Los objetos perdidos dejan 150.000 € al Ayuntamiento de Madrid: adónde van las llaves, los móviles… y hasta los lingotes de oro que perdemos
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Cada día miles de madrileños salen de casa con prisa, mirando el móvil, pensando en la reunión que llega tarde o en la compra que falta por hacer. Y es justo ahí, en ese instante en el que la mente corre más rápido que los pies, cuando un gesto tan cotidiano como dejar las llaves sobre una mesa o apoyar el móvil en un mostrador se convierte en un olvido. Un despiste que, para muchos objetos, tiene destino propio: la Oficina de Objetos Perdidos del Ayuntamiento de Madrid.
Carmen Fernández Tamayo es directora de la Oficina de Objetos Perdidos de Madrid: “Aquí nada se tira: si nadie reclama un objeto después de dos años, se subasta. Lo recaudado va directo a las arcas municipales”, explica Carmen, que conoce mejor que nadie el destino final de todo lo que olvidamos.
Un lugar que, más que un almacén, es un continente de historias. Un mapa de descuidos en el que reposan gafas que nunca volvieron a mirar a su dueño, carteras que viajaron solas por el metro o paraguas que se quedaron esperando bajo una tormenta que no era la suya.
La oficina recibió solo en 2024 más de 77.000 objetos. Una cifra que habla de nosotros más que de ellos: de nuestra vida acelerada, del estrés y de esa multitarea que, según estudios del National Institute on Aging y del programa BBVA Aprendiendo Juntos, reduce hasta un 40% nuestra capacidad de fijar recuerdos a corto plazo. No es que olvidemos. Es que nunca llegamos a registrar el momento en el que dejamos el objeto.
Las consecuencias se ven en este gigantesco almacén situado en el distrito de Arganzuela. Allí, entre pasillos interminables, reposan mochilas escolares que nunca llegaron al aula, muñecas que dejaron de ser abrazadas y hasta carritos de bebé. Sí: un conductor de la EMT llegó a encontrar uno entero, con todo dentro… salvo el bebé.
“En la pasada subasta recogimos unos 40.000 euros por la bisutería, y este año todavía no sabemos, pero se podrían sacar unos 100.000 euros, más el dinero en efectivo que tampoco reclamó su propietario, que el año pasado sumó unos 150.000 euros”, añade Fernández Tamayo .
Recorrer esta oficina es entrar en otra ciudad dentro de la ciudad. Hay gorras, relojes, ordenadores, juguetes, maletas, montones de llaves… También divisa extranjera, billetes de lotería e incluso sobres con dinero en metálico.
Los objetos llegan sobre todo del transporte: autobuses, metro, taxis y, muy especialmente, del aeropuerto. Allí, entre prisas y maletas, los extravíos no entienden de edades ni de clase social. Todo el mundo puede perder algo. Cualquiera puede recuperarlo.
Porque si el propietario demuestra que es suyo, lo recupera. Y si no… empieza otro camino. Tras dos años, el objeto pasa a ser del “hallador”, la persona que lo entregó. Como le ocurrió a un madrileño que encontró un móvil, lo entregó, y dos años después le llamaron para devolvérselo. El teléfono estaba ya obsoleto, pero la historia seguía siendo casi una rareza.
Y si algo enseña esta oficina es que la realidad siempre supera a la imaginación. Entre los objetos más llamativos que han pasado por sus manos están lingotes de oro valorados en 60.000 euros. Una mujer se los encontró dentro de un sobre en plena calle. Pensó que podía tratarse de un robo, fue primero a la policía y, tras descartar cualquier procedencia ilegal, acabaron depositados en la Oficina de Objetos Perdidos.
Dos años más tarde, y gracias a la ley, esos lingotes fueron para ella. “Un poquito le cambiaron la vida”, admiten desde la oficina.
Y también historias que reconcilian
Pero no todo es extravagancia. También hay historias que conmueven. Como la de un hombre sin hogar que encontró 400 euros en el aeropuerto y decidió entregarlos. O la de una mujer que transportaba su sueldo mensual en un sobre, lo perdió en un autobús… y lo recuperó intacto gracias a la honradez de quien lo encontró.
Mientras uno recorre estos pasillos llenos de etiquetas, cajas numeradas y objetos que esperan a alguien que quizás no vuelva, se entiende que perder algo también forma parte de la vida. Los objetos perdidos no hablan, pero cuentan quiénes somos: nuestros ritmos, nuestras prisas, nuestras rutinas y, a veces, nuestras segundas oportunidades.
En esta oficina madrileña el tiempo parece detenerse durante unos minutos. Porque ahí, en una nave silenciosa, entre relojes, mochilas, monedas extranjeras y juguetes, late la memoria de una ciudad entera. Y siempre existe la posibilidad de que algo perdido encuentre, por fin, su camino de vuelta.




