los labios de los apóstoles: “Auméntanos la fe.”
El domingo pasado el salmo cantaba la promesa de Dios: “Él levanta del polvo al desvalido y saca al indigente del estiércol para hacerlo sentar entre los grandes” (Sal 112,7-8). Hoy esa promesa se despliega en plenitud en la parábola de Jesús: el pobre Lázaro, humillado en la tierra, es levantado por Dios y sentado junto a Abraham.La Palabra nos muestra con fuerza que la historia no termina en este mundo, y que lo decisivo no es lo que poseemos, sino en quién confiamos.
La Palabra de Dios hoy nos pregunta a quién servimos: ¿al Dios vivo que se inclina por el pobre, o al dinero que se vuelve un amo cruel? Jesús concluye el Evangelio con una sentencia que corta como espada: “No hay criado que pueda servir a dos amos… En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.” (Lc 16,13). No se trata solo de buena administración. Se trata de algo más profundo: la fidelidad a Dios se prueba en cómo tratamos al pobre y en cómo usamos los bienes que se nos confían.1. Jesús narra la parábola de un administrador que, aun siendo injusto, fue hábil. Y enseña: “Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo.” (Lc 16) No es un elogio de la trampa, sino una sacudida: si los “hijos de este mundo” son hábiles para asegurar su futuro terreno, ¿cómo no seremos nosotros diligentes para asegurar lo eterno, usando los bienes en favor de los pobres?
La Cruz no es solo un madero: es el signo donde se juega el destino del mundo. Un objeto de vergüenza que, en Cristo, se convierte en fuente de gloria. Hoy la liturgia nos invita a levantar los ojos: primero al desierto con Moisés, luego al Calvario con Jesús, y finalmente al altar en cada Misa. Y todo con una actitud: mirar con fe, porque una mirada de fe lo cambia todo.
Si miramos sólo el Evangelio, parece extraño que Jesús quiera atraer más discípulos con palabras tan exigentes. Pero el Espíritu, fuente de sabiduría, nos conduce a comprender hacia dónde quiere llevarnos el Señor. El teólogo N. T. Wright sugiere que Jesús no busca espantar seguidores, sino que habla como un jefe de expedición en un paso de montaña peligroso para llevar ayuda médica urgente: “si seguimos, hay que soltar peso; habrá riesgos; algunos no volverán.” Dicho así, tiene sentido: no es capricho, es realismo de camino.Sin embargo, Evangelio va más alto aún: no es solo una travesía arriesgada sin más, sino de una operación de rescate. Cristo no nos lleva a una aventura cualquiera, sino a liberar cautivos de las manos del enemigo, salvar a los que no pueden salvarse solos. Por eso la renuncia tiene sentido, incluso cuando exige “preferir a Cristo sobre todo” y cargar la cruz.
En el Evangelio, Jesús observa cómo los invitados a un banquete buscan los primeros puestos. Entonces cuenta una parábola sencilla, pero profunda; y no se trata solo de un consejo de etiqueta para una fiesta; ni de una recomendación social. Jesús está hablando del Reino de Dios.Al final, el Señor revela el sentido de la parábola, lo que en las parábolas judías se llamaba el nimshal, “la clave”: “Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”. Ese es el centro del mensaje: en el Reino, la verdadera grandeza no se mide por el prestigio, sino por la capacidad de hacerse pequeño.Esto conecta con lo que escuchamos en la primera lectura del libro del Sirácida: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad, y te amarán más que al hombre dadivoso.” El humilde, el que no busca exaltarse, es aquel que sabe que todo lo que tiene es don de Dios. Y ese camino no es solo una recomendación ética, sino el camino de Cristo mismo. El Hijo eterno eligió el último lugar: el pesebre, el trabajo sencillo, el rechazo, la cruz. Y precisamente por hacerse el último, el Padre lo exaltó sobre todo nombre.
La respuesta de Jesús es clara y directa: “Esfuércense en entrar por la puerta estrecha, porque muchos intentarán entrar y no podrán.” No responde con estadísticas. Jesús no alimenta la curiosidad, sino que nos confronta personalmente: la pregunta no es si otros se salvarán, sino si yo camino con decisión hacia la salvación.Y luego abre el horizonte: “Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.” Con estas palabras, cita al profeta Isaías (66, 18-21), anunciando que Dios reunirá a todas las naciones en el gran banquete del Reino. Jesús revela así la voluntad del Padre: la salvación no es automática ni exclusiva. Requiere conversión, pero está abierta para todos. Es exigente, pero profundamente inclusiva.
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